Testimonios de la conversión: San Justino

Mons. Agustí Cortés     Ciertamente no nos imaginamos a Jesucristo sentado en una mesa sobre una tarima, dando una clase, que comenzara así: “Prestad atención, coged papel y lápiz, tomad nota de lo que os digo; voy a explicaros qué es la Verdad, para que lo entendáis y aprendáis bien”. Ojalá tuviéramos muchos maestros y profesores que fueran capaces de hacer esto. Pero necesitamos con más urgencia cristianos que imiten los modos de hacer de Jesucristo, es decir, comunicar la Verdad por la vía del testimonio de vida, con palabras y con obras.

En efecto, la riqueza del testimonio consiste en poder servir a la fe en las cosas que no se ven con los ojos del cuerpo, pero se adivinan con los ojos del corazón estimulado por el calor del testigo. Jesús dijo a Tomás: “dichosos los que crean sin haber visto” (Jn 20,29).

El testimonio de los convertidos fue una de las fuerzas más poderosas en la expansión del cristianismo primitivo. Al principio, como la mayoría de los cristianos procedían de la gente más sencilla, “todo quedaba en casa”. Pero cuando empezaron a convertirse a la fe gente de la clase más culta e influyente, los testimonios de los convertidos adquirieron una relevancia particular. Tal fue el caso del filósofo San Justino, convertido a la fe el año 138.

Nos lo imaginamos como una especie de “mendigo apasionado de la Verdad”. Nos resultaría más útil y cercano, si fuéramos tan apasionados y tan consecuentes como él. Nacido en la actual Nablús, quizá de familia pudiente, bien formado en la cultura pagana, según su propio testimonio, dedicó toda su juventud a buscar el Bien “para poseerlo” y ser feliz. Podríamos decir que fue de puerta en puerta buscándolo. Llamó a todas las puertas donde se anunciaba: “aquí encontrarás lo que buscas, aquí hallarás la felicidad”. Porque todas las escuelas de filosofía de entonces, los estoicos, los peripatéticos, los pitagóricos, los platónicos, eran exactamente eso, propuestas de felicidad. Explicará en su Diálogo con Trifón:

“Uno no me dijo nada nuevo que yo no supiera… Otro se creía con espíritu muy penetrante, pero acabó pidiéndome dinero… Otro, muy orgulloso de su saber, me despidió al comprobar que yo no había estudiado todas las ciencias… Otro me entusiasmó, hasta hacerme creer que ya estaba apunto de ver a Dios… Pero tuve la gran suerte de encontrarme en un

paraje solitario, no lejos del mar, a un anciano de aspecto no despreciable, de carácter suave y venerable… Al principio me confundió diciéndome que era imposible al hombre alcanzar la filosofía que da la felicidad, pero después añadió que la inteligencia humana puede ser adornada por el Espíritu de Dios… Me dijo ‘ora y encontrarás en la Escritura esos hombres que recibieron la luz de Dios’” (2,6 – 3,8)

Se fió y aceptó lo que se le ofrecía gratuitamente, aunque no era exactamente lo que él había construido con su pensamiento. Pero empezó a creer y a vivir según Jesucristo sin dejar de ser filósofo: había hallado lo que él llamó “la verdadera filosofía”. Él sí, después de haber vivido según la luz nueva de la Verdad, se sentó en la mesa como profesor cristiano. Ya podía pensar y dialogar con el mundo pagano, no porque adaptara la fe a su cultura y su razón que tenía antes (como hicieron los llamados cristianos gnósticos), sino porque llevó su cultura y su razón a la fe. Todo había cambiado:

“Antes nos complacíamos en el libertinaje y la magia, ahora nos dedicamos a la castidad y nos consagramos al Dios bueno e ingénito. Antes amábamos por encima de todo el dinero y las propiedades, ahora ponemos en común lo que poseemos y lo compartimos con los necesitados. Antes nos odiábamos y matábamos y no admitíamos en nuestro hogar a extranjeros, por su raza y costumbres, ahora compartimos con ellos mesa y techo… y oramos por quienes nos injurian, esforzándonos para convencerles de que, viviendo según Cristo, compartan con nosotros la esperanza…” (Apología I, 14,2-3)

Vivió bajo una convicción firme: nada de la verdad, la belleza y la bondad del mundo es ajeno a Jesucristo. Él es el centro, la plenitud, del universo y de la historia.

 † Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.