Creer por testimonio

Mons. Agustí Cortes Serrano

Parece que de hecho, si queremos vivir cualquier virtud, siempre necesitamos testimonios, es decir, el conocimiento de personas como nosotros que la hayan vivido de una manera particular, más o menos llamativa. La razón última de esto es que la virtud nunca es fruto sólo de un razonamiento o de una ilustración especial de la mente, ni resultado sólo de un precepto que nos ordene que hay que practicarla, ni siquiera consecuencia de un discurso convincente, sino que la vivencia de una virtud afecta a toda la persona y a toda la vida; atraviesa y llena todo nuestro ser, incluidos el sentimiento, la voluntad libre… y, podríamos decir, las entrañas mismas de la persona. Es por eso por lo que siempre que hablamos de una virtud no podemos dejar de referirnos a “la conversión” de vida que ella supone: convertidos a la fe, caminamos en esperanza y vivimos la caridad.
Lo sabemos bien por experiencia, cuando nos fijamos en hechos constatables en torno a la virtud de la fe. Alguna vez hemos recibido la petición, formulado por unos padres sinceramente creyentes y preocupados por la increencia del hijo, de que, hablando con él, llegara a “convencerle” de que creyese… Naturalmente, de antemano sabemos que normalmente la conversación sólo ayudará a la escucha y a la clarificación de algunas cosas… a menos que derive hacia las vivencias profundas que motivan su postura y que nuestra intervención vaya acompañada de testimonios concretos de vida de fe. En este caso, no es que se obtenga un resultado positivo automático, que no se dará nunca en el terreno de la transmisión de la fe, pero el diálogo sí que habrá servido para situar al joven en un punto próximo a su posible decisión a favor de la fe.
Es por eso por lo que son tan importantes los testigos de la fe en la vida de la Iglesia. Siempre lo han sido y lo serán. No hace falta repetir aquella afirmación de Pablo VI en la encíclica Evangelii nuntiandi: “el mundo actual demanda y necesita más testigos que maestros”.
Conviene hacer una precisión. Un investigador que estudió el impacto de la figura de Jesús en la cultura occidental, Jaroslav Pelykan, advirtió que en el mundo clásico, en los primeros siglos de nuestra era, se solía proponer al pueblo, y especialmente a los jóvenes el ejemplo de héroes y sabios, a los que emular como prototipos de virtudes cívicas y guerreras. Pero, decía este autor, cuando la Iglesia proponía los ejemplos de los santos, especialmente los mártires, no lo hacía al estilo de los modelos paganos, sino como bienaventurados por su pobreza de espíritu, en los que había triunfado la fuerza del amor de Dios.
En la fe y conversión de San Agustín tuvieron un papel decisivo los testimonios de la conversión del gran filósofo neoplatónico Victorino, del que le habló otro gran maestro, Simpliciano; y el de San Antonio Abad, que por Cristo había abandonado todo y entregado sus bienes a los pobres… ¿Por qué no dejo, se preguntaba el santo, que Cristo sea todo para mí?
Hoy también se nos proponen modelos e ídolos a imitar. Pero nosotros preferimos aquellos que se reconocen pecadores y débiles, y que
– en su pobreza, luchan por creer y mantenerse fieles a Cristo,
– nunca reivindicaron para sí gloria alguna, –
– y siempre remitieron toda alabanza al poder de Dios. Jesucristo no dijo que vino a enseñar la Verdad, sino a ser testigo de la Verdad (Jn 18,37). Esa Verdad, en efecto, no se puede transmitir, sino testificándola.

† Agustí Cortés Soriano

Mons. Agustí Cortés Soriano
Acerca de Mons. Agustí Cortés Soriano 275 Artículos
Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.