San Juan de Ávila: Almodóvar del Campo y Villanueva de los Infantes, polos de la santidad manchega

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Francisco del Campo Real, autor de San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia. La reforma católica y santos reformadores de Ciudad Real, es doctor en Historia y Consejero de Número del Instituto de Estudios Manchegos. Él mismo nos presenta esta obra que acaba de publicar el Instituto dando respuesta a la pregunta de porqué una nueva publicación y con un título tan peculiar.

El Instituto de Estudios Manchegos (IEM) de Ciudad Real desde su fundación reconoce a San Juan de Ávila, natural de Almodóvar del Campo como Patrono, según Estatutos (Cap.I, art. 3) . Y desde el anuncio del nombramiento de Doctor de la Iglesia, en las reuniones generales de Consejeros decíamos: “Es preciso hacer algo”.

En este libro no se pretende ofrecer un relato sistemático de todos los acontecimientos de los que una “Iglesia particular” -en nuestro caso la de Ciudad Real- ha sido protagonista en uno de los periodos más apasionantes y decisivos para la Iglesia: La época moderna. Lo que se pretende es poner de manifiesto la aportación de la “Iglesia de Ciudad Real” con sus gentes y especialmente los santos manchegos «Ciudadrealeños» a la reforma católica, a la evangelización dentro y fuera de España y a la formación de la civilización moderna.

Un primer hecho de honda repercusión fue el descubrimiento del «Nuevo Mundo». Ciudad Real no quedó al margen de tan significativo acontecimiento y dedicó hombres para la conquista y evangelización (capítulo 1). Al tema central de la «reforma» en la Iglesia -exigida y planteada en los siglos XV y XVI y animada por el humanismo y nuestros santos diocesanos reformadores, en particular San Juan de Ávila, con ocasión de su Doctorado-, se han dedicado los capítulos más extensos (2 y 3).

Dejamos para otro momento el estudio de la expresión de la fe del pueblo que ocuparía el capítulo 4; y, finalmente, la aproximación al cambio de mentalidad del «Siglo de las Luces» que darían paso a la Iglesia en la actualidad (cap.5).

A la intelección y lectura de este libro ayudará un hecho especialmente significativo como composición de lugar y preparación de nuestro espíritu: El fiel cristiano que acude a visitar la capilla dedicada al culto eucarístico en la Santa Iglesia Prioral Basílica Catedral de Ciudad Real, o simplemente el turista, puede admirar un sencillo retablo con los tres «santos ciudarealeños» más significativos que compendian la historia y andadura espiritual de la Provincia.

Ocupa el lugar central del retablo Santo Tomás, de Villanueva de los Infantes (1486-1555), patrono principal de la diócesis; y, a derecha e izquierda San Juan Bautista de la Concepción, de Almodóvar del Campo (1561-1613) y San Juan de Ávila (1499-1569), también nacido en Almodóvar del Campo. Con un cuarto nombre, el Venerable Fray Tomás de la Virgen, de Villanueva de los Infantes (1587-1647), puede resumirse, aunque haya algunos otros, la historia espiritual de la diócesis.

Y, como son dos a dos de Almodóvar del Campo y Villanueva de los Infantes: ellos están señalando los dos polos de la santidad manchega dentro de un modo de ser, de un estilo enmarcado que a los cuatro conviene: el del apostolado de la pluma y de la palabra, del amor al pobre y al humilde, de la sencillez y del ansia de perfección, dinámicamente expresado, en fuertes acometidas de Reforma. Pues si Santo Tomás de Villanueva las manifestó en aquella soberana innovación del primer Seminario que ha conocido el mundo (el Colegio de la Presentación, de Valencia), San Juan de Ávila la expresó en sus interesantes peregrinaciones de Apóstol de Andalucía y Extremadura y en sus Memoriales al Concilio de Trento; San Juan Bautista de la Concepción, en sus trabajos y dolores de Reformador de la Orden Trinitaria y el Venerable Fray Tomás de la Virgen, impedido de salir de su lecho y de su celda por cruel y crónica enfermedad de muchísimos años, en ese “Epistolario”, a través del cual se nos configura como director de las conciencias de su tiempo.

Si en nuestra extensa llanura y tierra Manchega perduran los frutos de santidad, aunque no se conserven todos los muros de sus monasterios y conventos, es debido a que La Mancha es Iglesia de santos; pero también es Iglesia de mártires. Y es que los predicadores de Cristo son como las nubes del cielo. Impulsados por el soplo del Espíritu Santo fertilizan las almas con la lluvia de la sagrada doctrina. Como las nubes no permanecen estáticos en el mismo lugar; sino que corren de una a otra parte. A donde les lleva el Espíritu. Por eso es por lo que el Maestro Juan de Ávila quiso desplazarse a otras tierras.

Nuestra postura no puede quedarse reducida a una mera evocación de tan importantes acontecimientos y celebraciones con ocasión de la proclamación de San Juan de Ávila Doctor de la Iglesia. «A lo largo de este Año de la Fe, será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra fe, que contempla el misterio insondable del entrecruzarse de la santidad y el pecado. Mientras lo primero pone de relieve la gran contribución que los hombres y las mujeres han ofrecido para el crecimiento y desarrollo de las comunidades a través del testimonio de su vida, lo segundo debe suscitar en cada uno un sincero y constante acto de conversión, con el fin de experimentar la misericordia del Padre que sale al encuentro de todos» (Porta Fidei nº 13).

(sanjuandeavila.conferenciaepiscopal.es)

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