Símbolos religiosos: Los Óleos (y II)

Mons. Juan José Omella     Con su unción, se recibe la fuerza para luchar contra las fuerzas del mal. Los atletas, en la antigüedad, fortificaban sus miembros con aceite y, si sus enemigos pretendían agarrarlos, se deslizaban con facilidad porque sus miembros estaban untados con aceite.

Los catecúmenos nos recuerdan que hay muchos que no pertenecen a esta gran familia que es la Iglesia. Y, a esos, Dios también los busca. Sí, nuestra Iglesia no estará completa, hasta que todos estén dentro de ella, hasta que todos hayan descubierto el rostro maravilloso y bendito de Cristo, el Hijo de Dios. De ahí que, cada vez que ungimos a los catecúmenos, especialmente si son adultos, sintamos la urgencia misionera: «Id al mundo entero y haced discípulos de todos los pueblos…» (Mc 16,15; Mt28,19). No podemos desentendernos de esta urgencia misionera. Y no pensemos que las misiones están en los países en vías de desarrollo. España es ya país de misión. 
Pero a su vez este Óleo de Catecúmenos nos recuerda que todos somos catecúmenos, discípulos del Señor, aprendices en la escuela de la Palabra de Dios. No hemos llegado al conocimiento total de Dios. No hemos llegado a vivirlo plenamente en nuestra vida. No hemos llegado a entender los caminos de Dios. No hemos llegado a saborear su mensaje de salvación. Necesitamos ser ungidos por este Óleo para que podamos recibir la fuerza de no cansarnos en el camino del aprendizaje del amor de Dios. Necesitamos la fuerza para convertirnos a Dios cada día. Necesitamos la fuerza de Dios para poder vivir lo que decimos en el salmo: «Tu rostro buscaré, Señor, no me escondas tu rostro» (Sal 26,8-9). 
El Santo Crisma. 

En el bautismo y la confirmación fuimos impregnados de este Óleo Santo, llamado Santo Crisma. A los sacerdotes les ungieron las manos con el Crisma. Es siempre el mismo Crisma que hace a unos cristianos, apóstoles y ministros de la comunidad. Un mismo Crisma porque uno es el Espíritu de Dios. Y ese Espíritu nos hace a todos miembros del pueblo sacerdotal, pueblo capaz de ofrecerse a sí mismo por la gloria de Dios y la salvación del mundo. Un pueblo capaz de entregarse, cueste lo que cueste, por amor a Dios y a los hombres, tal como lo hizo Cristo.

Al estar ungidos por el Crisma sentimos que se hacen realidad en nosotros las palabras de Jesús: El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido. Me ha enviado a anunciar a los pobres la Buena Nueva, a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, para dar la libertad a los oprimidos y proclamar un año de gracia del Señor (Lc 4, 18-19). Sí, unidos a Cristo para hacernos don para los demás.

Y estar unidos a Cristo significa que formamos el Cuerpo de Cristo, es decir, que somos miembros de ese cuerpo, que no podemos ir por libre, que estamos unidos a los demás miembros formando un solo cuerpo, que es la Iglesia. Y ningún miembro puede caer en la tentación de creer que él es mejor que los otros, que él es imprescindible. Todos somos necesarios y a todos nos llama el Señor para ser portadores de su mensaje en medio de nuestra sociedad y de nuestros ambientes. Y todos estamos al servicio de los demás. De ahí la íntima colaboración que debe existir entre los presbíteros y el resto del Pueblo de Dios. Por otra parte, los sacerdotes sabemos que desde el día de nuestra ordenación sacerdotal formamos parte de un cuerpo que es el presbiterio. Y no podemos ir por libre ni desentendernos de los demás en el ejercicio de nuestro ministerio. Los otros sacerdotes son mis hermanos, no son, no pueden ser, unos extraños para mí.

Que los Óleos nos haga caer en la cuenta de que formamos parte del pueblo santo de Dios, del pueblo elegido por Dios para ser, en medio del mundo, signo y sacramento de salvación para todos los hombres. Pero sólo lograremos ser en verdad sacramento de salvación si nos dejamos impregnar por este Óleo de salvación, por el Espíritu del Señor, y si no tenemos otro alimento que hacer la voluntad de Dios siempre y en todo lugar.
Ojalá que sepamos vivirlo y enseñarlo así.
Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire.El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño.Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.