Metidos en el verano

Mons. Antonio Algora     En el número 474 del Compendio del Catecismo se responde a esta pregunta «¿Qué deberes tenemos hacia nuestro cuerpo?» Con estas palabras: «Debemos tener un razonable cuidado de la salud física, la propia y la de los demás, evitando siempre el culto al cuerpo y toda suerte de excesos. Ha de evitarse, además, el uso de estupefacientes, que causan gravísimos danos a la salud y a la vida humana, y también el abuso de los alimentos, del alcohol, del tabaco y de los medicamentos».

A los católicos nos encanta la vida. El domingo pasado comentaba que la vida humana está llamada ser reflejo de la Gloria de Dios. Vaya esto por delante porque se va extendiendo entre la gente que la Iglesia es siempre la aguafiestas del placer y del bienestar. Por cierto que cuando dicen la palabra Iglesia uno no sabe nunca a qué o a quién se refieren, si a la religión en general, a los curas, obispos incluidos…, puesto que además dicen desconocer lo que es la Iglesia porque no les interesa. Comentarios a parte, nos encantan los veranos por el tiempo que disfrutamos en nuestra geografía y por la vitalidad que se despliega en chicos y grandes cuando no nos aprieta demasiado el calor.

Dicho esto os invito a fijarnos en la expresión del Catecismo: «Evitando siempre el culto al cuerpo y toda clase de excesos» Sé que puede ser nada popular que los católicos nos mostremos denunciantes precisamente de los «excesos» a los que no tienen acostumbrados imágenes televisivas, modas y maneras de vestir, relaciones que hoy son legales y se dice admitidas socialmente, y un largo etcétera de uso y abuso del cuerpo; palabras como sobriedad, castidad, y templanza, y sus contrarias gula, lujuria y despilfarro, por poner un ejemplo han sido borradas del lenguaje corriente de quien marca las tendencias publicadas machaconamente con el ruido de los medios de comunicación.

Todo marcado por un placer o bienestar conquistado a corto plazo bajo el impulso de instintos generalmente incontrolados, que con el uso y el abuso del cuerpo se convierten demasiadas veces en incontrolables. Por eso mi reflexión quiere denunciar ese sentido de provisionalidad y de momentos puntuales -se dice-. Os brindo también el resumen que de la dignidad de la persona nos ofrece el Compendio del Catecismo ya aludido en el n. 358: «¿Cuál es la raíz de la dignidad de la persona humana? La dignidad de la persona humana está arraigada en su creación a imagen y semejanza de Dios. Dotada de alma espiritual e inmortal, de inteligencia y de voluntad libre, la persona humana está ordenada a Dios y llamada, con su alma y su cuerpo, a la bienaventuranza eterna».

Rota la relación no ya con Dios sólo, sino con el «después» que tiene la vida humana -la de más larga duración de toda la Naturaleza- no se le ve sentido a eso de la «bienaventuranza eterna» y, si se percibe, es dentro de los conceptos de suerte, destino, etc.. Pues no, los católicos sabemos que la vida la gestionamos nosotros libremente y sabemos que nuestro cuerpo tiene límites que no pueden ser traspasados o mejor que los límites que tiene nuestro cuerpo están muy sabiamente puestos en la naturaleza humana por Dios para ser gestionados con inteligencia y voluntad como Jesucristo Nuestro Señor nos enseña. Nos admira un deportista que somete su cuerpo a una tremenda disciplina que incluye muchos de los valores cristianos a los que me he referido más arriba y los olvidan nuestros contemporáneos, cuando no los desprecian. 

Vuestro obispo,

+Antonio Algora

Ciudad Real

Mons. Antonio Algora
Acerca de Mons. Antonio Algora 193 Artículos
D. Antonio Ángel Algora Hernando nació en La Vilueña (Zaragoza), el 2 de octubre de 1.940. Cursó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Madrid.El 23 de diciembre de 1.967 fue ordenado de sacerdote y quedó incardinado en la que entonces era Archidiócesis de Madrid-Alcalá y hoy son tres diócesis: Madrid, Alcalá y Getafe.Desde 1968 a 1.973 fue Consiliario de las Hermandades del Trabajo en Alcalá.de Henares. Trasladado a Madrid como Consiliario de los jóvenes de Hermandades, sustituyó al fundador, D. Abundio García Román, en 1.978, como Consiliario del Centro de Madrid.El 9 de octubre de 1.984 fue nombrado Vicario Episcopal de la Vicaría VIII de la Archidiócesis de Madrid.El 20 de Julio de 1.985 fue nombrado Obispo de Teruel y Albarracín. Recibió la consagración episcopal el 29 de septiembre de ese mismo año.Su especialidad académica es la Sociología. En la Conferencia Episcopal Española es miembro del Consejo de Economía y como tal, responsable del Secretariado para el Sostenimiento Económico de la Iglesia. Además, es vocal de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar, y responsable del Departamento de Pastoral Obrera.