Testigos de la conversión: San Hilario de Poitiers

Mons. Agustí Cortés     En tiempos de San Agustín, entre los siglos IV y V, se dieron importantes conversiones. Personajes, algunos relacionados directamente con él, mentes privilegiadas, cultivadas en la cultura pagana, grandes y honrados buscadores, apasionados por la Verdad, como su íntimo amigo Alipio, el filósofo Mario Victorino, el africano Optato de Milevi, el gramático y escritor Lactancio, el gobernador, poeta y obispo Paulino de Nola… Cuando San Agustín hablaba de ellos utilizaba la imagen bíblica de la toma por los hebreos del oro y las joyas de los egipcios antes de iniciar el Éxodo: aprovecharon el “oro, la plata, los vestidos y las riquezas de la cultura y la filosofía pagana” para conocer más la verdad de Dios y predicarla (cf. Ex 12,35). Otra imagen bíblica expresará en la tradición la profunda transformación que significó la conversión a la fe cristiana de estos y otros personajes: así como profetizó Isaías para los tiempos mesiánicos la transformación de las espadas en arados y de las lanzas en podaderas, lo que era instrumento de muerte en herramientas de trabajo (cf. Is 2,4), así estos filósofos cambiaron el pensamiento y la cultura pagana en instrumento para profundizar, penetrar en la Verdad de Jesucristo y anunciarla. Era la misma razón, el mismo pensamiento, el mismo “material” que antes, pero con diferente forma y finalidad. En efecto, también la cultura humana y pagana es aprovechada y transformada por la fe.

Destacamos al gran Hilario de Poitiers, no sólo por es un modelo de este modo de hacer, sino también porque en su búsqueda, según su propio testimonio, superó un momento que hoy muchos comparten y que aducen como razón para “no necesitar la fe”.

Al inicio de su gran obra sobre la “Trinidad” da algunas informaciones sobre su camino de fe. Dice que siempre pensó que la felicidad no venía del oro o de la riqueza. Pero que, si bien le parecía adecuado lo que muchos creían, es decir, que la hemos de conseguir comportándonos correctamente, con paciencia, bondad, solidaridad y justicia, esto sólo no le satisfacía:

“Pero no me parecían maestros idóneos para la felicidad… Mi alma se apresuraba a conocer a Dios, autor de don tan grande, al que se debía toda entera y con cuyo servicio pensaba que se ennoblecía; en el que apoyaba toda su esperanza; en cuya bondad descansaba, como en puerto muy seguro y conocido, entre las desgracias y preocupaciones presentes. Mi alma ardía con afán inflamado en deseos de

entenderlo y de conocerlo” (I,1-3)

Existía y existe una ética, unos valores “concordes con el sentir humano”, como dice el mismo Hilario. En su camino aprecia esta ética. Pero sigue insatisfecho: no es suficiente, pues no tiene consistencia, sólo son normas de vida correcta, justa, aceptada quizá por una mayoría. Él quería llegar a la fuente y al fundamento seguro (“al puerto”) en el que descansar y del que extraer constantemente esperanza para la vida. Además, no era posible que este puerto estuviera sometido a las vicisitudes y cambios que conocemos y, al mismo tiempo, debía ser algo o alguien vivo… El hallazgo del Dios de la Biblia, el de Moisés, los profetas y los Evangelios fue para él el paso a la inmensidad de una sabiduría capaz de colmar todo anhelo de felicidad.

– Quien se convierte a la fe cristiana, ni deja de ser la persona humana que siempre fue, ni renuncia a su razón y su cultura. Sólo la transforma con nueva luz.

– El humanismo, sus valores y la ética que de él se derivan, serán siempre bienvenidos por el creyente.

– Pero ese humanismo decepciona a quien siga el deseo más profundo del corazón: será sólo el umbral o un primer paso hacia la luz.

Así explicará Hilario el efecto y el punto de llegada de su búsqueda:

(Abandonadas las cuestiones capciosas e inútiles) “mi espíritu descansaba alegre en su esperanza, en ese reposo consciente de su seguridad… no temía la venida de la muerte, pues la consideraba como un camino hacia la eternidad” (I,14)

  † Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

 

 

 

 

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.