Carta pastoral del obispo de Osma Soria sobre el Seminario Menor: Os daré pastores según mi corazón

Mons. Gerardo Melgar

Carta pastoral del obispo de Osma Soria sobre el Seminario Menor

“Os daré pastores según mi corazón, que os apacienten con ciencia y experiencia” (Jer 3, 15)

Introducción

Queridos todos: sacerdotes, religiosos, laicos, familias, padres, niños, adolescentes y jóvenes de esta venerable Diócesis de Osma-Soria. Al comienzo de estas páginas, que redacto con todo mi cariño y amor de Pastor de la Iglesia, quiero exponeros los tres motivos que me han animado a escribirlas.
En primer lugar, la conclusión de las obras de rehabilitación que durante el curso pasado se han llevado a cabo en la zona residencial de los seminaristas menores y que han quedado realmente bien; se trata de unas habitaciones sencillas y funcionales, muy dignas y bonitas donde los seminaristas se van a sentir, con toda seguridad, a gusto.
Un par de años antes de mi consagración como Obispo de la Diócesis se había remodelado la tercera planta del edificio, destinada a Casa de espiritualidad, y que todos conocemos, pues la hemos utilizado en distintas ocasiones los sacerdotes, para ejercicios y convivencias, y otros grupos de religiosos y seglares para reuniones de diverso tipo. Terminada esa remodelación de la tercera planta, se pensó ya en acometer la zona de habitaciones de los seminaristas, pero los recursos económicos del Seminario no permitían en ese momento su realización. Había que esperar a que llegaran tiempos mejores y, sobre todo, a que pasaran unos años y el Seminario estuviera en condiciones de acometer dicha obra, para poder asumir él mismo la mayor parte de los gastos que la obra habría de suponer, sin comprometer en exceso a la economía diocesana. Y así ha sido, con la colaboración de los amigos del Seminario, los donativos recibidos como aportación para la realización de esta obra y los ahorros que el Seminario ha ido reuniendo estos últimos años, junto con la subvención otorgada por la administración diocesana, se ha afrontado dicha obra que ha quedado realmente magnífica y que concluyó al finalizar el curso escolar.
La realización de las obras para mejora de esta parte del Seminario que corresponde al área residencial de los seminaristas, concentrando la actuación en la segunda planta, en un espacio en “L” que se desarrolla alrededor del patio central y lateral, se ha prolongado, como queda dicho, durante todo el curso 2011-2012, pues comenzó en octubre de 2011 y concluyó en junio de 2012. La actuación ha previsto la dotación de 31 habitaciones nuevas, junto con dos áreas de aseos colectivos. La superficie que se ha intervenido ha sido de 862 metros cuadrados y el coste total de la obra ha rondado los 800.000 €.
La remodelación está felizmente terminada y preparada para recibir a los alumnos en los próximos cursos, lo cual debe ser para todos nosotros un estímulo y una razón más, a añadir a las más profundas, para buscar chicos que puedan ser los futuros residentes de esas habitaciones, animar a los padres a que animen a alguno de sus hijos a ingresar como alumno del Seminario y, entre todos, lograr que el Seminario pueda cumplir con su fin prioritario, que es proporcionar a los niños y adolescentes que manifiestan indicios de vocación al sacerdocio, una formación integral adecuada, ofreciéndoles los medios necesarios para su maduración en el crecimiento humano, cristiano y específicamente vocacional.
Una segunda razón que me ha movido a redactar este escrito sobre el Seminario es precisamente el proyecto del que ya informamos hace algunas semanas a toda la Diócesis: la puesta en marcha y el funcionamiento desde este próximo curso 2012-2013 del Preseminario. En efecto, desde octubre en nuestra Diócesis contaremos con dos modos, dirigidos al mismo fin, de búsqueda y promoción de vocaciones al sacerdocio: el Preseminario o seminario en familia y el Seminario propiamente dicho en el que los alumnos se preparan cursando los estudios de ESO y Bachillerato, recibiendo una formación que les ayuda a madurar como personas, como creyentes y a dar pasos, acomodados siempre a su edad, en el discernimiento vocacional.
El Preseminario es un cauce de acompañamiento vocacional que el Seminario Menor de Osma-Soria brinda a aquellos niños, adolescentes y jóvenes, que viven ordinariamente con sus familias y que asisten un fin de semana al mes al Seminario Menor para convivir con los seminaristas menores y plantearse su posible vocación al sacerdocio.
El Señor ha tocado siempre el corazón de los niños; así lo vemos frecuentemente en la Biblia. Como el niño Samuel, hoy son muchos los niños que, estando en sus parroquias como monaguillos, o en sus grupos de catequesis y juveniles, sienten en su interior una inquietud especial por la vida del sacerdote. A estos niños y adolescentes es a quienes van dirigidos los encuentros mensuales del Preseminario.
El Preseminario quiere atender a aquellos chicos que están cursando 5º o 6º de Primaria, ESO o Bachillerato en sus respectivos centros escolares y han manifestado esa incipiente inquietud por la vocación sacerdotal o al menos no descartan planteársela. Para conseguirlo, se ofrece a los muchachos una ayuda para profundizar en su compromiso de fe y unos medios para clarificar su vocación cristiana.
El medio fundamental de esta experiencia lo constituyen los encuentros que con una periodicidad mensual se realizarán en el Seminario. En un clima de convivencia con los seminaristas menores y acompañados por los formadores, estos chicos conocerán de primera mano cómo es la vida en el Seminario Menor y cómo hay muchachos de su misma edad que, sintiendo lo mismo que ellos, han respondido generosamente a la llamada del Señor. En estos encuentros mensuales habrá tiempo para todo: oración, catequesis vocacional, convivencia, juegos y deportes, momentos para reflexionar y compartir en grupos…
Desde la realidad del Preseminario, que pondremos en marcha este curso, renuevo mi llamada y animo a todos, especialmente a los padres que tienen hijos que estudian en esos cursos a los que va dirigido el Preseminario, a que los animen si los ven con alguna inquietud por el sacerdocio para que, con la ayuda de los formadores del Seminario, no se malogre la semilla de la vocación sacerdotal que el Señor haya podido infundir en sus corazones.
Animo, igualmente, a los sacerdotes a que propongáis a esos muchachos que tenéis como monaguillos o en los grupos juveniles a que hagan esta experiencia del Preseminario, que habléis con los padres de esos niños, adolescentes o jóvenes que veis que no rechazan el plantearse la vocación al sacerdocio, y acudan a estas convivencias mensuales del Preseminario, porque seguro les harán mucho bien tanto a nivel humano, como cristiano y vocacional.
Todos conocemos la realidad sacerdotal de nuestra Diócesis y la necesidad de que consideremos la promoción vocacional una parte importante de nuestra tarea pastoral. Una Diócesis con escasez o sequía vocacional es signo de pobreza apostólica y de infecundidad; por el contrario, una Diócesis con abundancia de vocaciones es signo de fecundidad y riqueza pastoral y espiritual.
Nosotros, los sacerdotes, que conocemos lo mucho que la Iglesia y la sociedad necesitan del ministerio sacerdotal, que somos conscientes del mucho bien que un sacerdote puede hacer al hombre de hoy, que estamos convencidos de que la sociedad actual para ser evangelizada necesita de la acción y la entrega del sacerdote, tenemos que ser los primeros interesados y los que más carne en el asador debemos poner para que las vocaciones al sacerdocio vayan creciendo y sean una realidad en nuestra Diócesis. Benedicto XVI en el Ángelus del 13 de junio de 2011, después de la conclusión del Año Sacerdotal, dijo: “El sacerdote es un don del corazón de Cristo: un don para la Iglesia y para el mundo”.
Debemos, tal vez, recuperar el sentimiento de sano orgullo que tenían nuestros sacerdotes de hace unos años cuando lograban llevar muchachos al Seminario, pues en ellos veían a los futuros sacerdotes que los reemplazarían en la tarea sacerdotal cuando ellos ya no pudieran continuar.
Debemos creernos, nosotros los primeros, el problema de la falta de vocaciones y trabajar por su promoción, cada uno donde se encuentre desarrollando su misión pastoral, buscando chicos, animando a padres y viviendo gozosamente el sacerdocio; en efecto, nuestra vida ha de ser un testimonio que anime a los muchachos a querer ser sacerdotes porque nos vean amables, generosos, espirituales, acogedores, preocupados siempre por los demás. En definitiva, que vean que merece la pena vivir con la alegría con la que vivimos nosotros nuestro sacerdocio y toda la tarea y misión sacerdotales.
Una tercera razón que me ha movido a redactar esta carta es expresar a toda la Diócesis de Osma-Soria mi convencimiento personal y el de la Iglesia sobre el Seminario Menor como cauce importante e institución válida hoy para el cultivo de los gérmenes de vocación sacerdotal de los niños, adolescentes y jóvenes. Por ello, deseo solicitar de las familias cristianas y de los sacerdotes que renueven el interés por la búsqueda y animación de aquellos niños, adolescentes y jóvenes que puedan tener estos gérmenes vocacionales, para que vayan al Seminario y que esos gérmenes puedan convertirse un día en una realidad vocacional con la formación específica del Seminario y el acompañamiento de los sacerdotes y las familias.
Hoy estamos asistiendo a una realidad sintomática en referencia al Seminario y a las vocaciones sacerdotales: aquellas Diócesis en las que el Seminario Menor había desaparecido o se había transformado en un colegio más, están intentando su restauración partiendo de cero. En aquellas otras, como la nuestra, en que el Seminario Menor se ha mantenido, debemos empeñarnos como Diócesis en tener una actitud de búsqueda de muchachos con germen de vocación sacerdotal, animando a las familias a orientar a sus hijos a cursar sus estudios como alumnos del Seminario Menor diocesano.
El interés de la mayoría de las Diócesis por mantener o instaurar de nuevo el Seminario Menor tiene su fundamento y se alimenta en el convencimiento de que éste sigue siendo, aun contando con todas sus limitaciones, el lugar propicio y la institución más válida para el cultivo de la vocación sacerdotal de los seminaristas menores para que, concluido el periodo de formación con el bachillerato, puedan ser recibidos en el Seminario Mayor y seguir recibiendo así una eficaz ayuda en el discernimiento de su vocación sacerdotal.
I
El Seminario Menor ha sido y sigue siendo hoy una institución válida y valiosa para el cultivo de las vocaciones sacerdotales

Ésta ha sido y sigue siendo una convicción profunda de la Iglesia que ha defendido y sigue defendiendo el Seminario Menor como institución válida y valiosa para el cultivo de las vocaciones sacerdotales. En efecto, el cultivo y promoción de las vocaciones sacerdotales en nuestra Diócesis es algo necesario y urgente si queremos que en un futuro próximo nuevos sacerdotes tomen el testigo de los sacerdotes actuales, que dentro de unos años ya no podrán prestar su servicio pastoral en las comunidades cristianas por su avanzada edad, deterioro físico o por haber llegado al final de sus días.
Al servicio de esta promoción vocacional hemos de apostar por el Seminario Menor, como esa institución válida y valiosa a la que confiar a los niños, adolescentes y jóvenes con algún germen vocacional por pequeño que sea, para que desde la formación humana, espiritual y vocacional encuentren en el Seminario la ayuda que necesitan para avanzar y madurar en esta triple faceta: como personas, como creyentes y como posibles vocacionados al ministerio ordenado.
El beato Juan Pablo II escribió en la Exhortación apostólica postsinodal Pastores dabo vobis: “La identidad profunda del seminario es ser, a su manera, una continuación en la Iglesia de la íntima comunidad apostólica formada en torno a Jesús, en la escucha de su Palabra, en camino hacia la experiencia de la Pascua, a la espera del don del Espíritu para la misión. Esta identidad constituye el ideal formativo que -en las muy diversas formas y múltiples vicisitudes que como institución humana ha tenido en la historia- estimula al seminario a encontrar su realización concreta, fiel a los valores evangélicos en los que se inspira y capaz de responder a las situaciones y necesidades de los tiempos” (PDV 60,c). Benedicto XVI señala en su “Carta a los seminaristas”, fechada el 18 de octubre de 2010: “El seminario es una comunidad en camino hacia el servicio sacerdotal”.
El Concilio Vaticano II, en el Decreto sobre la formación sacerdotal, se expresa claramente sobre la institución del Seminario Menor diciendo: “En los Seminarios Menores, erigidos para cultivar los gérmenes de la vocación, los alumnos se han de preparar por una formación religiosa peculiar, sobre todo por una dirección espiritual conveniente, para seguir a Cristo Redentor con generosidad de alma y pureza de corazón. Su género de vida bajo la dirección paternal de los superiores con la oportuna cooperación de los padres, sea la que conviene a la edad, espíritu y evolución de los adolescentes y conforme en su totalidad a las normas de la sana psicología, sin olvidar la adecuada experiencia segura de las cosas humanas y la relación con la propia familia” (Optatam totius, 3).
Con esta claridad el Concilio Vaticano II deja bien sentado que el Seminario Menor es esa institución válida hoy para la formación sacerdotal por su indudable idoneidad y por sus resultados, pues permite que los adolescentes lleven una vida conveniente a su edad, espíritu y evolución, cuidando, como dice el Decreto conciliar, las indicaciones de la sana psicología, la experiencia humana de los alumnos y el trato con las familias.
Por su parte, la Conferencia episcopal española, tomando como base las orientaciones del Concilio Vaticano II y los principios que establece la Congregación para la Educación Católica, elaboró el Plan de formación para los seminarios menores en 1991 en el que se ofrece una definición clara de lo que es y está llamado a ser el Seminario Menor. En efecto, en este Plan se nos ofrece un concepto muy claro sobre lo que es el Seminario definiéndolo como “comunidad educativa diocesana, erigida por el Obispo, según las normas de la Santa Sede, para cultivar los gérmenes de vocación sacerdotal de quienes en edad temprana presentan indicios de la misma y se inclinan por el sacerdocio diocesano secular” (PFSM, 6). En el nº 7 se dice también: “Se considera igualmente Seminario Menor aquel en que los alumnos viven internos siguiendo el Plan de Formación establecido y acuden a otros centros educativos de la Iglesia o del estado para cursar las enseñanzas académicas”.
En los últimos años, nuestro Seminario Menor se ha visto obligado a ofrecer solamente los estudios de ESO, dado que son pocos los alumnos que desean continuar con el Bachillerato; los muchachos que deciden seguir, sin perder su condición de seminaristas, realizan sus estudios en el instituto de El Burgo de Osma. Ahora bien, y dicho esto con el debido respeto, el ambiente que actualmente reina en general en los institutos públicos, no es ni mucho menos, el más apropiado para el crecimiento ni humano, ni espiritual, ni vocacional de los alumnos de bachillerato del Seminario Menor. En dichos centros no existe valoración alguna de la vocación sacerdotal y, por lo mismo, todo este ambiente termina haciendo daño a los seminaristas en su discernimiento vocacional. Ante esta dificultad, hemos optado por enviar este año por primera vez, y seguiremos haciéndolo siempre que sea necesario, a los alumnos a realizar los cursos de bachillerato al Seminario de Burgos, junto con los seminaristas de Burgos y de La Rioja.

II
La especificidad del programa de formación del Seminario Menor

Cuatro son los objetivos que el Plan de formación de los Seminarios Menores establece como programa de formación:
a.- Proporcionar a los alumnos una formación que les ayude y disponga a seguir a Cristo Pastor con espíritu de generosidad y pureza de intención.
b.- Acompañarles con los medios necesarios en su maduración humana, cristiana y vocacional.
c.- Ayudarles a ir planteándose e ir haciendo un discernimiento de la propia vocación antes de su opción de ingreso en el Seminario Mayor.
d.- Formar jóvenes idóneos para que puedan hacer su entrada en el Seminario Mayor con responsabilidad.
Se pide en el Plan que en el Seminario Menor, siempre acomodándose a la edad de los alumnos, se desarrolle una auténtica formación cristiana, que se les acompañe para ir logrando en ellos una maduración humana, cristiana y vocacional, que se les vaya capacitando para hacer un discernimiento vocacional de tal manera que, a su debido tiempo, puedan hacer una opción seria y responsable de pasar al Seminario Mayor.
Nuestro Seminario Menor diocesano de Santo Domingo de El Burgo de Osma y el Proyecto educativo que en él trata de aplicar el equipo de formadores con los actuales alumnos responde perfectamente a los postulados del Plan de los Seminarios Menores de la Conferencia Episcopal Española.
En el plano formativo se trata de ayudar a los alumnos a madurar humanamente de manera que vayan creciendo progresivamente en la libertad y responsabilidad a todos los niveles: estudio, capacidad de convivir con los demás, educación en formas y estilo humano.
Se debe dar la importancia que tiene al cultivo y vivencia de lo religioso en orden a su maduración espiritual, de tal manera que el adolescente pueda ir descubriendo progresivamente la persona de Jesús, de tal manera que perciba que, por lo específico de su formación, el Seminario Menor no es un colegio más, sino que la formación en el seguimiento de Jesús es algo con un peso específico en su proceso formativo.
Para ello, junto a todas aquellas actividades orientadas a ayudar a los seminaristas en su crecimiento humano, aceptarán y vivirán de buen grado cuanto va orientado a crecer y madurar como seguidores y discípulos de Jesús: la Eucaristía diaria, los momentos de oración, el retiro espiritual mensual, etc.
Otro de los objetivos a cultivar con gran esmero en el Proyecto educativo de nuestro Seminario Menor es que los alumnos de manera progresiva, y partiendo y teniendo en cuenta su edad, vayan dando pasos en su planteamiento vocacional y sean capaces de ir descubriendo el verdadero camino por el que Dios les llama, y de responderle con generosidad, siendo consecuentes con lo que van descubriendo y ayudados siempre por el acompañamiento del director espiritual, que en este aspecto va a jugar un papel importante e imprescindible.
Desde estos objetivos, al finalizar cada curso, se hará una selección de los alumnos y se orientará a seguir en el Seminario en el curso siguiente a aquellos muchachos con ganas de seguir discerniendo su vocación porque no hayan desechado la posibilidad de ser sacerdotes, y a otros se les deberá orientar a seguir otro camino porque tienen claro que no quieren ser sacerdotes; en efecto, a estas edades la mayoría aún no saben lo que quieren, pero algunos sí saben lo que no quieren y frecuentemente lo que no quieren es ser sacerdotes y por lo tanto su sitio no es el Seminario.
Tengo que decir, en honor a la verdad, que como Obispo de la Diócesis y responsable último del Seminario Diocesano, estoy muy de acuerdo con el planteamiento educativo y vocacional que el equipo de formadores desarrolla en el mismo, porque considero que está muy centrado en lo que debe ser, pues no olvida ninguno de los aspectos fundamentales que desde el Plan de formación de Seminario Menores se pide, dando importancia a los aspectos que deben ser importantes, sin quemar etapas, sino ofertando y exigiendo los diversos aspectos formativos siempre acomodados a la edad de los muchachos, pero exigiendo desde su edad un progreso en su maduración humana, cristiana y vocacional.

III
Importancia de los sacerdotes, religiosos y laicos en lapromoción vocacional

Ni que decir tiene que la tarea de la promoción vocacional es una tarea de toda la Iglesia y, referido a nuestra Diócesis, la tarea y la responsabilidad es de todos los que la formamos, sacerdotes, religiosos y laicos, no sólo de los formadores del Seminario como si la promoción de las vocaciones sacerdotales fuera una tarea que tienen que mantener y sacar adelante solamente ellos.
Durante bastante tiempo hemos mantenido en la Iglesia, especialmente los sacerdotes, una especie de “complejo vocacional” a la hora de proponer explícitamente la vocación sacerdotal a adolescentes y jóvenes. Con cierta frecuencia, tampoco los laicos han sido sensibles al delicado asunto de la promoción de las vocaciones al sacerdocio, pensando quizás que no llegaría el día en que, por la sequía vocacional, muchas parroquias se verían privadas de la presencia continuada del sacerdote.
Es verdad que hemos hablado de la vocación en general, de la vocación cristiana, que sin duda ninguna es la más importante, base y fundamento de todas las vocaciones específicas, pero casi siempre que hemos hablado de la vocación lo hemos hecho de forma difuminada, quizás para que nadie se sintiera molesto ni especialmente interpelado.
Hoy, en primer lugar, gracias a Dios y también desde la situación de sequía vocacional que estamos atravesando en nuestra Diócesis, yo creo que nos vamos convenciendo de que tenemos que hacer la propuesta explícita y plantear al adolescente y al joven abierta y llanamente la posibilidad de que el Señor pueda estar llamándolo a ser sacerdote como camino de felicidad para él, como la vocación en la que realmente puede ser feliz y sentirse realizado en sus anhelos y aspiraciones más profundas, y como camino por el que Dios sigue llamando a entregar la vida al servicio de Dios y de los hermanos.
Tenemos que tener muy presente que la vocación al sacerdocio es una de las vocaciones de especial consagración y que por lo mismo requiere también un cultivo especial por parte de la comunidad cristiana, de los sacerdotes, religiosos y laicos. La ambigüedad en el planteamiento vocacional produce siempre en el adolescente y joven desorientación y perplejidad.
Esta realidad nos está pidiendo la presentación clara y sin ambigüedades del ministerio sacerdotal en la Iglesia, con su fundamento cristológico y eclesiológico, como un ministerio que entra de lleno en el designio de Dios para la salvación universal de todos los hombres y que los hombres necesitan para orientar sus vidas hacia Dios, poder encontrarse con Cristo, ser sus discípulos y permanecer fieles a su misión y a su llamada.
En una Diócesis la riqueza de vocaciones sacerdotales es signo de su vitalidad, de su fortaleza y de su fecundidad, mientras que la falta de vocaciones sacerdotales suele ser signo de falta de ardor en la vida de fe que trae como resultado escasos frutos vocacionales.
Toda la comunidad cristiana es responsable de la promoción de las vocaciones sacerdotales entre sus niños, adolescentes y jóvenes, pero dentro de ella tienen una importancia y una responsabilidad especiales tres sectores o colectivos:

La familia
El Concilio Vaticano II en el Decreto Optatam totius sobre la formación sacerdotal destaca de manera especial la tarea inestimable de las familias cuando dice: “Toda la comunidad cristiana tiene el deber de fomentar las vocaciones, y debe procurarlo, ante todo, con una vida plenamente cristiana; para ello ayudarán muchísimo tanto las familias que, animadas por el espíritu de fe, amor y piedad, llegan a constituirse en el primer seminario, como las parroquias llenas de vida en las que toman parte los adolescentes” (OT, 2).
La familia tiene una importancia capital e imprescindible en el tema de la promoción vocacional. La inmensa mayoría de los que hemos sentido la llamada de Dios a seguir el camino y la vocación del sacerdocio se lo debemos en gran parte a nuestras propias familias. Ellas nos ayudaron a plantearnos y a descubrir que Dios nos podría estar llamando por este camino, notábamos su felicidad cuando íbamos dando pequeños pasos de respuesta al Señor, apoyaron en todo momento nuestra decisión de seguir la vocación sacerdotal, siempre con mucho respeto a la libertad de nuestra decisión personal, pero al mismo tiempo, con su alegría y su aprobación, fueron auténticos animadores en nuestro discernimiento por este camino.
Las familias cristianas hoy deberán reflexionar sobre cómo ayudar a sus hijos en el planteamiento de la vocación sacerdotal como un camino por donde Dios sigue llamando y por el que los hijos pueden ser felices entregándose al servicio del Señor y de su Iglesia.
Gracias a Dios, sigue habiendo hoy familias y padres cristianos que, pertenecientes o no a algún Movimiento apostólico, a un nuevo Movimiento, o a Movimientos familiares de diverso tipo, valoran mucho la labor del sacerdote que está cerca de ellos y de su Movimiento y que les acompaña y les ayuda, y que sentirían una gran alegría si un hijo suyo descubriera que Dios le llama por ese camino y decidiese seguirlo. Pero no faltan tampoco padres cristianos, pertenecientes o no a estos mismos Movimientos, que, aún teniendo esa misma rica valoración del sacerdote y de su tarea, sin embargo, a la hora de orientar a sus hijos en el discernimiento vocacional, lo hacen por cualquier otro camino y sobre todo por los más “rentables”, pero nunca por el camino de la vocación sacerdotal; es más, en algunos casos se llevarían un disgusto si uno de sus hijos optara por este camino de la vocación al sacerdocio, lo cual no deja de ser paradójico.
Los padres cristianos están especialmente llamados por el Señor a crear en sus familias el clima propicio para que sus hijos puedan crecer armónicamente como personas y como cristianos y para que puedan escuchar y responder a la llamada de Dios a orientar sus vidas por el camino de la vocación sacerdotal. Han de esforzarse en hacer de su hogar un lugar privilegiado desde donde se pueda escuchar la voz de Dios que llama y desde donde se reciba la ayuda y el ánimo que se necesitan siempre para responder gozosa y positivamente al Señor por el camino por el que Él llama.

Maestros, profesores, catequistas, movimientos juveniles católicos

Estos son otros colectivos con una responsabilidad particular y especial en la tarea de la promoción vocacional sacerdotal. Todos ellos deben tener muy presente la importante misión que tienen para llevar a cabo en el ámbito de la enseñanza y de la educación cristiana de adolescentes y jóvenes: la propuesta vocacional al sacerdocio, ayudando a los muchachos a hacer un discernimiento sincero y responsable y estimulándoles a responder positivamente si se sienten llamados por este camino. Así lo expresa el Decreto Optatam totius: “Los maestros y todos los que de alguna manera se ocupan de la formación de los jóvenes, sobre todo las asociaciones católicas, han de educar a los adolescentes a ellos confiados de tal manera que puedan descubrir y seguir gustosos la llamada de Dios” (OT, 2).
De ahí que todos los que se ocupan de la formación de los adolescentes y jóvenes deben preguntarse y revisar en qué medida están presentes los temas vocacionales tanto en la preparación para recibir el sacramento de la Confirmación, como en la formación que se imparte en los distintos Movimientos y Asociaciones juveniles; sin duda, se trata de algo necesario para ayudar a los jóvenes en el planteamiento, discernimiento y respuesta vocacional.

Los sacerdotes

Especial mención en la tarea de promoción vocacional al sacerdocio entre los niños, adolescentes y jóvenes, tenemos que hacer de los sacerdotes, pues somos particularmente responsables de la búsqueda, la animación al seguimiento de la vocación sacerdotal y la animación al ingreso en el Seminario entre los muchachos de nuestras parroquias y siempre en contacto directo con ellos y sus familias.
El Decreto conciliar Optatam totius en el número 2 habla expresamente de la responsabilidad de los sacerdotes en esta tarea de la promoción vocacional: “Todos los sacerdotes deben mostrar el mayor fervor apostólico posible en la promoción de las vocaciones y atraer el espíritu de los adolescentes y jóvenes hacia el sacerdocio por medio de una vida humilde, trabajadora, llena de alegría y con amor sacerdotal mutuo y colaboración fraterna en el trabajo” (OT, 2).
Este texto pide a los sacerdotes dos cosas muy importantes en la promoción de las vocaciones sacerdotales:
1.- Mostrar el mayor fervor posible en la promoción de las vocaciones. Esto supone inquietud por buscar adolescentes y jóvenes a los que hacer la propuesta vocacional, es decir, conocer, tener trato con ellos, para descubrir a quiénes se les puede hacer la propuesta de la vocación sacerdotal. Esto supone que debemos hacer la propuesta abierta y claramente y sin complejos de que nos vayan a rechazar, para que ellos puedan pensárselo y responder. Para hacer esta propuesta debemos actuar sin miedos a que nos respondan negativamente. El “no”, como suele decirse, ya lo tenemos, pero ¿y si se lo proponemos, lo piensan detenidamente y responden afirmativamente? Es claro que si nunca damos el paso de hacer la propuesta, nunca habrá una respuesta afirmativa.
2.- Atraer el espíritu de los adolescentes y jóvenes hacia el sacerdocio con nuestro testimonio de vida sacerdotal. Una vida sacerdotal entregada y vivida con verdadera alegría, dando signos claros de unión, de amor fraterno y de que somos capaces de colaborar en la tarea común, es sin duda la mejor catequesis que puede animar y atraer a un adolescente o joven a seguir la vocación sacerdotal.
Por el contrario, una vida sacerdotal vivida de cualquier forma, sin alegría, fomentando divisiones entre los sacerdotes, apareciendo como unas personas infelices, dando muestras de que llevamos la vida sacerdotal sin ilusión, como un fardo pesado que han cargado en nuestras espaldas, es algo que desanima y desilusiona al adolescente y al joven de cara a entregar su vida por el camino del sacerdocio, porque se dicen a sí mismos, en buena lógica, que para vivir así el sacerdocio no merece la pena.
Somos los sacerdotes los primeros que tenemos que tener una valoración positiva y una alta estima de nuestro sacerdocio. Es también la comunidad cristiana la que debe tener una alta estima de la identidad, la labor y la tarea del sacerdote y del ministerio sacerdotal. En dicha estima, por parte del sacerdote mismo y de la comunidad cristiana, encontrará el adolescente y el joven un ulterior motivo y muy importante añadido al de la llamada interior que siente por parte de Dios a seguir la vocación sacerdotal.
Cuando una comunidad cristiana valora y ama de verdad el don de Cristo a la Iglesia que es el ministerio sacerdotal, no puede haber lugar para el descrédito del mismo, ni para reducir el ministerio sacerdotal al sacerdocio común de los fieles, sino que la lleva a valorar en su autentica medida el ministerio ordenado. El sacerdocio, instituido por Cristo, debe ser algo que la comunidad valore, lo cual será un motivo de más para que el joven encuentre sentido al planteamiento de su vocación como entrega a Dios y a la comunidad cristiana que lo necesita como sacerdote.
Esta realidad nos plantea dos interrogantes importantes: uno para el sacerdote, sobre si su testimonio de vida es capaz o no de animar a adolescentes y jóvenes a plantearse el seguimiento de la vocación sacerdotal; otro para la comunidad cristiana, sobre su valoración del ministerio sacerdotal y la necesidad del mismo en la comunidad, y si la imagen que transmitimos es algo que puede animar o desanimar a quien pueda plantearse su vocación por ese camino.

Conclusión
El Seminario y la promoción de las vocaciones sacerdotales, tarea de todos

Es clara la sequía vocacional que estamos atravesando en la Iglesia en general y de manera particular en nuestra propia Diócesis de Osma-Soria. Dicha sequía vocacional no se soluciona inhibiéndose de la responsabilidad que le corresponde a cada cual.
A veces podemos dar la impresión de que la promoción de las vocaciones sacerdotales y la búsqueda y animación de los adolescentes, jóvenes y sus familias es una tarea que deben cuidar, mantener y hacer rendir los formadores del Seminario, sean estos los que sean, como algo propio y exclusivo de ellos, y que los demás podemos permitirnos sólo el lujo de lamentarnos, o de echarles la culpa a ellos de la falta de candidatos. Los formadores y profesores que colaboran en este importantísimo ministerio merecen nuestro reconocimiento agradecido y nuestra renovada confianza. De manera creativa debemos hacer lo necesario para que en nuestro Seminario haya cada día un número mayor de alumnos que puedan encontrar el ámbito más propicio para plantearse la vocación al sacerdocio. Todos tenemos una responsabilidad de la que tendremos que dar cuentas ante el Señor y ante la historia de nuestra Iglesia diocesana.
Otras veces podemos dar la impresión de no creernos la necesidad de trabajar y poner toda la carne en el asador para que surjan vocaciones porque en el fondo no consideramos que falten vocaciones en nuestra Diócesis.
Las vocaciones al sacerdocio son absolutamente necesarias en la comunidad cristiana, la tarea de los sacerdotes a favor de la evangelización del mundo es imprescindible hoy y siempre, porque así lo ha querido el Señor y si esto es así, todos debemos sentirnos responsables de la situación vocacional de nuestro tiempo que es éste que estamos viviendo y en el cual faltan vocaciones al ministerio ordenado. Todos, obispo, sacerdotes, religiosos y laicos, debemos poner lo que esté en nuestra mano para que dicha situación mejore y siga habiendo jóvenes que sientan la llamada de Dios por ese camino, porque Dios sigue llamando hoy lo mismo que lo hizo en otros momentos de la historia a jóvenes generosos que, animados por la comunidad cristiana, dieron su sí generoso al Señor.
Es verdad que es Dios quien llama y que las vocaciones son cosa de Dios, pero Dios quiere que las pidamos: “Rogad al dueño de la mies que mande obreros a su mies”. Dios quiere que las busquemos y las promovamos porque Él llama a través de acontecimientos, de otras personas, a través nuestro, con nuestra valoración de las mismas como un verdadero don suyo para la Iglesia y para la salvación de los hombres.
Tenemos que estar convencidos de que el Seminario Menor no lo es todo, pero sí es la fuente principal de vocaciones sacerdotales y por lo mismo nos debe preocupar la búsqueda y el envío de nuevo alumnos a este Centro de formación vocacional.
Es verdad que, como decía anteriormente, ésta es una tarea de todos los que componemos la Iglesia pero lo es de forma especial de los sacerdotes. Los sacerdotes somos los que conocemos mejor lo que es y lo que exige ser alumno del Seminario Menor, conocemos muy bien a los niños, adolescentes y jóvenes y las familias a las que pertenecen y el clima cristiano en el que se mueven las mismas, porque son niños, adolescentes, jóvenes y familias de nuestras parroquias.
Somos nosotros los que debemos, de manera especialmente significativa, empeñarnos en buscar entre ellos muchachos que posean ciertas cualidades que los hagan buenos candidatos para entrar en el Seminario. La presentación de los chicos por parte del sacerdote es para el Seminario y para la Diócesis una garantía de que en ellos hay alguna posibilidad de germen vocacional, porque nosotros sabemos de qué familias proceden, cómo son los chicos y las posibilidades que pueden tener de descubrir, discernir y seguir una vocación sacerdotal.
No es lo mismo que un chico ingrese en el Seminario Menor porque a sus padres les ha contado otra familia que allí estudian más y están más “sujetos” y nada más, que si ingresa llevado por el sacerdote, que tiene otros criterios de discernimiento y animación. El sacerdote debe valorar si los candidatos son chicos buenos, con un ambiente familiar sano y creyente, cercano a la parroquia, que no desecha la vocación sacerdotal, y si será capaz de aprovechar todos los aspectos humano, espiritual y vocacional que se le van a inculcar desde la formación del Seminario Menor.
Queridas familias cristianas: animad a plantearse la vida a vuestros hijos por este camino, porque seguro que van a ser muy felices si es ésa la senda por la que Dios les llama y ellos responden positivamente.
Queridos sacerdotes: pongamos de nuestra parte todo cuanto sea necesario para buscar y animar a adolescentes y jóvenes por el camino del sacerdocio. Hablemos con las familias de la posibilidad de que alguno de sus hijos, adornado de ciertas cualidades, pueda responder al Señor por el camino del sacerdocio. Sintamos una vez más el mismo orgullo sano de tantos sacerdotes preocupados por las vocaciones que llevaron tantos chicos al Seminario y algunos de ellos son actualmente sacerdotes, porque la mies sigue siendo abundante y los obreros cada vez menos.
Queridos diocesanos todos: Dios sigue llamando hoy como siempre a niños, adolescentes y jóvenes por el camino del sacerdocio, pero necesitan nuestro apoyo y nuestro ánimo.
Sintamos todos el Seminario como algo muy nuestro y continuemos trabajando para que siga siendo fuente de vocaciones sacerdotales y podamos seguir teniendo en la Diócesis quienes tomen el testigo de aquellos sacerdotes que han entregado su vida y siguen desgastándose por hacer presente a Cristo en el mundo, aquellos sacerdotes que un día nos dejaron y se fueron a la casa del Padre, aquellos sacerdotes ya mayores que necesitan quienes les sustituyan.
El Señor y la Iglesia necesitan jóvenes valientes y generosos para seguir acercando a los hombres a Cristo y Cristo a los hombres. Permitidme que concluya con las palabras del Papa Benedicto XVI al final de su “Carta a los seminaristas” de octubre de 2010: “Queridos seminaristas, con estas líneas he querido mostraros lo mucho que pienso en vosotros, especialmente en estos tiempos difíciles, y lo cerca que os tengo en la oración”.
En El Burgo de Osma, a 8 de agosto de 2012, memoria litúrgica de Santo Domingo de Guzmán, patrón del Seminario Diocesano.

+ Gerardo Melgar Viciosa
Obispo de Osma-Soria

Mons. Gerardo Melgar
Acerca de Mons. Gerardo Melgar 297 Artículos
Mons. Gerardo Melgar Viciosa nació el 24 de Septiembre de 1948 en Cervatos de la Cueza, Provincia y Diócesis de Palencia. Cursó la enseñanza secundaria (años de Humanidades) en el Seminario Menor Diocesano de Carrión de los Condes y los estudios de Filosofía y Teología en el Seminario mayor de San José de Palencia. Fue ordenado sacerdote el 20 de Junio de 1973 por el entonces Obispo de la sede palentina, Mons. Anastasio Granados García. Fue nombrado Párroco -de 1973 a 1974- al servicio de las parroquias de Vañes, Celeda de Roblecedo, San Felices de Castillería, Herreruela de Castillería y Polentinos. Al terminar ese curso pastoral, fue enviado a Roma, donde estudió Teología en la Universidad Gregoriana, licenciándose en Teología Fundamental el 14 de junio de 1976. A su regreso a Palencia fue nombrado Coadjutor de la parroquia de San Lázaro de la capital palentina durante un año. En 1977, y hasta 1982, desempeñó el cargo de Formador y Profesor del Seminario Menor Diocesano en Carrión de los Condes, del que sería, más tarde, Rector (1982-1987). En 1983 fue nombrado miembro del equipo de Pastoral Vocacional de la Delegación Diocesana de Pastoral Juvenil y Vocacional. Al dejar el Seminario de Carrión de los Condes fue destinado, como Vicario Parroquial, a la Parroquia de San José de Palencia durante seis años (de 1987 a 1993). En 1993 fue elegido por Mons. Ricardo Blázquez Pérez para desempeñar el oficio de Vicario Episcopal de Pastoral de la Diócesis palentina, cargo en el que permanecería hasta 1998. También durante diez años (de 1995 a 2005), fue Párroco solidario de la Parroquia de San José Obrero y Coordinador de la Cura pastoral de la misma, miembro del Colegio Diocesano de Consultores (1995-2000) y vocal, por designación del Sr. Obispo, del Consejo Presbiteral Diocesano (2001-2005). En el año 2000 fue nombrado Delegado Diocesano de Pastoral Familiar hasta que, en 2005, Mons. Rafael Palmero Ramos lo eligió para desempeñar el cargo de Vicario General de la Diócesis. De 2004 a 2005 fue, además, confesor ordinario del Seminario Menor Diocesano “San Juan de Ávila” así como, de 2005 a 2008, miembro del Colegio de Consultores de la Diócesis y Profesor de Teología del Matrimonio en el Instituto Teológico del Seminario Mayor de San José (2007). En enero de 2006, y hasta septiembre de 2007, durante el periodo de sede vacante producida por el traslado de Mons. Rafael Palmero Ramos a la Diócesis de Orihuela-Alicante, fue nombrado por la Santa Sede Administrador Apostólico de la Diócesis de Palencia. El 1 de Mayo de 2008, momento en el que desempeñaba el cargo de Vicario General de la Diócesis de Palencia y era el Capellán del Noviciado de las Hermanitas de los Ancianos Desamparados, se hizo público su nombramiento como Obispo de Osma-Soria. El 6 de Julio de 2008 recibió de manos del entonces Nuncio Apostólico de Su Santidad en España, Mons. Manuel Monteiro de Castro, la ordenación episcopal y tomó posesión canónica de la Diócesis oxomense-soriana. Ha publicado varios libros sobre el matrimonio y la familia: “Juntos cuidamos nuestro amor. Convivencias para matrimonios jóvenes”, “Madurando como Matrimonio y como Familia”, “Nos formamos como padres para educar en valores a nuestros hijos” y “Llenos de ilusión preparamos nuestro futuro como matrimonio y familia”, además de múltiples artículos y materiales de trabajo sobre la familia y la pastoral familiar. De su Magisterio episcopal, pueden destacarse las siguientes Cartas pastorales: “Sacerdotes de Jesucristo en el aquí y el ahora de nuestra historia” (2009) con motivo del Año sacerdotal, “Juan de Palafox y Mendoza. Un modelo de fe para el creyente del siglo XXI” (2010), con motivo de la beatificació, “La nueva evangelización y la familia” (2011), “Carta pastoral sobre el Seminario diocesano” (2012), “Itinerario para la evangelización de la familia” (2013), Carta pastoral “Después de la Misión diocesana Despertar a la fe” (2014). Además, ha publicado otros escritos: “La Pastoral Familiar, un proceso continuo de acompañamiento a la familia” (2009), “Los grupos parroquiales de matrimonios jóvenes” (2010), “Unidades de Acción Pastoral. Instrumentos de comunión al servicio de la evangelización” (2010). El 8 de abril de 2016, el papa Francisco lo nombró obispo de Ciudad Real, en sustitución de Antonio Ángel Algora, que renunció por edad. El 21 de mayo del mismo año tomó posesión canónica en la catedral de Santa María del Prado.