Amor apasionado a la verdad

Mons. Francisco Gil Hellín

¿Puede construirse una casa, una autopista o un polideportivo sin conocer qué son esas realidades o negando que haya casas, autopistas o polideportivos? Parece obvio que sólo quien admita y sepa qué son cada una de ellas, podrá construir un lugar confortable para vivir, un lugar apto para trabajar y un espacio adecuado para practicar deporte.
Esto que es tan comprensible en los casos señalados, parece que resulta inaplicable cuando hablamos del hombre, de la familia y de la sociedad. Son muchos, en efecto, los que sostienen que no podemos conocer qué son el hombre, la familia y la sociedad. El ala más radical de este planteamiento piensa que no lo podemos conocer por la sencilla razón de que no existe una verdad objetiva de ellos, sino que cada uno de nosotros tiene su modo de enfocarlos y, por tanto, su propia y particular verdad.
Es el caso del relativismo intelectual y moral, propuesto hoy como el ideal de una sociedad avanzada y en vías de superar definitivamente visiones obscurantistas del hombre y del mundo. Algo semejante le ocurre al positivismo, que hace depender la verdad del hombre, de la familia y de la sociedad de los pactos, consensos y mayorías. Por estas sendas hemos llegado a situaciones que rebobinan la historia hacia etapas que parecían completamente superadas. La más sangrante es, quizás, la del aborto, que, al margen de todos los eufemismos lingüísticos que se usen, no dejará nunca de ser la destrucción de un inocente y de un ser situado en las más altas cotas de indefensión. Pero no es la única. Por la vía del relativismo y del positivismo hemos dejado de formularnos los grandes porqués que se han hecho los pensadores de todos los tiempos: ¿qué sentido tiene la vida del hombre en la tierra?, ¿por qué trabajar?, ¿por qué sufrir?, ¿qué hay después de la muerte?
Pero esas preguntas no dejan de existir por el hecho de que no nos interroguemos por ellas. Al contrario, se agudizan y, al no encontrar el cauce debido, desembocan en el suicidio, en la desesperación, en la angustia vital, en las consultas de los psiquiatras y en las echadoras de cartas.
Urge que la sociedad y cada uno de sus miembros retomemos el camino de hombres tan eminentes como Aristóteles, san Agustín, Cervantes, Pascal, P. Claudel, E. Stein y todos los que componen esa lista casi interminable de investigadores de todo tipo. Ese camino es el de la convicción firme de que existe la verdad y que es alcanzable con constancia y esfuerzo. El relativismo y el positivismo ya han demostrado con creces que no son el horizonte al que ha de encaminarse una persona y una sociedad realmente progresista.
Esto aparece con especial fuerza en el campo de las relaciones internacionales, nacionales, institucionales y personales. Cuando no se admite la verdad, se abren paso la mentira sistemática por conveniencia, el engaño mientras no sea descubierto, la deslealtad en el cumplimiento de los pactos, la infidelidad en los compromisos asumidos y un largo etcétera. La corrupción que actualmente estamos padeciendo hunde sus raíces, en buena medida, en la falta de amor a la verdad. Cuando no se actúa conforme a una norma que es anterior y está por encima de las leyes de los Estados, se pueden cometer los mayores crímenes si poseemos una fuerza superior al contrario o sabemos que tales crímenes nunca serán descubiertos.
Si la historia no ha desmentido a Napoleón, que sostenía que para cambiar la sociedad de mañana hay que comenzar educando en ese estilo a los niños de hoy, urge que los educadores, los escritores, los creadores de opinión, los formadores sociales de todo tipo nos planteemos como tarea inaplazable la recuperación del amor a la verdad y la educación en ese espíritu a las nuevas generaciones. Si somos capaces de inculcar en nuestros niños y adolescentes de hoy el amor apasionado a la verdad, podemos estar seguros de que la semilla que ahora plantamos dará una abundante cosecha en el futuro.
Mons. Francisco Gil Hellín
Arzobispo de Burgos

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.