Todos podemos ser sembradores de esperanza gracias al curso para el voluntariado de Cáritas

Este domingo, 7 de octubre, se inaugura oficialmente en la diócesis de Sevilla el curso para el voluntariado de Cáritas. La práctica de la caridad precisa vocaciones, pero no conoce vacaciones. Jesucristo lo dejó bien claro al abolir la prohibición de curar, una de las muchas maneras de currar, en sábado. El voluntariado debe serlo en su actitud las 24 horas de los 365 días del año. Pero la Iglesia de Sevilla señala esta fecha para alentar a la legión de samaritanos en su identificación con los rostros de Cristo en los más necesitados.

No está de más recordar que el voluntario de Cáritas no es una persona escasa de imaginación y aficiones, o sobrado de tiempo, al que no se lo ocurre una forma alternativa de ocuparse. Las generalizaciones siempre tienen fisuras y puede que, en efecto, hasta Cáritas haya llegado más de uno por emulación o inercia. Pero, en líneas generales, el perfil del voluntario de Cáritas es el de alguien que en la Iglesia ha descubierto la faz de Cristo sufriente en el prójimo empobrecido y, por ello, sustrae muchas horas a las plácidas actividades entre las que podría diversificar sus ratos de esparcimiento: cine, lectura, talleres, exposiciones, música, tertulias… Ni siquiera en el caso de carencia de aficiones resulta desdeñable su paso hacia adelante: no es nada fácil sacudirse la molicie, renunciar a la comodidad del sofá y del mando a distancia para acudir a los despachos parroquiales donde escuchar calamidades que, acaso, se suman a las que ya se traen de casa y prestar su mano para seguir hacia delante, o socorrer a personas sin hogar en centros para que se integren en esa sociedad que no los tiene en cuenta; denunciar situaciones injustas u orientar a inmigrantes por el piélago de la burocracia.

El voluntario de Cáritas lo es de muy distintas maneras. Los hay que donan su tiempo, dinero, formación profesional o talento para alguna actividad determinada. No hay reglas, ni exigencias, ni horarios. Uno simplemente pacta con Dios, sus hermanos y su conciencia. El verdadero amor –de toda índole– no es un sentimiento asilvestrado que nos gobierna, un instinto a cuyo albur nos encomendamos para actuar o abstenernos ante las necesidades del prójimo. Es fundamentalmente un acto de la voluntad. El voluntario es lo opuesto la tibieza, alguien que no pacta con la resignación ni sucumbe a la tentación de frases autoexculpatorias del tipo “para qué, si ya se ocupan otros”, “es que yo no sirvo”, “no tengo tiempo”, “bastante tengo con lo mío”.

Curiosamente además, en estos tiempos adversos, lejos de cundir el desánimo, estos bien llamados sembradores de esperanza parece que se acrecientan en número e iniciativas. Y es que voluntario puede ser cualquiera que se lo proponga. No es alguien con desmesurado perfil filántropo del que se esperen grandes gestas. La labor de ayuda a los demás se desempeña generalmente en ámbitos cotidianos y los frutos individuales son más bien imperceptibles en medio de tanta insuficiencia. Pero conviene no olvidar que, al fin y al cabo, el gigante que hoy es Cáritas no es otra cosa que la suma de todas estas pequeñas voluntades que en cada parroquia llevan esperanza donde no hay esperanza.

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