La necesaria cualidad espiritual

Mons. Joan Piris     INTRODUCCIÓN:  Creer es incorporarse a una tradición viva que surge de Cristo y de los Apóstoles y que llega hasta nosotros en la vida de comunión que es la Iglesia. La Diócesis de Lleida vive incorporada a esta comunión de manera dinámica, con fidelidad a nuestra condición de peregrinos en el tiempo. Somos conscientes de que no partimos de cero y queremos caminar en continuidad, pero al mismo tiempo procurando dar consistencia a todo lo que hemos ido reflexionando y concretando en estos últimos años, intentando ponerlo en práctica con modestia, a la luz de los documentos programáticos que todos conocemos cambio, el que se refleja en la ley perfecta, la ley de la libertad, y persevera -no escuchándola y luego olvidándola, sino poniéndola en práctica-, éste será feliz al practicarla «(St 1, 22-25).

Intentemos, pues, vivir una espiritualidad atenta a los signos de los tiempos y encarnada en los acontecimientos de cada día. No tendría mucho sentido un planteamiento doctrinal separado de la vida de las personas, insensible a sus gozos y esperanzas, a sus tristezas y angustias. Sabemos que tenemos que vivirlas en carne propia porque no hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de un cristiano

I. TRES ACONTECIMIENTOS ECLESIALES, COINCIDENTES Y

COMPLEMENTARIOS.

1. El 50 aniversario del Concilio Ecuménico Vaticano II.

El Papa Juan XXIII convocó este concilio abriendo las ventanas de la Iglesia a la cultura del momento y buscando acercarse también a otras culturas en vías de desarrollo. Se quería responder a la pregunta de fondo «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?» Y redefinir su misión en el mundo. Es lo que también animó a hacer después el Papa Pablo VI con su encíclica programática sobre el diálogo dentro y fuera de la Iglesia .

El Concilio Vaticano II (1962-1965) dio un impulso determinante a las transformaciones sociopolíticas, culturales y religiosas del siglo XX, y tiene virtualidades que aún pueden animar ante los retos del nuevo milenio y todo lo que acompaña este «cambio de época», con tantas situaciones cualitativamente diferentes. La hoja de ruta de este Concilio se podría sintetizar en algunas de estas claves: renovación, aperturismo, diálogo y adaptación a los tiempos.  

2. El Año de la fe (11/10/2012 – 24/11/2013)

La renovación de la Iglesia pasa a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

En esta perspectiva, el Año de la fe es una iniciativa que quiere «contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la fe, para que todos los miembros de la Iglesia sean testigos creíbles y gozosos del Señor resucitado, capaces de indicar la ‘puerta de la fe’ a tantas personas que buscan la verdad «(cfr.» Nota «de Indicaciones Pastorales para el Año de la Fe).

El inicio del Año de la fe coincide con los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado con la intención de mostrar a todos los fieles la fuerza y la belleza de la fe.

Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue pedido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, y se hizo gracias a la colaboración de todo el episcopado de la Iglesia católica.

La celebración en Roma del «Sínodo mundial sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana» (del 7 al 28 de octubre de 2012) es una ocasión inmejorable para introducir a todo el mundo y que sonstituyen los acentos fundamentales de nuestro Plan Diocesano de Pastoral que tiene como objetivo central continuar abriéndonos al mundo y al espíritu para anunciar y «dar testimonio, de una manera sencilla y directa, del Dios revelado por Jesucristo»Evangelii Nuntiandi,26).

Como Obispo de esta Iglesia Particular de Lleida desearía que nos ayudáramos unos a otros a dar pasos orientados a favorecer la unidad entre lo que, simplificando, podríamos decir acción pastoral y vida interior, una unidad que hay que asegurar para un crecimiento humano y cristiano integral.

Sabemos que cuando la persona está dividida no crece. Tendremos que trabajar por su unidad interior y por su transparencia testimonial.

En ámbitos eclesiales se reivindica mucho aquello de «en lo necesario, unidad; en lo dudoso, libertad, y en todo, caridad». Es una manera de entender la vida que no debería ser sólo una estrategia para los tiempos de «vacas flacas» sino que debería constituir una verdadera espiritualidad. Lo que pasa es que practicarlo pide también no cerrarse de manera defensiva e inflexible en las propias posiciones y fomentar con perseverancia y humildad más diálogo, más capacidad de escucha, más búsqueda en común. Todos sabemos que nadie se basta a sí mismo y que la complementariedad es una necesidad en todo lo humano.

Ahora bien, nuestras iniciativas pastorales necesitan de una calidad espiritual que les dé el verdadero valor evangélico. Es lo que comentaba el filósofo Bergson señalando que nuestro mundo necesitaría un suplemento de alma. O también el teólogo Karl Rahner que, refiriéndose al Concilio Vaticano II, decía que nos serviría de poco si no nos llevaba a la fe, a la esperanza y a la caridad. Es una llamada a la coherencia para ir disminuyendo la distancia que puede haber frecuentemente entre el decir y el hacer: «Poned en práctica la Palabra y no os limitéis a escucharla, que os engañaríais a vosotros mismos. Porque el que escucha la Palabra y no la pone en práctica se parece a un hombre que contempla su propia cara en un espejo: se mira, se va y al instante se olvida de su cara. En cambio, el que se refleja en la ley perfecta, la ley de la libertad, y persevera -no escuchándola y luego olvidándola, sino poniéndola en práctica-, éste será feliz al practicarla «(St 1, 22-25).

Intentemos, pues, vivir una espiritualidad atenta a los signos de los tiempos y encarnada en los acontecimientos de cada día. No tendría mucho sentido un planteamiento doctrinal separado de la vida de las personas, insensible a sus gozos y esperanzas, a sus tristezas y angustias. Sabemos que tenemos que vivirlas en carne propia porque no hay nada verdaderamente humano que no encuentre eco en el corazón de un cristiano (cfr. Gaudium et Spes, 1).

 I. TRES ACONTECIMIENTOS ECLESIALES, COINCIDENTES Y

COMPLEMENTARIOS.

1. El 50 aniversario del Concilio Ecuménico Vaticano II.

El Papa Juan XXIII convocó este concilio abriendo las ventanas de la Iglesia a la cultura del momento y buscando acercarse también a otras culturas en vías de desarrollo. Se quería responder a la pregunta de fondo «Iglesia, ¿qué dices de ti misma?» Y redefinir su misión en el mundo. Es lo que también animó a hacer después el Papa Pablo VI con su encíclica programática sobre el diálogo dentro y fuera de la Iglesia (Ecclesiam suam).

El Concilio Vaticano II (1962-1965) dio un impulso determinante a las transformaciones sociopolíticas, culturales y religiosas del siglo XX, y tiene virtualidades que aún pueden animar ante los retos del nuevo milenio y todo lo que acompaña este «cambio de época», con tantas situaciones cualitativamente diferentes. La hoja de ruta de este Concilio se podría sintetizar en algunas de estas claves: renovación, aperturismo, diálogo y adaptación a los tiempos -aggiornamento-.

 2. El Año de la fe (11/10/2012 – 24/11/2013)

La renovación de la Iglesia pasa a través del testimonio ofrecido por la vida de los creyentes: con su misma existencia en el mundo, los cristianos están llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó.

En esta perspectiva, el Año de la fe es una iniciativa que quiere «contribuir a una renovada conversión al Señor Jesús y al redescubrimiento de la fe, para que todos los miembros de la Iglesia sean testigos creíbles y gozosos del Señor resucitado, capaces de indicar la ‘puerta de la fe’ a tantas personas que buscan la verdad «(cfr.» Nota «de Indicaciones Pastorales para el Año de la Fe).

El inicio del Año de la fe coincide con los veinte años de la publicación del Catecismo de la Iglesia Católica, promulgado con la intención de mostrar a todos los fieles la fuerza y la belleza de la fe.

Este documento, auténtico fruto del Concilio Vaticano II, fue pedido por el Sínodo Extraordinario de los Obispos de 1985 como instrumento al servicio de la catequesis, y se hizo gracias a la colaboración de todo el episcopado de la Iglesia católica.

La celebración en Roma del «Sínodo mundial sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana» (del 7 al 28 de octubre de 2012) es una ocasión inmejorable para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe profesada, celebrada, vivida y rezada (cfr. Porta Fidei, 4 y 9).

 3. El 150 aniversario de la Academia Bibliográfica Mariana de Lleida.

En Lleida nos reafirmamos que María de Nazaret sigue siendo un extraordinario referente humano y cristiano para nuestro tiempo, conscientes del papel primordial de la figura de la Virgen en la fe cristiana a lo largo de los dos milenios. Y lo hacemos celebrando solemnemente los 150 años de historia de la Academia Bibliográfica.

María es agraciada por la acción -don especial- de Dios, pero, como a todo el mundo, se le pide una respuesta libre y responsable. Su confianza y fidelidad es puesta a prueba en diversas circunstancias. «Nunca en nuestra historia tanto dependió del consentimiento de la criatura humana» (cfr. Tertio Millennio adveniente, 2).

Y aquella que se había proclamado «esclava del Señr», comienzaenseguida a vivir la fe subiendo rápidamente hacia la montaña a casa de Isabel y demostrando así ser servidora de aquellos que Dios ama y personificando de manera singular la vocación específica de laIglesia de Jesús.

 II. ELEMENTOS NUCLEARES DEL

AGGIORNAMENTO DEL CONCILIO VATICANO II.

La gente que no está cerca de la Iglesia o que se ha ido alejando ya no conoce demasiado lo que el Concilio ha significado para muchos de nosotros. Incluso en algunos de los «de casa», por decirlo coloquialmente, encontramos las más variadas reacciones, como la de un presbítero de la diócesis de Valencia cuando en un encuentro cité muchas veces algunas de las aportaciones del último Concilio. Su pregunta (entre satisfecha e irónica) fue: «pero, ¿existe aún, el Concilio?».

A pesar de esta sensación de distancia y olvido, hay que decir que en la Iglesia católica vivimos hoy gracias a la actualización provocada por las aportaciones de aquella Asamblea Conciliar, sin la cual la comunidad de los seguidores de Jesús sería muy diferente. Volvamos, pues, a adentrarnos en estos textos conciliares que, en palabras del beato Juan Pablo II, «no pierden su valor ni su esplendor».

1. Una nueva manera de entenderse la Iglesia a sí misma y su relación con el mundo.

En el discurso de apertura del Concilio (11/10/1962), el Papa Juan XXIII presentó el programa de una nueva forma católica de entender el mundo: pedía estar atentos a los signos de los tiempos, contrarrestar aquellos que «ven en los tiempos modernos sólo prevaricación y ruina» y no confiar en los «profetas de calamidades, que anuncian siempre acontecimientos funestos».

Si quisiéramos sintetizar entre la variada aportación de ideas y propuestas conciliares, podríamos señalar una fundamental: la manera de entenderse la Iglesia a sí misma y su relación con el mundo. La Iglesia se autodefine principalmente como el Pueblo de Dios en medio del mundo y dentro de él. Ya no hay que hablar de Iglesia y mundo, sino de Iglesia en el mundo, compañera de camino, evangelizadora y testigo encarnado de Jesucristo.

2. Las Constituciones, Decretos i Declaraciones del Concilio.

González de Cardedal decía que el corazón del Concilio son las cuatro Constituciones:

– Dei Verbum y Sacrosanctum Concilium, que centran la vida cristiana y comunitaria en la Palabra de Dios y en la Eucaristía, respectivamente. La Palabra de Dios ofrecida a los humanos como una conversación amistosa que pide una respuesta personal que es la fe y la Eucaristía, «fuente y culmen» (cfr. SC 10), y las celebraciones litúrgicas donde la comunidad creyente rememora, actualiza, acoge y agradece la autodonación de Dios. – Lumen Gentium, sobre el propio ser y estructura de la Iglesia, Pueblo de Dios, Cuerpo de Cristo y Templo del Espíritu, comunidad con misiones y responsabilidades diferenciadas que propone y emite la luz que recibe de su Señor, y Gaudium et spes, sobre la Iglesia en el mundo, llamada a ser levadura en la pasta en fidelidad a la recomendación expresa de Jesús.

 A las Constituciones hay que añadir nueve Decretos, iluminando situaciones -sobre todo internas-entre los que destaca el dedicado al ecumenismo, y tres Declaraciones sobre problemas comunes y con fuertes repercusiones al menos por el cambio de posicionamiento que suponía en relación a la libertad religiosa y las relaciones con otras religiones no cristianas. Doctrinas recusadas durante siglos y dimensiones de la vida cristiana olvidadas, ahora eran aceptadas como plenamente católicas. Se abría el camino hacia un diálogo en diferentes direcciones. Se valoraba positivamente el fenómeno de la secularización, la autonomía de las realidades temporales y los avances de la civilización moderna, se hablaba de la Iglesia como una comunidad…, poniendo por delante los elementos comunes a todos los bautizados y, después, los diferentes ministerios entendidos como un servicio, lo que suponía un cambio importante en las relaciones entre sus miembros. La Iglesia deja de tener un fin en sí misma y se descubre y se presenta como «sacramento universal de salvación», solidaria con los gozos, esperanzas y angustias de los humanos, especialmente de los pobres y los que sufren. 

3. La recepción del Concilio Ecuménico Vaticano II (1962-1965)

Quizás tiene nuevamente actualidad el discurso de Benedicto XVI a la curia romana a los 40 años de la clausura del Vaticano II (22/12/2005), donde se preguntaba «¿cuál ha sido el resultado del Concilio? ¿Ha sido recibido de manera correcta?» (Cfr. Porta Fidei, 5). 

Muchos de nosotros, los que hemos conocido y participado en la historia postconciliar, sabemos que han coexistido planteamientos diferentes en esta recepción conciliar que, simplificando, llamaríamos «los de la reforma y los de la ruptura». Esto puede explicar algunos problemas: las divisiones sufridas dentro de la Iglesia católica en estos cincuenta años largos han sido provocadas fundamentalmente por las interpretaciones que se han hecho tanto de la letra como del espíritu de los documentos conciliares.

Juan XXIII había precisado en la apertura del Concilio que había que «transmitir la doctrina en su pureza e integridad, sin atenuaciones ni deformaciones», pero añadió: «nuestra tarea no es sólo guardar este precioso tesoro, sino también dedicarnos con diligente voluntad, sin temor, a estudiar lo que nuestra época exige. Es necesario que esta doctrina, verdadera e inmutable, a la que se debe prestar fielmente obediencia, venga profundizada y expuesta según las exigencias de nuestro tiempo.

Una cosa es el depósito de la fe, es decir, las verdades que contiene nuestra venerable doctrina, y otra distinta es la manera como se enuncian estas verdades, conservando sin embargo el mismo sentido y significado»(cfr. Vaticano II, Constituciones. Decretos. Declaraciones, BAC, Madrid 1993, pp. 1094- 1095)

 De esta manera el Papa Juan promovía claramente una perspectiva nueva que ha alimentado nuevas esperanzas allí donde se ha tenido en cuenta, y hay que agradecerlo. 

Como insistía el Papa Benedicto en el discurso citado: «hay que aprender a reconocer que, en las decisiones que se refieren a realidades contingentes, sólo los principios expresan el aspecto duradero porque son su motivación interior. Pero las formas concretas dependen de la situación histórica y, por tanto, pueden sufrir cambios. Las decisiones de fondo pueden seguir siendo válidas, mientras que las formas de su aplicación a nuevos contextos pueden cambiar».

 4. El Concilio Provincial Tarraconense (1995).

Desde la Resolución n.1, las Iglesias de la Tarraconense expresan su comunión con la Iglesia Universal que es -en Cristo- «una señal e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano»(LG 1), y manifiestan que » el gozo y la esperanza, la tristeza y la angustia del hombre contemporáneo, sobre todo los de los pobres y afligidos, son también gozo y esperanza, tristeza y angustia de los discípulos de Cristo» (GS 1).

Pablo VI había llamado al Vaticano II el Concilio del diálogo y es bien cierto ya que se renunció a todo tipo de condenas teniendo como trasfondo la afirmación de Juan XXIII: «Son más las cosas que nos unen que las que nos separan».

Reproduciendo aquel espíritu de respeto, de aceptación y aprecio del mundo actual que el Papa Juan y el mismo Vaticano II pedían, y alejándose de ningún tipo de condena, nuestro Concilio Provincial Tarraconense dice sentir como un gozo y una responsabilidad la misión de hacer llegar el mensaje de Cristo a todo el país, integrado por personas y grupos muy diversos que tienen actitudes y niveles muy diferentes de fe y de cultura, y asume el contexto social secularizado y plural en que se mueve la fe cristiana en la sociedad catalana.

Afirma expresamente que «la Iglesia quiere ofrecer a Jesucristo a la sociedad sin ninguna coacción y ayudar a vivir la fe y el amor a los fieles, pero no pretende tutelar o reconquistar el mundo y la cultura» (cf. GS 42)

Descarta una evangelización realizada desde el poder o la voluntad de control de la sociedad y de las personas, o como acto de pura afirmación institucional.

Igualmente pide reconocer y aceptar la pluralidad interna de la Iglesia, las distintas tendencias, concepciones y modelos de evangelización y aprender unos de otros, sin cerrazón ni posiciones de superioridad o defensivas, manifestando que «el objetivo común es caminar hacia la renovación de la vida cristiana, manteniendo las certezas que nos ha transmitido la Tradición de la fe». 

Las Iglesias de la Tarraconense hacen una opción explícita por una comunidad cristiana capaz de relación y de diálogo con la gente que desconoce a Cristo, a la que puede ofrecer una acogida cordial que es el rostro vivo y concreto del mensaje evangélico, y por unas estructuras que sean una mediación cada vez más abierta entre Dios Padre y los hombres y mujeres que Dios ama. La convicción de fondo, vivida como un importante signo de los tiempos, es que no puede haber verdadera evangelización sin el testimonio que tiene como condición la unidad de los cristianos, como alma el amor de Jesucristo y como cuerpo la atención y la donación solidaria a los necesitados, a los pobres y a los marginados. Es por eso que queremos que nuestra fe se manifieste en la esperanza y se realice en el amor.

Entiende que evangelizar es descubrir en el corazón de cada mujer y de cada hombre la acción y el calor del Espíritu y establecer las mediaciones oportunas para que las personas sencillas, y tal vez afligidas, puedan encontrarse con Dios; es ayudar a rehacer la experiencia de Dios de mucha gente alejada, experiencia que está intrínsecamente ligada al amor a los hermanos y, por tanto, a esa opción preferente por los pobres y por la justicia que fue distintivo del Mesías Jesús.

En consecuencia, urge la revitalización, la vertebración y la articulación de todas las comunidades cristianas, las cuales tienen como centro la persona de Jesucristo, para que sean evangelizadoras y evangelizadas: acogedoras, fieles a la misión de ayudar a gente muy diversa a rehacer su experiencia de Dios, humildes, fraternas y abiertas a las otras comunidades.

III. LA CUALIDAD ESPIRITUAL, UNA PRIORIDAD EN LA NUEVA

EVANGELIZACIÓN.

Ya hemos hecho referencia a la necesidad de tener muy presente el contexto cultural en el que nos movemos. El término aggiornamento o puesta al día, que tuvo mucho eco en la época conciliar, quería ayudar a esta actualización pastoral, responsable y creativa, ante la situación de cambios profundos, universales… y permanentes. También hoy habría que encarnar una actitud de espíritu similar, en coherencia con la fe que profesamos en la Palabra de Vida hecha carne (cfr. 1Jn 1,1).

Precisamente, el Instrumentum Laboris, los materiales que guiarán la reflexión y puesta en común de los participantes en el Sínodo mundial de Obispos de este octubre sobre la Nueva Evangelización, afirma que se trata ante todo de una cuestión de carácter eclesiológico y espiritual. La transmisión de la fe es un evento comunitario, eclesial y debe hacer referencia al sujeto encargado de esta operación espiritual: pide ver el problema no desde fuera sino cuestionándose la Iglesia sobre sí misma, sobre su ser y modo de vivir. Se nos pide redescubrir el corazón de la evangelización, es decir, la experiencia de la fe cristiana: el encuentro con Jesucristo, el acontecimiento que constituye el núcleo central de la fe cristiana. La misión de la Iglesia consiste en el anuncio y la transmisión del Evangelio que, en última instancia, se identifica con Jesucristo. La humanidad de hoy tiene necesidad de sentirse decir las palabras de Jesús «¡Si supieras cuál es el don de Dios!»(Jn 4, 10), para que hagan surgir el deseo profundo de salvación que se encuentra en cada persona: «Señor, dame de esa agua, para que no tenga más sed (Jn 4, 15)» (cfr. Instr. Lab. n. 8. 20. 26. 33 y 39).

Es necesario que las comunidades cristianas encuentren las energías y los caminos para volver a aferrarse sólidamente a la presencia del Resucitado que las anima desde dentro, y vuelvan a ofrecernos la propia experiencia como un don valioso que poseen. La Iglesia quiere ser el ámbito donde ya ahora se realiza esta experiencia de Dios, donde nos dejamos transfigurar por el don de la fe bajo la guía del Espíritu del Resucitado. Hablar de nueva evangelización es hablar de este impulso espiritual, de este movimiento de conversión que la Iglesia se pide a sí misma, a todas sus comunidades, a todos sus bautizados (cfr. Instr. Lab. 46; n. 88).

1. Velar por la madurez humana integral.

Atravesar «la puerta de la fe» (cf. Hch 14,27),  que introduce en la vida de comunión con Dios ypermite la entrada a su Iglesia, supone emprender un camino que dura toda la vida. Es una puerta que está siempre abierta para todos y se cruza su umbral cuando la palabra de Dios se anuncia y el  corazón se deja plasmar por la gracia que transforma (cfr. Porta Fidei, 1).

 Este crecimiento en la fe y el mismo proceso de convertirse en persona es una tarea apasionante que nunca se podrá reducir a adquirir conocimientos intelectuales, a una asimilación doctrinal o de un sistema de valores o de capacidades funcionales. La formación que debemos adquirir nos debe llevar a un equilibrio entre vida interior y apertura a las realidades que nos rodean, sin rehuir el presente que nos toca vivir, por problemático que nos resulte. Es preciso integrar interioridad y relaciones, aprendiendo a mantener una buena comunicación con uno mismo y con los demás, conjuntamente con la comunicación con Dios -la oración-. Esto facilitará, sin duda, mantener la identidad de creyente con hechos concretos y coherentes en medio de una sociedad plural. Lo contrario a la identidad personal sería la alienación y la despersonalización. Y hay que estar atentos porque en la sociedad en que vivimos somos especialistas en ponernos máscaras para ocultar la propia realidad.

Un cristiano debe ser una persona madura, sincera, justa, comprensiva, equilibrada, dialogante, digna de confianza… Pero esta madurez humana se va adquiriendo poco a poco, con sucesivas experiencias, y pide cuidar adecuadamente la propia interioridad a la vez que procura mantener una buena relación con los demás, con el entorno y con Dios «en el que vivimos, nos movemos y somos»(Hch 17,28).

Habrá que verificar progresivamente la calidad de la propia vida de fe y la implicación en la vida eclesial para poder ser anunciadores del Evangelio.

2.- Reavivar la Fe cristiana.

A los cristianos de los primeros tiempos se les acusó de «ateos», es decir, de no creer en Dios. Y es que la idea de Dios que tenía mucha gente de aquel tiempo era muy diferente al Dios que predicaban los cristianos, y es esto lo que habría que repensar hoy. La Fe cristiana no es creer de cualquier manera, no es simplemente admitir que hay Dios, sino creer en el Dios que Jesucristo nos ha manifestado, y reconocer que Dios, en Jesucristo, ha entrado y actúa en nuestra historia de una manera definitiva. Hay que redescubrir el camino de la fe para iluminar de manera cada vez más clara la alegría y el entusiasmo renovado del encuentro con Cristo.

Creer será siempre abrir a Dios en nuestra vida un crédito ilimitado para que Él reine sin condiciones, sin rebajas… Es aquello de la opción fundamental. Como la samaritana, también el hombre actual puede sentir de nuevo la necesidad de acercarse al pozo para escuchar a Jesús, que invita a creer en él y extraer el agua viva que brota  de su fuente (cfr Jn 4,14) y alimentarnos con laPalabra de Dios y el Pan de la vida. 

El Sínodo sobre la nueva evangelización para la transmisión de la fe cristiana debería ser una buena ocasión para introducir a todo el cuerpo eclesial en un tiempo de especial reflexión y redescubrimiento de la fe (cfr. Porta Fidei, 2, 3 y 4).

 3.- Cuidar la Fraternidad eclesial.

La comunidad es el lugar por excelencia del testimonio de la presencia de Jesús entre nosotros y, por ello, la formación de la comunidad debe ser una tarea prioritaria. Una fe que no es comunitaria está muy lejos de ser una fe auténticamente eclesial. Necesitamos una Iglesia-comunidad en la que se pueda vivir un nuevo estilo de vida y de convivencia.

Los bautizados necesitamos madurar la propia fe en un grupo eclesial donde podamos descubrir que vivir en comunión es posible y que aislarse es destruir la posibilidad de construir una vida diferente basada en los valores evangélicos.

La comunión que constituye la Iglesia tiene una dimensión profunda, enraizada en el misterio de Dios: es comunión con Dios. Pero tiene igualmente una dimensión visible: es comunión de las personas entre sí y se expresará en formas de intercambio y participación en diferentes ámbitos eclesiales, siempre teniendo en cuenta que la comunión eclesial es, sobre todo, comunión de corazones(cfr. Hch 4,32).

En esta experiencia fundante, que es el encuentro permanente con Jesucristo muerto y resucitado y presente en su Iglesia, está el centro y el fundamento de la comunión eclesial. 

Todos los que tenemos una cierta responsabilidad en cualquier nivel de nuestras comunidades es necesario que seamos portadores de la experiencia comunitaria de la fe y al mismo tiempo ser capaces de promoverla.

 4. Un reto permanente: llegar a ser sal de la tierra y luz del mundo (Mt 5,13-16).

No podemos dejar que la sal pierda su sabor y la luz permanezca oculta. La «fe que actúa por el amor»(Gal 5,6)  debe convertirse en un nuevo criterio de pensamiento y de acción que cambia toda lavida del hombre. Con el imperativo de percibir los signos de los tiempos en la historia actual, nos compromete a cada uno a convertirnos en un signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo (cfr. Porta Fidei 3, 6 y 15).

Con el testimonio ofrecido por la vida de los cristianos, con nuestra misma manera de estar en el mundo, los bautizados estamos llamados efectivamente a hacer resplandecer la Palabra de verdad que el Señor Jesús nos dejó. Y en esta perspectiva, el Año de la Fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del mundo.

Esto pide, entre otras cosas, tener capacidad de servicio y un testimonio de servicio callado y tantas veces escondido y gratuito, que es lo que ilumina más que los grandes discursos. Aprender a servir es comenzar a entender qué significa ser cristiano. El Año de la Fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad (cfr. Porta Fidei, 14). 

Si la gente que nos rodea experimenta que es acogida, que puede acudir a nosotros siempre que lo necesita y nos encuentra generosamente disponibles, entonces entenderán qué significa servir. Poniéndonos del lado de los más débiles nos convertimos en testigos cualificados de la fe y signos claros y visibles de que el Reino de Dios, Reino de Justicia y Libertad, está llegando. Las palabras de Jesús son claras: «Si alguno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos»(Mc 9,35).

 IV. ALGUNAS MEDIACIONES PARA CRECER EN LA CALIDAD ESPIRITUAL.

1. La Llamada a la santidad de vida y la Oración o primacía de la Gracia.

En la homilía del inicio de su Pontificado (24-4-2005), Benedicto XVI decía: «La Iglesia en su conjunto, y en ella sus pastores, como Cristo, deben ponerse en camino para rescatar a los hombres del desierto y conducirlos al lugar de la vida, hacia la amistad con el Hijo de Dios, hacia aquel que nos da la vida, y la vida en plenitud.»

Esta exigencia de calidad espiritual es más necesaria cuanto menos apoyo sociológico tenemos para vivir desde la fe. Y lo es para todos los bautizados. El fundamento originario y permanente del ser cristiano en todas sus expresiones -vida célibe, vida matrimonial, vida consagrada, ministerio ordenado- es el bautismo. Fundamentalmente, todos nosotros somos unos bautizados que hemos recibido la gracia de la adopción filial, somos hijos de Dios en el Hijo Jesucristo: «Vosotros, como piedras vivas, sois edificados por Dios como templo del Espíritu para formar una santa comunidad sacerdotal que ofrezca sacrificios espirituales agradables a Dios por Jesucristo»(1Pe 2,5).

Es cierto que Dios ha dispuesto una gran variedad de servicios en la Iglesia, pero «en lo que toca a la edificación del Cuerpo de Cristo, hay una verdadera igualdad entre todos en cuanto a la dignidad y la actuación comunes a todos los fieles»(LG 32), y es precisamente esta igualdad radical la que nos tiene que ayudar a vivir las diferencias como un enriquecimiento mutuo dentro de la comunión eclesial. 

La llamada a la santidad de vida es una llamada personal que vale igualmente para laicos y para consagrados y nadie nos puede sustituir en la respuesta. Somos personas originales, únicas e irrepetibles. Los laicos están llamados a la santidad haciendo fructificar la vida nueva y el don del Espíritu recibidos en los Sacramentos de la iniciación cristiana. A veces, hay quien manifiesta un cierto sentimiento de inferioridad y marginación que lleva a disimular públicamente su identidad católica: esto es contrario a una fe «martirial», es decir, una fe de testigos valientes de Jesús. Por otro lado, en cuanto a la santidad de vida de los presbíteros, ésta se visibiliza en su entrega incondicional. Y como es evidente que el presbítero no se santifica automáticamente en el ejercicio de su ministerio, es necesario que viva igualmente también la gracia de su bautismo, que se reconozca pecador con todo el Pueblo de Dios, que viva la Palabra que proclama y se alimente del Cuerpo del Señor. En todo caso, el factor fundamental es la caridad pastoral con todo lo que exige. Lo que determinará la credibilidad del testimonio de unos y otros y la eficacia sobrenatural de sus actividades será su unión con Jesucristo. 

Además, es necesaria la oración, en sus múltiples formas, como condición para tener viva la llama de la fe, la primacía de Cristo y, en relación a Él, la primacía de la vida interior y de la santidad, como ya Juan Pablo II enfatizaba en Novo Millennio Inneunte (cfr. n. 38).

Una oración esperanzada, que es la que nos hace admirar y dar gracias por todas las realidades positivas que nos acompañan, y que son pequeños crecimientos de la semilla del Reino. 

2. Las llamadas personales: “Ven y sígueme”.

Todos los bautizados participamos del único sacerdocio de Jesús y hemos recibido la misma llamada a su seguimiento con radicalidad. Esto nos motiva a orar con mucha confianza e insistencia para que se mantenga viva la llama vocacional a todos los niveles.

En particular, y pensando en la «mediación» que supone el sacerdocio ministerial, quiero dirigirme a todos aquellos jóvenes y no tan jóvenes que en Lleida y sus comarcas tienen inquietudes y no se contentan con vivir de cualquier manera, repitiendo conductas maquinalmente como las hormigas: preguntaos qué quiere Dios de vosotros y atreveos a escucharlo. El mismo Dios que os ha concedido el don de la vida os llama ahora a vivirla siguiendo las huellas de Jesús y os abre diferentes posibilidades de realización. Una de ellas es la que muchos -y yo mismo- escogimos en un largo proceso de respuesta a lo que sentíamos que el Señor nos pedía: servir a los hermanos como sacerdotes de la Iglesia. ¿Por qué no pensáis seriamente y en conciencia? Muchas de nuestras comunidades, y tantas otras de todo el mundo, no tienen un sacerdote a su servicio con suficiente disponibilidad y ni siquiera pueden celebrar la Eucaristía dominical a la que tienen derecho.

Al mismo tiempo, pido a los miembros de la Iglesia de Lleida que, además de la oración, vean también si, en conciencia y a la luz del Espíritu que sopla donde quiere(Jn 3,8), no deberían hacer la propuesta directa y explícita a algún miembro de su propia comunidad, de su propio grupo, de su propio centro educativo o de su propia familia, para que tomara la decisión bien concreta de entregar su vida en favor de los demás de una manera plena en este servicio ministerial, haciendo al mundo este don impagable que es presentar a Cristo y su Palabra como camino para hacer nueva la humanidad y, además, posibilitando a tantos otros la celebración de los Santos Misterios de la Salvación. Dadas las circunstancias, lo considero una prioridad. 

3. Un impulso misionero renovado y creativo.

«Caritas Christi urget nos» (2Cor 5,14): es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. También hoy necesitamos un compromiso más convencido en favor de una nueva evangelización para redescubrir la alegría de creer y volver a encontrar el entusiasmo de comunicar la fe. El compromiso misionero de los creyentes saca fuerza y vigor del descubrimiento cotidiano de su amor, que nunca puede faltar. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo. Nos hace fecundos, porque ensancha el corazón en la esperanza y permite dar un testimonio fecundo (cfr. Porta Fidei, 7).

Es esta dimensión misionera, como expresión de una nueva y generosa apertura al don de la gracia, lo que nos debe impulsar a imaginar situaciones, ámbitos de vida y acciones pastorales, que permitan a quienes han abandonado la fe cristiana salir de lo que el Papa Benedicto llama el «desierto interior», una imagen con la que quiere representar la condición humana actual, prisionera de un mundo que, prácticamente, ha excluido a Dios del propio horizonte. La tarea de la nueva evangelización, según el Instrumentum Laboris (cfr, n º 86), es tener el coraje de introducir la pregunta sobre Dios en este mundo indiferente, tener el coraje de dar nuevamente calidad y motivo a la fe en esta sociedad de vieja cristiandad.

Hacerlo sin olvidar la vertiente ética y social que es una dimensión imprescindible del testimonio cristiano, rechazando la tentación de una espiritualidad oculta e individualista, que poco tiene que ver con las exigencias de la caridad, ni con la lógica de la Encarnación, y que nos debe llevar a iniciativas evangelizadoras menos orientadas hacia el interior de las comunidades cristianas, y más comprometidas en el anuncio de la fe a todos.

 Necesitamos formar laicos capaces de intervenir en la actividad pastoral, pero teniendo en cuenta la intuición conciliar (cf. LG 33):  «los laicos tienen como vocación especial hacer presente y operante la Iglesia en los lugares y circunstancias donde ella no puede llegar a ser sal de la tierra si no es a través de ellos». El Concilio Vaticano II lo concreta pidiendo especialmente a los cristianos laicos ser apóstoles en el mundo de las ciencias y la cultura, la vida familiar, la actividad social, económica y política, la solidaridad entre personas y pueblos y la salvaguarda de la paz. Hoy añadiríamos la promoción de la dignidad humana, la defensa de los derechos humanos, la salvaguarda de la creación, el progreso de la biomedicina.

En esta línea, y siempre a su nivel, se espera mucho de las parroquias (cfr. Instr. Lab., 81), consideradas como la puerta más capilar de entrada en la fe cristiana y en la experiencia eclesial. Son el lugar de la pastoral ordinaria, de las celebraciones litúrgicas, de la administración de los sacramentos, de la catequesis y del catecumenado, y asumen el compromiso de ser verdaderos centros de irradiación y de testimonio de la experiencia cristiana, centinelas capaces de escuchar a las personas y sus necesidades.

4. Promover experiencias de “Lectio Divina” y “Lectura creyente de la realidad”, entre otras.

Entre las causas del alejamiento de la vida cristiana de muchos se señala la falta de participación personal y experiencial en la transmisión de la fe, estructuras eclesiales percibidas como alejadas de la vida de la gente y de sus preocupaciones esenciales, y «celebraciones litúrgicas formalistas y de ritos repetidos casi por costumbre, privados de la profunda experiencia espiritual que, en lugar de atraer a las personas, las alejan»(conf. Instr. Lab., 69). 

Una espiritualidad viva pide medios que la alimenten y apoyos que la sostengan: además de la oración personal en las formas más variadas, la meditación según el método ignaciano o la oración con los salmos -que ha sido la oración fundamental del pueblo Israel, de Jesús y de la Iglesia-, hoy se están demostrando muy fecundas prácticas como las de la «Lectio Divina», la «lectura creyente de la realidad», «el estudio del Evangelio», la «scrutatio» de la Sagrada Escritura, etc. La consolidación del compromiso bautismal exige aprender a leer la propia vida personal y la historia humana a la luz de la Palabra de Dios como historia de salvación, y así progresar en la vida cristiana, testimoniar a Cristo y vivir su espíritu, dar razón de la propia esperanza y tener la capacidad de poder plantear evangélicamente las cuestiones que vayan surgiendo en la vida de cada día.

Hay que fomentar la lectura personal y/o en familia de la Palabra de Dios, y a la vez en las parroquias, comunidades, movimientos, delegaciones e instituciones eclesiales. Y también es necesario crear grupos que profundicen las lecturas de la misa dominical, lo que nos ayudará a superar una cierta superficialidad en las celebraciones. Lo que el mundo necesita hoy de manera especial es el testimonio creíble de cristianos iluminados en la mente y el corazón por la Palabra del Señor. En expresión de San Pablo: que «la palabra del Señor se difunda y sea glorificada» (2 Ts 3,1).

Debemos descubrir nuevamente el sabor de alimentarnos de la palabra de Dios, transmitida fielmente por la Iglesia, y con el Pan de la vida, dado como alimento a todos los que son sus discípulos (cf. Jn 6, 51).

5. La experiencia de comunidad eucarística y el signo comunitario de la fe.

Cuando decimos que la fe es «personal» no estamos diciendo que creer sea un asunto «individual». Desde el principio -Pentecostés-, hacerse cristiano ha supuesto unirse al grupo de los doce  y los discípulos: la Iglesia. La fe cristiana no se vive en solitario, sino que lleva a formar parte de la comunidad de los discípulos de Jesús en la Iglesia (Hch 2, 41). No hay vida cristiana sin comunidad.

En el ámbito parroquial, es fundamental la celebración de la liturgia eucarística, porque en la Eucaristía se proclama, celebra y fortalece la fe de la Iglesia. El Vaticano II dice que la Eucaristía es «la cumbre a la cual tiende la actuación de la Iglesia y al mismo tiempo la fuente de donde mana toda su fuerza»(Sacrosantum Concilium, 10).

Por este motivo es necesario revisar las celebraciones de la Eucaristía para intensificar la celebración de la fe en la liturgia, suscitando la aspiración a confesar la fe con plenitud y convicción renovada, con confianza y esperanza.(cfr. Porta Fidei, 9). Y  también hay que reducir el número decelebraciones de la Eucaristía para concentrar más la comunidad, constituyendo un verdadero signo de iglesia. 

El apóstol Pablo, hablando de la comunidad cristiana y de la celebración eucarística, insiste expresamente en comer y beber «dignamente»(1Cor 11, 23-27), porque los corintios habían degradado la Cena del Señor transformándola en ocasión de divisiones y escándalos. Pero también nosotros podemos degradarla si la vivimos como un acto de piedad individual que deja nuestras conciencias tranquilas refugiándonos espiritualmente en un «fervor» sospechoso, o convirtiéndola en formalismo ritual o práctica exterior más o menos ineficaz.

La Eucaristía es siempre un acto comunitario-eclesial que nos reúne como Pueblo de Dios que deberíamos celebrar no sólo físicamente juntos, sino cordialmente unidos.

 Para favorecer esta condición de «signo» comunitario tenemos que superar la celebración de «misas a la carta» o con espíritu de clan y capillita, misas «anónimas», con los participantes separados entre sí y distantes del Altar, silenciosos y pasivos. ¿Qué tipo de espiritualidad demuestran las personas que, en la reunión de hermanos en la fe, en la asamblea eucarística, se aíslan para «encontrarse con su Dios»? ¿En qué Dios creemos? Una asamblea de «resucitados» debe ser expresión  de vida y fraternidad que se difunde y se comparte, y eso se debe notar a simple vista en nuestra manera de estar y participar en la Santa Misa abiertos a la comunidad.

6. Hacer crecer las Unidades de Pastoral en número y calidad.

Las Unidades de Acción Pastoral (UAP) que se han ido constituyendo quieren tener en cuenta la diversidad de situaciones y están llamadas a facilitarnos un aumento de integración comunitaria como Iglesia, de tal modo que, favoreciendo la participación y la comunicación personal de la fe(Mt 18,20),nos ayuden a apoyarnos unos a otros de manera complementaria.

Pero esta es una opción que, para mantener vivas sus motivaciones, pide también constituir un Grupo de personas con la adecuada formación que asuma una tarea fundamental: su acompañamiento. Este Grupo pensará la manera de informar y explicar al Pueblo de Dios qué es una Unidad de Acción Pastoral y qué servicios pastorales se darán, para que no crean que serán desatendidos o abandonados, sino atendidos más y mejor. Se cuidará de la animación y el seguimiento general de las UAP, con el Arcipreste respectivo y el Vicario de Pastoral que realizarán el seguimiento ordinario. La UAP se tendrá que reunir periódicamente para orar, programar y evaluar el crecimiento integral -humano, espiritual, ministerial -de los agentes pastorales.

Es necesario que las Unidades de Acción Pastoral vayan aumentando y consolidándose. No se trata sólo de hacer frente a la disminución del ministerio ordenado, cosa que no podemos negar, sino de asegurar la existencia y presencia significativa de la comunidad eclesial en el mundo actual con sus diferentes carismas y ministerios. Nos lo está pidiendo la desaparición del cristianismo sociológico y nuestra situación de diáspora en medio de un mundo no cristiano.

Estas «Unidades» no son la solución para todo, pero son una manera de ser Iglesia fundamentada en la Espiritualidad de Comunión que es el marco en el que deben situarse todas las espiritualidades en la Iglesia, todos los carismas, dones y ministerios, que debemos procurar integrar de manera armónica y coordinada. La espiritualidad de Comunión es un estilo de vida, una manera de ver-ser-actuar en torno al valor «comunión» como catalizador de toda la vida cristiana. Por eso, cualquier espiritualidad vivida en la Iglesia, para ser auténtica, debe fundarse y vivirse en la dimensión eclesial, es decir, enriqueciendo la comunión y poniendo lo que tenga de diferente como un bien en favor de todos.

Debemos admitir que nuestras comunidades necesitan mucho más que ajustes o retoques periféricos y que el Señor nos llama a una renovación con cierta profundidad para ofrecer el Evangelio de manera creíble e interpeladora. Conocemos la complejidad de nuestra situación y los interrogantes que nos plantea. Las nuevas realidades nos piden revisar mentalidades y estilos pastorales con una cierta imaginación y con el discernimiento necesario. No tenemos respuestas para todo pero vamos iniciando experiencias de pastoral en red colaborando en proyectos concretos. Y sabemos también que esta nueva época está habitada ya por la gracia del Resucitado y que el Espíritu Santo actúa en la evolución de los tiempos, y esto nos alimenta la esperanza.

7. Fomentar la cualidad espiritual y la fidelidad evangélica en la tarea de las cuatro Áreas de cooperación.

7.1. Área de Acción caritativa y social.

El sentimiento que animó a Jesús en la última Cena fue el amor hecho servicio y sacrificio. Lavar los pies a los discípulos fue su signo y Jesús lo propuso como ejemplo a reproducir (cfr. Ju 13,15). Por  ello, dada la íntima relación de la Caridad con la Eucaristía, nuestros encuentros eucarísticos deben ser ocasión de replanteamientos vitales. El Papa Benedicto XVI nos lo ha vuelto a proponer: «El Año de la fe será también una buena oportunidad para intensificar el testimonio de la caridad» (Cfr. Porta Fidei,14). 

Nuestras  prioridades se concretan en: 

a) Comunicación cristiana de bienes: que el planteamiento económico de la Diócesis se oriente hacia una auténtica comunicación de bienes entre las comunidades con más posibilidades y aquellas que no pueden disponer de suficientes recursos. El Consejo Pastoral Diocesano estudiará la puesta en marcha de iniciativas que nos ayuden a hacerlo realidad.

Se debe potenciar cada vez más la caja de compensación diocesana y que el Consejo Diocesano de Economía haga el seguimiento.

La actitud de compasión, solidaridad y compromiso debe animar a los miembros de nuestra Iglesia diocesana a compartir sus bienes con los más desfavorecidos, aportando, como mínimo, el 0,7% de sus ingresos.

 b) Cuidar de la motivación evangélica en el servicio al prójimo: el amor al hermano -y más en caso de necesidad- forma parte de la identidad de todos los miembros de la Iglesia y sin  este mandato la misión evangelizadora no es completa. 

Hay que dar a conocer, especialmente a los jóvenes, la tarea de Cáritas y facilitarles su participación en programas concretos.

 Igualmente, se continuará cooperando entre instituciones eclesiales -y no eclesiales:  asociaciones, empresas, mundo educativo- mediante iniciativas de formación, crecimiento personal e inserción laboral.

 c) Acogida e integración de los recién llegados: los seguidores de Jesús debemos tener y animar a tener en el propio entorno social una gran sensibilidad y preocupación solidaria hacia todos aquellos que llegan a nuestras tierras, y trabajar para integrarlos en la sociedad sin perder su identidad ni sufrir problemas de rechazo o de exclusión. Las comunidades de Vida Consagrada pueden apoyar en la acción educativa, social y sanitaria, según el carisma de cada una y según las nuevas pobrezas del mundo actual.

 d) Enfermos y acompañantes: que la Delegación de Pastoral de la Salud impulse la creación de espacios de acogida para los enfermos y/o sus acompañantes, que se han de desplazar desde fuera de la ciudad de Lleida.

Hay que asegurar un equipo de pastoral de la salud en cada parroquia o unidad pastoral, que sensibilice a la comunidad y favorezca un acercamiento efectivo a los enfermos y de manera especial a los que están solos y más necesitados, respetando su libertad, para hacerles llegar la vida de la comunidad creyente.

7.2. Área de Liturgia y espiritualidad.

La calidad de nuestra pastoral pide interioridad espiritual y orante. Debemos introducir en nuestra agenda ordinaria algunas prácticas convenientes, e incluso necesarias, que contribuyen a mantener el gozo de la fe y la decisión de transmitirla.

a) Además de las Plegarias vocacionales mensuales y otros encuentros, hay que ofrecer un Retiro más intenso en los tiempos litúrgicos de Adviento, Cuaresma y Pascua, así como unos Ejercicios Espirituales, días de oración en un ambiente de silencio -¿un monasterio?- dejando de lado otras tareas para entrar en sí mismo y acoger la Palabra, escucharla, compartirla… Tener la oportunidad de compartir la propia experiencia espiritual es una manera de contribuir a la fraternidad.

b) Debemos asegurar Servicios de acompañamiento para caminar en la fe y discernir la voluntad de Dios para servir mejor al Señor y los hermanos según el espíritu de Jesús y para vivir el Sacramento de la reconciliación y acoger la gracia del perdón. A lo largo de este Año será decisivo volver a recorrer la historia de nuestra propia fe (Cfr. Porta Fidei, 13).

Los templos deben estar abiertos en un horario suficiente para facilitar a todos la acogida, la visita y la oración.

 c) Hay que hacer una sincera reflexión sobre la celebración del Día del Señor y la participación en la Eucaristía dominical. El domingo es también el día de «la fiesta», del descanso que nos ayuda a descubrir la belleza y todo lo que hay de bueno en el mundo y en la vida. Un día especialmente apto para vivir en familia y también para vivir la caridad, cuidando la relación amistosa con vecinos y parientes, con amigos y con enfermos a los que no es fácil de visitar otros días… 

d) Cuidar los Ministerios litúrgicos. La oración en común y las celebraciones litúrgicas son cosa de toda la comunidad: son celebraciones de la Iglesia  (cfr. Sacrosantum Concilium, 26). 

Esta comunión de culto pide también el establecimiento de un Equipo de Liturgia en las  parroquias y la promoción de los diversos ministerios al servicio de una verdadera acción comunitaria, preparando lectores y animadores del canto litúrgico. En algunos días señalados habría que celebrar también la liturgia de las horas con los fieles como Laudes o Vísperas.

 e) Ministros extraordinarios de la Eucaristía. Quien reciba este ministerio debería participar plenamente, interna y externamente, en la Eucaristía; manifestar dignidad y respeto en la liturgia; poseer una especial sensibilidad hacia los enfermos y el mundo de la salud siendo capaz de relacionarse con las personas y familias que viven la enfermedad. Y ser «bien visto» por la Comunidad.  

f) Educar, fomentar y ofrecer recursos para la Oración personal y familiar y las formas de piedad y religiosidad popular, que «prolongan la vida litúrgica de la Iglesia, pero no la sustituyen» (Sacrosantum Concilium, 13 y Catecismo de la Iglesia Católica, 1674). Hay que valorarlas, purificarlas y orientarlas para acercar la Palabra de Dios a la gente poniendo al alcance Biblias, Nuevo Testamento, la Misa de cada día, Evangelio 2000, los Salmos explicados, etc, y hacer difusión. 

7.3. Área Gaudium et Spes.

Profesar la fe implica necesariamente un testimonio y un compromiso público. El cristiano no puede pensar nunca que creer es un hecho privado. La Iglesia, el día de Pentecostés, muestra con toda evidencia esta dimensión pública del creer y de anunciar a todos la propia fe sin miedo. Es el don del Espíritu Santo el que capacita para la misión y fortalece nuestro testimonio. Y el apóstol Pablo nos recuerda que «se cree con el corazón y se profesa con los labios » (cfr. Rom 10,10).

Por otra parte, no podemos olvidar que algunas personas de nuestro entorno buscan con sinceridad el sentido último y la verdad definitiva de su existencia y del mundo. Esta investigación es un auténtico «preámbulo» de la fe, porque lleva a las personas por el camino que conduce al misterio de Dios. «La misma razón del hombre, en efecto, lleva inscrita la exigencia de lo que vale y permanece siempre» (Benedicto XVI, en el Colegio des Bernardins, París, 12/09/2008).

Hay que seguir escuchando con fuerza el grito de San Pablo: «¿Cómo invocarán a aquel en quien no han creído? ¿Cómo creerán aquel a quien no han oído? ¿Cómo oirán sin que se les anuncie? Y ¿cómo anunciarán si no son enviados? «(Rom 10, 9-15).

Es una invitación expresa a ponerse en camino y a contribuir a la nueva evangelización a la que estamos llamados todos los bautizados.

a) Es importante y necesario cultivar y hacer visible el sentido profundo de la fraternidad sacramental. En nuestras parroquias y comunidades todos los bautizados somos sujetos activos y todos estamos llamados a recibir y a dar. Si no demostramos esa fraternidad no hay «signo» del  seguimiento evangélico (cfr. Lc 10). Esto pide alimentar en nuestros grupos e instituciones unsentido profundo de pertenencia y de arraigo en la Iglesia Particular de Lleida de la que somos miembros vivos -y no sólo vinculados por legislación canónica-, superando particularismos y distanciamientos.  

b) También debemos procurar promover y participar en iniciativas ecuménicas, para pedir al Señor y favorecer el restablecimiento de la unidad entre todos los cristianos. Según el mismo Jesús, esta es una condición para que otros puedan creer (cfr. Ju 17, 21-23).

c) Como individuos, como grupos o como comunidades parroquiales, es necesario que nuestra presencia y participación en la trama de la vida social tenga en cuenta la dimensión colectiva, -«política»- y estructural de los problemas, procurando que las iniciativas de los barrios y/o de los pueblos sirvan al bien común. Si es posible, sería bueno que esta presencia y participación la lleven adelante preferentemente cristianos del mismo lugar. No es necesario hacer grandes cosas: sólo contribuir día a día para que se pueda vivir con capacidad y posibilidades de crecer, desarrollarse, convivir, participar, comunicarse. Servir y amar de esta manera se convierte en factor de progreso y de transformación del mundo (cfr. Gaudium et Spes, 37). 

d) Y siendo todos actores y destinatarios de la vida política, interesados en consolidar y promover el bien común, es necesario comprometerse en asociaciones cívicas y profesionales para que se reconozca a la persona humana como centro de la vida social, y hacer un esfuerzo continuado para que los valores evangélicos impregnen las leyes y las instituciones. Una buena manera podría ser promover debates entre los profesionales sobre cuestiones actuales noticiosas enfocadas desde el punto de vista de la ética cristiana.

7.4. Área de Formación.

Nuestra cultura actual, muy fragmentada, frecuentemente alimenta actitudes y praxis que hacen pensar en una disociación o compartimentación, considerando como realidades diferentes la teología, la espiritualidad y la acción pastoral. Esto se ha traducido a menudo en «primero formarse, y luego actuar», o en permanentes distinciones entre teoría y práctica, entre «vida interior» y apostolado, etc., retrasando algunas actuaciones o replanteamientos. Pero todos sabemos que una buena formación debe ser integral y que a andar se aprende andando.

Habrá que invertir esfuerzo y recursos en la formación de laicos. Esto requiere también de los responsables, incluido el presbítero, saber discernir, valorar y armonizar carismas y servicios en la comunidad para ayudar a cada cristiano a descubrir y asumir el propio ser y misión en la Iglesia por el hecho del bautismo recibido, y de la confirmación o del matrimonio.

a) A nivel diocesano, el Año de la fe puede ser una buena ocasión de diálogo renovado y creativo entre fe y razón -mediante simposios y jornadas-. También habrá que intensificar la reflexión sobre la fe para ayudar a los creyentes para que su adhesión al evangelio sea más consciente y vigorosa, (cfr. Porta Fidei, 8).

El conocimiento de los contenidos de la fe es esencial para dar el asentimiento propio e introduce en la totalidad del misterio salvador revelado por Dios (cfr. Dei Verbum, 5).

b) Cuando se trate de la formación conveniente para los Agentes instituidos en los Ministerios laicales, a quienes el Obispo confía responsabilidades en un arciprestazgo o «unidad pastoral» concreta, no debería faltar:

para todos, el Catecismo de la Iglesia Católica con su Compendio, que pone de manifiesto la riqueza de la enseñanza que la Iglesia ha recibido, custodiado y ofrecido en sus más de dos mil años de historia, desde la Sagrada Escritura a los Padres de la Iglesia, desde los maestros de teología a  los santos de todos los siglos (cfr. Porta Fidei, 11);

   para los ministerios de la Palabra, el Directorio General de Catequesis;

 para los ministerios litúrgicos, la Introducción General al Misal Romano; 

 para los ministerios de la Caridad, el Compendio de Doctrina Social de la Iglesia, y el Documento de la CEE  La Caridad en la Iglesia.

 

c) Los Arciprestazgos, Parroquias, Delegaciones y Movimientos procurarán evitar duplicidades en los programas o iniciativas de formación, con la necesaria coordinación con la IREL.

 

d) En la medida de lo posible, invito a formarse para utilizar los nuevos lenguajes de la comunicación y del arte, a fin de hacer posible una presencia continuada de la Iglesia en los medios de comunicación tradicionales y modernos.

 

e) En el campo catequético y en la escuela cristiana es decisiva una espiritualidad intensa, sincera y convencida, y seguir promoviendo la participación de los padres en la comunidad cristiana y en la acción educativa. Y habría que ofrecer una propuesta de continuidad después de la comunión o confirmación.

 

f) También es fundamental un espacio y un tiempo para el servicio de acompañamiento personal del catequizando y su familia, y de alumnos y profesores -más allá de las tutorías-, así como el cuidado de aquellos que pasan por una situación difícil -enfermedad, muerte de un ser querido-.

 

g) En los Colegios vinculados de alguna manera a la Iglesia, hay que asegurar que, además de las familias, los trabajadores y profesorado conozcan bien el proyecto educativo y que todo lo que hacen se inserte en este proyecto y se trabaje desde esta perspectiva. Hay que favorecer que se asuma nuestro modelo de escuela. Todos somos responsables de la identidad del centro.

 

h) La Delegación de Enseñanza procurará organizar intercambios periódicos programados para ir avanzando conjuntamente en el ámbito de la pastoral en los colegios de iglesia, animando el compromiso cristiano de los educadores y, en su caso, formando una asociación.

 

8. Continuar y profundizar los objetivos de los años anteriores: iniciación cristiana y presencia de Iglesia en la sociedad.

 

Vuelvo a una reflexión que todos nos debemos hacer habitualmente en la vida queriendo acertar en la acción evangelizadora: ¿qué es lo prioritario?, ¿qué debemos «privilegiar»? -y, por tanto, ¿qué debemos dejar en segundo lugar? Y debemos recurrir una vez más a Jesús: «¿Quién de vosotros, si quiere construir una torre, no se sienta primero a calcular los gastos y ver si tiene recursos para terminarla?»(Lc 14,28).

 

Os recuerdo que hemos querido activar la INICIACIÓN CRISTIANA en nuestro entorno de increencia señalándola como una línea prioritaria con la Carta «Iniciación cristiana. Creer. Vivir. Anunciar la fe «(2010-2011). 

 

 

Después nos hemos fijado una segunda línea prioritaria: una mejor  PRESENCIA DE IGLESIA EN EL MUNDO y hemos querido vivir un tiempo de sedimentación y de profundización del camino hecho (2011-2012) teniendo en cuenta dos claves: continuidad y novedad.

 

Deberíamos mirar cómo y con qué motivaciones evangélicas -con qué calidad espiritual- los seguidores de Jesús estamos presentes en los grandes ámbitos sociales -salud, educación, economía, solidaridad social e internacional, cultura, comunicaciones-, cómo y con qué motivaciones evangélicas todos -y algunos, especialmente- servimos de manera significativa en los ambientes de aquellos que deben tomar decisiones y de los que buscan, de las familias y los jóvenes. Se trata de hacer circular el Evangelio por las arterias de la sociedad. Si no es así, la Iglesia estará cada vez más marginada y reducida a las «sacristías», por más que se siga utilizando para la celebración de fiestas o ritos de paso.

Se trata de vivir con y para los demás, asemejándose a Jesús y dispuestos a entregarse para que «tengan vida y en abundancia» (Ju 10,10).  

Conclusión:

Quiero cerrar este mensaje pastoral con el mismo espíritu con el que hemos comentado la convocatoria de un Simposio para celebrar los 150 años de la Academia Bibliográfica Mariana de Lleida: María de Nazaret, referente humano y cristiano para nuestro tiempo.

Por la fe, María acogió la palabra del Ángel y creyó en el anuncio que sería la Madre de Dios, obedeciendo con su entrega (cfr Lc 1,38).

Con fe, María saboreó los frutos de la resurrección de Jesús y, guardando todos los recuerdos en su corazón (cf. Lc 2,19.51), los transmitió a los Doce, reunidos  con ella en el Cenáculo para recibir el Espíritu Santo (cfr. Porta Fidei, 13).

Por la fe, los Apóstoles lo dejaron todo para seguir a Jesús (cf. Mt 10,28) creyendo en las  palabras con las que anunciaba el Reino de Dios presente y realizándose en su persona (cf. Lc 11,20) y vivieron en comunión de vida con él. Por la fe, fueron por todo el mundo, siguiendo el mandato de llevar el evangelio a toda criatura (cf. Mc 16,15) y anunciaron a todos la alegría de la resurrección, de la que fueron testigos fieles.

Por la fe, fueron formándose las primeras comunidades reunidas en torno a la enseñanza de los Apóstoles, la oración y la celebración de la Eucaristía, poniendo en común sus bienes para atender las necesidades de los hermanos (cf. Hch 2, 42-47).

Por la fe, los mártires entregaron su vida como testimonio de la verdad del Evangelio, que les había transformado y hecho capaces de llegar hasta el don más grande del amor con el perdón de sus perseguidores.

Por la fe, tantos hombres y mujeres han consagrado su vida a Cristo, en la sencillez evangélica, la obediencia, la pobreza y la castidad, signos concretos de la espera del Señor que ya llega.

Por la fe, muchos cristianos han promovido acciones en favor de la justicia para hacer concreta la palabra del Señor, que ha venido a proclamar la liberación de los oprimidos y un año de gracia para todos (cf. Lc 4,18-19). 

Por la fe, hombres y mujeres de todas las edades han confesado a lo largo de los siglos la belleza de seguir al Señor Jesús en la familia, en el trabajo, en la vida pública y en el ejercicio de los carismas y ministerios que les confiaban.

También nosotros vivimos por la fe: por el reconocimiento vivo del Señor Jesús presente en nuestras vidas y en la historia. Y este año tendremos la oportunidad de confesar la fe en el Señor resucitado en nuestra catedral e iglesias, en nuestras casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre.

En este Año, las comunidades religiosas, las parroquiales y todas las realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar públicamente el Credo (cfr. Porta Fidei, 8) 

Confiamos este tiempo de gracia a la Virgen, proclamada «bienaventurada porque ha creído»(Lc1,45).

 + Joan Piris Frígola

Obispo de Lérida

Mons. Joan Piris
Acerca de Mons. Joan Piris 198 Artículos
Mons. D. Joan Piris Frígola nació el 28 de septiembre de 1939 en Cullera (Valencia). Fue ordenado sacerdote en Moncada el 21 de octubre de 1963. Desde 1964 a 1968 realizó los estudios de Licenciatura en Pedagogía en Roma y la Diplomatura en Catequética en el Pontificio Ateneo Salesiano de Roma. En 1971 obtuvo la Licenciatura en Pedagogía por la Universidad Civil de Valencia. En 1968 fue nombrado Vicario y de 1969 a 1974 párroco de San Fernando Rey de Valencia. Fue miembro del Grupo Promotor en España del Movimiento por un Mundo Mejor, de 1974 a 1979, fecha en la que ejerció como Director del Secretariado Diocesano y luego Delegado Episcopal de Pastoral Familiar en Valencia, hasta 1984. Este cargo lo compaginó con la dirección del Secretariado de la Subcomisión de Familia de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, en Madrid, de 1981 a 1984. CARGOS PASTORALES Ha sido párroco de diferentes parroquias de Valencia y Miembro del Consejo de Presbiterio de Valencia en 1984 y Párroco Consultor un año más tarde. Ha sido Vicario Episcopal de las demarcaciones de La Ribera, Valencia-Nordeste, Lliria-Via Madrid y Valencia-Nordeste. El 1 de marzo de 2001 fue elegido Obispo de Menorca y recibió la Ordenación Episcopal el 28 de abril de ese mismo año. El 16 de julio de 2008 fue nombrado por el Papa Benedicto XVI Obispo de Lleida y tomó posesión de la diócesis el 21 de septiembre de 2008. El 28 de julio de 2015 el Papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española ha sido miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral (2001-2005) y desde 2005 es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social, de la que fue Presidente de 2009 a 2014.