La alegría de nuestra fe

Mons. Braulio Rodríguez    A lo largo del Año de la Fe (11 de octubre 2012-24 de noviembre 2013) me propongo muchas veces hablar por este medio de los contenidos fundamentales del Credo, la carta grande de la doctrina y de la vida cristiana. Necesariamente tendré en cuenta al Catecismo de la Iglesia Católica (1992) y su Compendio (2005). También beberé del Concilio Vaticano II, pues la gracia de ese Concilio no se ha agotado. Igualmente, será Benedicto XVI quien me guiará en mis palabras, porque él ha dado lo mejor de sí mismo para iluminar no sólo la verdad de la fe, sino la alegría de la fe que proporciona el encuentro con Jesucristo.

El Papa pone insistentemente el acento precisamente en el no-reconocimiento, la pérdida o la marginación del primado de Dios. Por el contrario, el Credo pone a Dios como principio de todo, la fuente de las verdades del hombre, el que ha creado el cielo y la tierra, en la que ha hecho la morada del ser humano y ha ordenado su existencia según su designio divino. El hombre y la mujer, en efecto, no son un producto casual de la evolución, sino la señal viviente del poder de Dios; han sido creados en el Verbo que “existía en el principio”, y han sido llamados a una misión de sabia responsabilidad hacia la creación, para su bien y su salvación.

Por ello, quien vive sin conocer ni orientarse a Dios, estableciendo una relación de amor con Él, se separa de la fuente de la vida. A pesar de que ninguno haya visto a Dios y, aunque podamos conocer su existencia con la capacidad racional que nos ha dado, Él mismo se ha hecho visible y cercano a través de aquel amor que constituye su esencia misma, como recuerda san Juan en su primera carta (4,8.16). Para nosotros la cumbre de la revelación de Dios es Jesucristo, en el que tomado realmente rostro, se ha manifestado y ha actuado. Él es Aquel que ha sido mandado a encarnar la verdad del Padre y ser así la estrella Polar del camino de los hombres para guiarnos a la verdad sobre nosotros mismos.

Este será el horizonte de esta colaboración mía en el nuevo curso, dirigida a los fieles cristianos de Toledo y a quien quiera oírme o leerme en tantos medios que hoy tenemos de comunicarnos. Soy consciente de que buscar a Dios en el rostro humano de Cristo es también ponerse en la perspectiva de esta verdad que nace de un designio de amor, pero que se proyecta en una comunidad, la Iglesia Católica, que vive de amor. Yo no puede separar a Cristo de su Iglesia. Sería no responder a la verdad y, en el fondo, rechazar cuanto el Verbo de Dios nos ha revelado. Ya sé que Cristo se distingue de la Iglesia, pero como se distingue la cabeza del cuerpo. Él ha querido unirse a su Cuerpo, que es la Iglesia, formando lo que se llama en la tradición cristiana “el Cristo total”.

Eso ha sido posible porque Cristo “al tercer día resucitó”. La resurrección de Jesucristo no es solamente la verdad central y decisiva de la fe, sino también el comienzo de un nuevo tiempo de la historia. En el momento en el que “Jesús sube al cielo”, los suyos no se sienten solos ni abandonados. Están convencidos que siempre estará presente en medio de ellos, de una forma nueva. Comienza ya, por tanto, en el tiempo de la Iglesia, el Reino de Dios, universal, de amor, de justicia y de paz; comienza también la nueva existencia del hombre reconciliado, redimido y regenerado en Cristo, empujado por la gran esperanza suscitada por la muerte y la resurrección.

La característica de la comunidad cristiana en los primeros siglos es el estupor: descubrir de un Dios que ama, y que ha enviado a Jesucristo, en todo semejante a nosotros menos en el pecado. La presencia de Cristo en medio de los cristianos creo un ambiente de alegría, de fraternidad y de acogida a quienes aceptaban al Señor. Su fe es una fe convencida, madura, valiente que transforma radicalmente sus vidas, en un seguimiento e imitación de Jesús, al servicio de la fe.

 +Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.