Ante la crisis, miro a Jesucristo

Mons. Carlos Osoro     En el mes de agosto, al recorrer diversos lugares de nuestra Archidiócesis y conocer mejor la historia de nuestros pueblos y ciudades, he seguido pensando en todos vosotros, porque sé de las situaciones por las que algunos estáis pasando y, también, de la preocupación que en todos provocan los problemas que un día y otro aparecen en las vidas de los que están cercanos y en los medios de comunicación social. Todo lo que vivimos me ha hecho ampliar horizontes, pensar con más hondura y no reducir la mirada, ya que el problema que nos afecta es más profundo y debemos de caer en la cuenta de ello.

Al entrar en el horizonte real desde donde se pueden ver los problemas en su profundidad y buscar soluciones valientes, encontré aquellas palabras que el Papa Pablo VI pronunciaba el 24 de octubre de 1964, cuando proclamaba a san Benito patrono de Europa. ¡Qué arco más amplio de planteamientos! Reconocía en san Benito la admirable obra llevada a cabo por el santo a través de la Regla para la formación de la civilización y de la cultura europea, pues en ella –nos decía el Papa– se mostraba al verdadero maestro que enseñaba el arte de vivir el verdadero humanismo. Al mismo tiempo, reconocía que la Europa salida en el siglo XX estaba herida en su profundidad por dos guerras mundiales y por el derrumbe de ideologías que se revelaron como trágicas utopías. Y esto lo decía el Papa, animando a todos a volver a encontrar aquella identidad que hizo de Europa maestra de un humanismo que engrandeció a muchos pueblos. Por ello, decía: “se hace necesario que se ponga en búsqueda de encontrar su propia identidad”.

Y tenemos que reconocer que, en estos últimos tiempos, Europa y, por supuesto, España, han puesto instrumentos necesarios e importantes para crear novedad: instrumentos políticos, económicos y jurídicos… Pero, ¿se ha acentuado con la misma fuerza el suscitar una renovación ética, moral y espiritual que se inspire precisamente en el arte de vivir el verdadero humanismo? Creo sinceramente que no. Es más, creo que se ha abandonado todo lo que suscita una verdadera renovación. Y sin la savia vital, el ser humano queda expuesto al peligro de sucumbir a la antigua tentación, querer redimirse por sí mismo. Cuando esto sucede, como nos decía el Beato Juan Pablo II, se provoca siempre una regresión. De la concepción bíblica del hombre, nuestros pueblos tomaron lo mejor de su cultura humanista, encontraron inspiración para sus creaciones intelectuales y artísticas, elaboraron normas de derecho y, sobre todo, promovieron la dignidad de la persona, fuente de derechos inalienables.

De ahí mi atrevimiento, en esta primera carta de comienzo de curso, de que todos vivamos con certeza clara y apasionada, cómo la Iglesia, en nombre de Jesucristo, tiene que ofrecer a nuestro mundo, (a Europa, a España, a Valencia, que viven y padecen una crisis profunda con raíces más hondas de las que creemos para resolver los problemas), el bien más precioso y que nadie más puede dar, como es la fe en Jesucristo, fuente de la esperanza que no defrauda. Es esencial que la edificación de un pueblo se base siempre en la verdad del hombre, es decir, en la visión antropológica que tiene. Y ésa nos la ha dado y revelado a nosotros Jesucristo. ¿En dónde fijó la mirada Europa para descubrir, vivir y presentar esta verdad? ¿Dónde alcanzó su grandeza, su capacidad de convivencia, su deseo de salir de sí misma, su unidad, su proyecto humanizador? En la contemplación y en la acogida en su vida del Hombre verdadero, Jesucristo hizo humanismo y humanizó. Apoyándose en la afirmación del derecho de cada uno a la vida, desde la concepción hasta la muerte natural; en el reconocimiento del componente espiritual del ser humano, en el que radica su dignidad inalienable; en el respeto de las opciones religiosas de cada uno, en las que se testimonia la apertura a la transcendencia, alcanzó su grandeza e hizo grandes a los hombres y con capacidad creativa para sacar adelante a todos y no sólo a unos pocos.

A menudo parece que vivimos en una contradicción permanente. ¿No os parece una sorpresa el que oigamos hablar en muchas ocasiones de construir una comunidad de valores y que, al mismo tiempo, haya un rechazo con mayor frecuencia de valores universales y absolutos? ¿No es contradictorio que a Dios se le relegue y se le oculte? ¿Desde dónde se hace la ponderación de bienes verdaderos y el discernimiento moral? La crisis que padecemos solamente se logrará superar si promovemos el nuevo humanismo, reconociendo con claridad la existencia de una naturaleza humana y estable, permanente, fuente de derechos comunes a todas las personas, incluidas las mismas que la niegan. Pidamos al Señor que infunda en nosotros un espíritu de valentía, para compartir las eternas verdades salvíficas, que han plasmado y lo seguirán haciendo el progreso social y cultural de un pueblo.

En este curso en el que vamos a vivir el acontecimiento de la celebración en toda la Iglesia del Año de la fe, os invito a contemplar, vivir y anunciar el gran sí que Dios en Jesucristo dio al hombre y a su vida, al amor humano, a su libertad y a nuestra inteligencia. Hagamos que todos los que viven a nuestro alrededor lo perciban, que todos comprendan que el cristianismo es un gran sí, un sí que viene de Dios mismo y que se concreta en la Encarnación del Hijo. Es necesario situar nuestra existencia cristiana dentro de este sí. Solamente de esta manera penetramos profundamente en la alegría y podemos realizar la vida cristiana en todas las fases de nuestra existencia, incluso en las difíciles. Os invito a conocer a Jesucristo, a encontrarlo, a caminar con Él, a identificaros con Él. Nunca se puede conocer a Cristo sólo teóricamente. Con una gran doctrina se puede saber todo sobre las Sagradas Escrituras, sin haberse encontrado jamás con él. Para conocerlo es necesario caminar con Él, tener sus mismos sentimientos, tal y como nos los describe san Pablo: tener el mismo amor, formar una sola alma, estar de acuerdo, no hacer nada por rivalidad y vanagloria, no buscar cada uno sólo sus intereses, sino también los de los demás (cf. Fl 2, 5).

Con gran afecto, os bendice

+ Carlos Osoro

 Arzobispo de Valencia

Card. Carlos Osoro
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Carlos Osoro Sierra fue nombrado arzobispo de Madrid por el Papa Francisco el 28 de agosto de 2014, y tomó posesión el 25 de octubre de ese año. Desde junio de 2016 es ordinario para los fieles católicos orientales residentes en España. El 19 de noviembre de 2016 fue creado cardenal por el Papa Francisco. El prelado nació en Castañeda (Cantabria) el 16 de mayo de 1945. Cursó los estudios de magisterio, pedagogía y matemáticas, y ejerció la docencia hasta su ingreso en el seminario para vocaciones tardías Colegio Mayor El Salvador de Salamanca, en cuya Universidad Pontificia se licenció en Teología y en Filosofía. Fue ordenado sacerdote el 29 de julio de 1973 en Santander, diócesis en la que desarrolló su ministerio sacerdotal. Durante los dos primeros años de sacerdocio trabajó en la pastoral parroquial y la docencia. En 1975 fue nombrado secretario general de Pastoral, delegado de Apostolado Seglar, delegado episcopal de Seminarios y Pastoral Vocacional y vicario general de Pastoral. Un año más tarde, en 1976, se unificaron la Vicaría General de Pastoral y la Administrativo-jurídica y fue nombrado vicario general, cargo en el que permaneció hasta 1993, cuando fue nombrado canónigo de la Santa Iglesia Catedral Basílica de Santander, y un año más tarde, presidente. Además, en 1977 fue nombrado rector del seminario de Monte Corbán (Santander), y ejerció esta misión hasta que fue nombrado obispo. Durante su último año en la diócesis, en 1996, fue también director del centro asociado del Instituto Internacional de Teología a Distancia y director del Instituto Superior de Ciencias Religiosas San Agustín, dependiente del Instituto Internacional y de la Universidad Pontificia de Comillas. El 22 de febrero de 1997 fue nombrado obispo de Orense por el Papa san Juan Pablo II. El 7 de enero de 2002 fue designado arzobispo de Oviedo, de cuya diócesis tomó posesión el 23 de febrero del mismo año. Además, desde el 23 de septiembre de 2006 hasta el 9 de septiembre de 2007, fue el administrador apostólico de Santander. El 8 de enero de 2009, el Papa Benedicto XVI lo nombró arzobispo de Valencia; el 18 de abril de ese año tomó posesión de la archidiócesis, donde permaneció hasta su nombramiento como arzobispo de Madrid en 2014. Tras su participación en la XIV Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, celebrada del 4 al 25 de octubre de 2015 y dedicada a la familia, el 14 de noviembre de ese año, el Papa Francisco lo eligió como uno de los miembros del XIV Consejo Ordinario de la Secretaría General del Sínodo de los Obispos; un organismo permanente que, en colaboración con el Pontífice, tiene como tarea la organización del Sínodo, así como elaboración de los textos y documentación que servirá de base para los estudios de la Asamblea. El 9 de junio de 2016, el Papa Francisco erigió un Ordinariato para los fieles católicos orientales residentes en España, con el fin de proveer su atención religiosa y pastoral, y nombró a monseñor Osoro como su ordinario. El 9 de octubre de 2016, el Papa Francisco anunció un consistorio para la creación de nuevos cardenales de la Iglesia católica, entre los que figuraba monseñor Osoro. El día 19 de noviembre de 2016 recibió la birreta cardenalicia de manos del Sumo Pontífice en el Vaticano. En la Conferencia Episcopal Española (CEE) fue presidente de la Comisión Episcopal del Clero de 1999 a 2002 y de 2003 a 2005; presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar hasta marzo de 2014 (fue miembro de esta Comisión desde 1997) y miembro del Comité Ejecutivo entre 2005 y 2011. Ha sido vicepresidente de la CEE durante el trienio 2014-2017. Ahora pertenece al Comité Ejecutivo como arzobispo de Madrid. Desde noviembre de 2008 es patrono vitalicio de la Fundación Universitaria Española y director de su seminario de Teología.