Una visita guiada por «Monacatus», la exposición de Las Edades del Hombre en el monasterio de Oña (Burgos) hasta el 4 de noviembre

Jesús de las Heras Muela. siguenza-guadalajara.org

Un recorrido por los seis capítulos de la nueva exposición de Las Edades del Hombre, este año el monasterio de Oña (Burgos) hasta el 4 de noviembre

En el año 1011, Sancho García, tercer conde de Castilla, y nieto de Fernán González, fundó el monasterio benedictino de San Salvador, en Oña (Burgos). La celebración de su milenario ha motivado que la Fundación Las Edades del Hombre haya elegido esta localidad emblemática como sede de la decimoséptima edición de sus exposiciones. Y, dado que el lugar de la muestra es el citado monasterio, ha decidido dedicarla en esta ocasión a un tema apropiado, a la vez que sugerente: la vida monástica en la Iglesia Católica.

La exposición lleva por título Monacatus, transcripción fonética de «monachatus», término tomado del latín «monachus», y que a su vez deriva del griego «μοναχóς», cuyo significado es «solitario». Con esta palabra se ha querido expresar y condensar la realidad histórica del monacato en la Iglesia Católica en el territorio de Castilla y León, y en los diversos carismas de vida consagrada monástica, un don del Espíritu Santo para la comunidad eclesial y para la sociedad humana de ayer y de hoy.

«Dios: origen, regazo y meta».

Este capítulo, el primero, es la clave interpretativa de toda la exposición, pues en él se muestra el significado teológico y eclesial de la vida religiosa. Se exponen en este primer capítulo un total de 17 obras. Quizás las dos más destacadas son «Oración el Huerto», óleo de Francisco de Goya de 1819; el cuadro «Agnus Dei», de 1639, de Francisco de Zurbarán; El óleo de Goya es los Escolapios de Madrid y el de Zurbarán, también se halla en Madrid.

La entrega de la vida de Cristo por los hombres se ha representado en la exposición a través de esta tabla. Es la Oración del Huerto que Goya regaló a los Escolapios de Madrid cuando, ya anciano, los sufrimientos y desengaños de la vida parecían haberle acercado al misterio del hombre y de Dios. Jesús orante, de hinojos, evoca el quebranto de su humanidad ante la oscuridad de la muerte que se le acerca. Es un hombre inmensamente solo, derrumbado bajo el peso de su destino, con los brazos en cruz, mostrando el deseo de ser confortado y en un evidente gesto de entrega a la voluntad salvífica del Padre.

Sobre un tenebroso fondo oscuro, descuella la blanca figura del cordero con un tratamiento casi «escultórico». El animal yace encima de un madero con las patas atadas en cruz, dirigidas hacia el espectador, y la cabeza mansamente apoyada en la tabla, como si ofreciera voluntariamente la zona más vulnerable de su cuerpo en un acto que facilita el sacrificio. Al margen de las cualidades dúctiles de la pintura del maestro y de su magisterio, hemos de acercarnos a la obra de Zurbarán con los ojos de la Fe que vive expectante el acontecimiento de la Salvación en lo cotidiano, al amor de la imagen de lo sensible, de las formas familiares, de la cercanía de lo sencillo y humilde. A través de su mirada, Zurbarán consigue traducir al lenguaje gráfico la mansedumbre, la inocencia y la pureza.

«Retirados del siglo»

Siguiendo el mandato de Jesús de renuncia de uno mismo y de tomar la cruz para seguirle, hubo personas, hombres y mujeres, que decidieron separarse del estilo de vida común, distanciarse de los centros habitados, y retirarse a la soledad del desierto. Buscaron entregarse al servicio divino, a la soledad como expresión de su vida cristiana, al ascetismo como medio de purificación y de crecimiento espiritual, a la renuncia a todo, al trabajo manual, a la oración y a la lectio divina. De este modo surgió el monacato en su expresión primera, el anacoretismo, convirtiéndose en su Regla por antonomasia la vida de San Antonio abad.

Veintiséis obras integran este capítulo segundo. Destacados otras dos. La primera de ellas es «San Juan Bautista en el desierto», de José de Ribera, siglo XVII, óleo sobre lienzo propiedad del ayuntamiento de Valladolid. El lienzo representa a San Juan en edad juvenil. En el lado inferior izquierdo aparece la cabeza del Agnus Dei, en relación con el hecho de que un día, cuando Jesús pasaba a lo lejos, Juan le señaló y clamó: He ahí el Cordero de Dios. En el lado superior derecho se observa un escueto paisaje. El cuadro, atribuido a José de Ribera, fue ejecutado en una fecha cercana a 1635-1640.

Y la segunda gran obra a subrayar es «Alegoría de la Orden de los Camaldulense», de El Greco (1597) óleo sobre lienzo del Real Colegio Seminario de Corpus Christi de Valencia – Museo del Patriarca. En la orden de la Camáldula existían tres tipos de religiosos: los conversos o donados, que ejercen los trabajos humildes y caritativos, los monjes, que viven en el monasterio dedicados al coro y al servicio del altar y los ermitaños, retirados en la soledad de sus celdas, todos ellos conviviendo. Este aspecto determina la iconografía de la obra, se señalan las parcelas con las correspondientes ermitas de quienes se retiran en soledad; al lado de la entrada, se encuentra una edificación de mayores dimensiones, que puede representar el monasterio; y la estructura desarrollada donde se abre la puerta de entrada se identifica con la hospedería. Todo ello construido en el interior de un área delimitada por alto follaje, cual muralla, con un fondo último de montaña. En el mismo centro, como lugar común que enlaza los tres modos de vivir el monacato, la Iglesia. Así, se forma visualmente una única casa repartida en dos vidas complementarias: la activa y la contemplativa. En la mitad inferior, aparecen efigiados San Romualdo, fundador de la orden, y San Benito.

«A ti gloria y alabanza»

La oración pertenece a la esencia íntima de la Iglesia, que sigue el ejemplo y el mandato de Cristo y de los apóstoles de orar siempre, insistentemente, y sin desfallecer. Y como no podía ser de otra manera, la oración ha sido y es uno de los pilares fundamentales de la vida monástica. Ya sea la privada u oculta, necesaria y recomendable, como la comunitaria, que encierra una especial dignidad conforme a las palabras de Jesús: “Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” (Mateo 18,20).

La suprema vocación es estar siempre con el Señor, y velar orando ante su próxima venida. La lectio divina, la lectura meditada de la Biblia y de los escritos de los Santos Padres, es asimismo uno de los pilares fundamentales de la vida diaria de los monjes. Es un momento privilegiado del diálogo íntimo del consagrado con Dios.

Veinte piezas artísticas componen este capítulo, de las que analizamos «Biblia de Burgos. Scriptorium de San Pedro de Cardeña. 1170-1180. Códice; latín; pergamino, letra gótica. Secretaría de Estado de Cultura. Dirección General de Bellas Artes y Bienes Culturales y de Archivos y Bibliotecas. Biblioteca Pública del Estado en Burgos. Sign. BU_BP m-173» es la ficha técnica la segunda obra que destacamos de este tercer capítulo. Esta Biblia, constaba en su origen de tres volúmenes, de los que sólo se conserva completo el primero. En el folio 12 v, aparece la miniatura maestra del manuscrito, con un rico programa iconográfico, basado en el Génesis.

«Los trabajos y los días»

La comunidad monástica se caracterizó, desde sus orígenes, por el alejamiento geográfico y sociológico de ciudades y personas. Primero se buscó el desierto, más tarde el campo. Y en ese campo abierto se plantó un «huerto cerrado», el monasterio, eligiendo para ello parajes idílicos.

La comunidad está regida por una Regla, una norma suprema que estructura, organiza y modera. Por una lado, los cargos y oficios, para el bien de todos sus miembros, siendo el abad o la abadesa la autoridad superior; y por otro, una vida cotidiana rítmicamente marcada por la repetición diaria y horaria de los oficios designados y de las actividades estipuladas para cada uno de ellos.

Uno de los puntos fundamentales de la ascética monástica es la lucha contra los enemigos que dificultan el progreso espiritual de los consagrados. El combate es contra el diablo y los vicios.

Veamos ahora la pieza «Báculo de San Martín de Finojosa. Anónimo. Taller de influencia lemosina. Siglo XIII. Cobre sobredorado con cabujones. Real Monasterio cisterciense de Santa María. Santa María de Huerta (Soria)» es la segunda que comentamos. La estructura del cuerpo de este báculo consta de caña, nudo y voluta. La caña es de forma hexagonal y su decoración se nos presenta en dos cuerpos con figuras grabadas que representan a los Apóstoles, algunos de ellos portan en sus manos un libro. El nudo, en forma de esfera, está compuesto por dos pequeños cuerpos con una decoración en cuyo interior alternan cabezas mitradas, en actitud frontal, y un ornamento de hojas en forma rómbica. El tema central de la voluta es la Anunciación, la cual finaliza en una cabeza de serpiente o de dragón. En la escena principal el ángel porta en su mano izquierda una filacteria indicando con la derecha la presencia de la Paloma, que mira a la Virgen. San Martín de Finojosa fue monje del Císter en Santa María de Huerta y obispo de Sigüenza a finales del siglo XII.

«Dones y carismas»

La Iglesia recibió de su Señor resucitado el don del Espíritu Santo. Es Él quien actúa para llevar a plenitud la obra salvadora de Cristo en el mundo. Su efusión otorga dones y frutos. De él proceden los dones y los carismas, frutos con que edifica y adorna a la comunidad eclesial. Su brisa suave y el fuego encendido de su amor han generado en todas las épocas y en lugares muy distintos el monacato cristiano en sus múltiples y diversas formas.

A lo largo de la historia, el Espíritu Santo ha suscitado a personas que han consagrado su vida a Cristo por el Reino de los Cielos. Unos han sido fundadores de órdenes monásticas, otros han sido sus seguidores. Unos y otros cantan la grandeza de los designios divinos, y muestran en la tierra los dones que nos están reservados para el Cielo.

En este capítulo quinto y con veinte obras de arte se presentan, de modo sintético, a los fundadores y difusores de los carismas monásticos suscitados por el Espíritu, para bien de la Iglesia y del mundo, en el transcurso de los siglos.

Veamos ahora «San Bernardo. Gregorio Fernández. Ca. 1620. Escultura de madera policromada y dorada, con elementos metálicos. Monasterio de San Quirce y Santa Julita. MM. Cistercienses. Valladolid» es la segunda. La orden cisterciense, fundada a fines del siglo XI por San Roberto de Molesmes y sus compañeros, tuvo una gran difusión en la centuria siguiente gracias a la destacada labor espiritual y literaria de San Bernardo de Claraval. El escultor Gregorio Fernández, en el primer tercio del siglo XVII, lo representa de tamaño natural, de rodillas, extático ante la contemplación de la cruz , que ahora es metálica e incluye los arma Christi, asentada sobre un Sagrado Corazón, en una talla procedente del Monasterio de San Quirce y Santa Julita de Valladolid.

«Monacato y monarquía»

Desde los comienzos del monacato en el norte peninsular, la monarquía estuvo vinculada a él de modo particular. En la época de la reconquista de territorios a los musulmanes de Al-Andalus, los monarcas intentaron repoblar y colonizar dichos territorios promoviendo la implantación de comunidades monásticas y tutelando la fundación de monasterios, sirviéndose para ello de personas destacadas por su honda espiritualidad o aceptando a monjes que llegaban de comunidades previamente establecidas en otros lugares.

En diversas ocasiones, los reyes y los nobles escogieron la paz de los monasterios para el descanso de sus restos mortales y los de sus familiares, por lo que sus iglesias se constituyeron en verdaderos panteones reales, como es el caso de este paradigmático monasterio de Oña.

(Jesús de las Heras Muela. siguenza-guadalajara.org)

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