Días de encuentro hay en el verano

Mons. Antonio Algora     Quien domina su cuerpo y su persona se está preparando para descubrir en los demás toda la riqueza que hay en ellos y colaborar con todos en la conquista del bien común. En este tiempo de verano, os invito de nuevo a releer el Catecismo. Hablando de las virtudes cardinales, nos dice en el número1807: “La justicia es la virtud moral que consiste en la constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido. La justicia para con Dios es llamada «la virtud de la religión». Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común. El hombre justo, evocado con frecuencia en las Sagradas Escrituras, se distingue por la rectitud habitual de sus pensamientos y de su conducta con el prójimo.”

“Constante y firme voluntad de dar a Dios y al prójimo lo que les es debido”. Esta expresión supone que, detrás del bien común por conseguir, hay un sujeto capaz de tener constante y firme voluntad. En un mundo en el que todo parece ha de ser provisional, pues lo que vale para hoy no sirve para mañana, suena extraño que los católicos nos planteemos la necesidad de lograr en nosotros esa constante y firme voluntad. Por otro lado, se proclama el triunfo del “pensamiento débil”, se dice que las convicciones profundas atascan el desarrollo de la vida personal y social pues lo que hoy se tiene como cierto mañana deja de serlo, por tanto ¿para qué ha de servir constancia y firmeza?

Presupone el Catecismo, además, que el ser humano es deudor de Dios y del prójimo. Frente a esto, impresiona que una persona concreta, joven madre de familia, te diga frontalmente que su vida no tiene como referencia más que a sí misma, ni Dios ni prójimo. Si me entretengo en dibujar este panorama de algunos de nuestros contemporáneos no es para que nos sintamos los católicos mejores que nadie, sino para advertir de la fractura que hay en esta cultura machaconamente repetida. Ruptura ciertamente en el propio sujeto que no se sabe, que no es consciente de la deuda que tiene contraída con Dios y con el prójimo. Pero ¿es cierto que se puede vivir como si Dios no existiera y paralelamente como si no existieran los demás?

No es mi propósito hacer consideraciones sin más, sino ver de aprovechar los días de verano, que parecen más relajados de las obligaciones que nos atan a diario, para plantearnos con honestidad nuestras relaciones con Dios y con el prójimo, con los más próximos. En principio, el Catecismo nos hace un planteamiento, el de tener constante y firme voluntad. Parece, pues, que no se pueden dejar las cosas al “me apetece” o al “me cae bien”. La cosa exige una disciplina -palabra que viene de discípulo- de persona que se plantea en la vida un seguimiento, un horizonte, un objetivo y aplica toda su vitalidad a tratar de conseguirlo. Efectivamente, son unas relaciones que son de justicia: con Dios y con el prójimo, y, en justicia, no vale ignorar la ley o no cumplirla.

La precisión del Catecismo nos debe ayudar a hacernos el planteamiento correcto, por eso nos dice: “La justicia para con Dios es llamada «la virtud de la religión». Para con los hombres, la justicia dispone a respetar los derechos de cada uno y a establecer en las relaciones humanas la armonía que promueve la equidad respecto a las personas y al bien común” Aprovechar el verano para descubrir de nuevo a Dios y a los demás no debe ser un ejercicio difícil pues bastará abrir mente, corazón y manos a lo que sucede a nuestro alrededor, a los “encuentros” que se suceden: Las fiestas del Pueblo que llevan dentro Misa y mesa, Dios y prójimo. Pongamos en ello voluntad.

Vuestro obispo,

+ Antonio Algora

Obispo de Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
Acerca de Mons. Antonio Algora 193 Artículos
D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid. El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe. Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid. El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid. El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año. Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.