¿Para justicia, la mía?

Mons. Santiago García Aracil      Imposible. Creo que la justicia, en su esencia, consiste en la defensa a ultranza de la verdad. No me refiero a la pretendida o real verdad  formulada en un escrito como expresión de una teoría humana, ni a la supuesta verdad de un argumento presentado en defensa de un interés personal o institucional. Me refiero a la verdad que tiene que ver con la identidad esencial de las personas, cualquiera que sea su raza, su pueblo, su religión o su condición social.  En esa verdad ha de fundamentarse la conducta de las personas, de las instituciones y de los pueblos en las relaciones con los demás.

Claro está que la referencia a la identidad esencial de la persona es susceptible de diversas interpretaciones, porque estas dependen de los puntos de vista desde los que se considera la realidad.

Llegados a este punto, puede dar la impresión de que estamos perdidos en una selva de criterios discrepantes entre sí. Los puntos de vista o las consiguientes interpretaciones de la realidad están condicionados por la historia de cada uno y por las influencias que cada uno ha podido sufrir o esté sufriendo en el presente por educación o por presiones sociales de cualquier tipo.

En los tiempos que corren, el dominio de la subjetividad como principal referencia para establecer criterios y emitir juicios, hace casi imposible coincidir con los demás en la valoración de lo que es verdadero, bueno y justo. ¿Ante esta situación, ¿ qué podemos hacer? ¿Nos abandonamos al escepticismo total? Sabemos que no hay situación más inquietante e insostenible que sentirse en manos de quienes ostentan el poder de la justicia, y sospechar que pueden estar basando su juicio en unas leyes fundadas sobre el interés ideológico de los gobernantes, o sobre interpretaciones tendenciosas de la misma ley. Y, sin embargo, no tenemos más remedio que mantener las relaciones básicas con quienes comparten el domicilio familiar, el lugar de trabajo, los espacios de ocio y e incluso los ámbitos religiosos algunas veces.

Ante esta situación se nos plantea necesariamente una pregunta:¿cómo salir de esta situación tan agobiante? ¿Tenemos que resignarnos a sufrir las arbitrariedades ajenas y la autoridad condicionada por visiones parciales de la realidad, por la presión de ambientes y corrientes sociales condicionantes o por intereses de partido?

La resignación lleva al quietismo inoperante o a la progresiva aceptación de lo inaceptable. Por eso podemos decir que la resignación hiere en su raíz toda posibilidad de mejorar la realidad contemplándola con una mirada más amplia y razonable. Esto puede convertirse en semilla de frustaciones irreparables o de angustiosas rebeldías que no conducen a comportamientos más justos y más acordes con la verdad  y, por tanto, más justos.

¿Dónde está, pues, la solución? Debo confesar que la considero muy difícil e incluso imposible en la mayor parte de los casos y asuntos. Digo esto porque, si la justicia es la defensa a ultranza de la verdad, solo es posible si, al obrar o al juzgar, coincidimos todos en la referencia desde la cual se puede entender con acierto qué es bueno y qué es malo, qué es justo y qué es injusto. Pero esa referencia objetiva, universal y segura no puede depender siempre de leyes, de consensos sociales o de costumbres más o menos inveteradas. Ese es el motivo por el cual esa referencia que necesitamos y buscamos, que tenga carácter fundamental y universal, no puede ser obra simplemente humana; no puede inventarse con esperanzas de acierto, ni siquiera descubrirse con esfuerzos puramente humanos, o mediante cavilaciones y discursos individuales o colectivos. Esa referencia hay que buscarla en quien esté exento de toda variabilidad circunstancial y libre de todo capricho y de todo error posible. Ese es solamente Dios.

Dios  es el principio y el fin de cuanto existe y de cuantos existimos, el que es desde siempre y para siempre, el que no está sometido a cambio alguno, el que es amor y obra constantemente por amor, el que es radicalmente incompatible con ningún interés personal, el que está más allá de nosotros y se manifiesta, entre otros caminos, por la conciencia que  él ha puesto en nosotros, con tal que no la deformemos con los contagios y vicios que puede brindarnos el ambiente o una educación tendenciosamente contraria.

Por la fe sabemos que Dios ha dado su vida en Jesucristo, el Hijo de Dios hecho hombre. Dios ha dado su vida en la cruz para salvarnos cuando estábamos perdidos a causa del pecado que habíamos cometido precisamente contra Él. Jesucristo nos ha dicho que él es el camino, la verdad y la vida; y  afirmó que quien le sigue no anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida. Por tanto Él es la referencia objetiva, invariable y permanente de todo criterio y de todo juicio, el único que puede ayudarnos a discernir el bien del mal. Y, además, ayuda a quienes creen en él, para que puedan conocer la verdad y el bien, para que alcancen el buen  criterio y la norma de buena conducta. Jesucristo es el que  nos enseña a ser auténticamente personas humanas; de tal modo que quien le vuelve la espalda se deshumaniza.

Los cristianos somos unos privilegiados porque gozamos del inmenso don de la fe por el que podemos conocer a Dios, su palabra y su ejemplo de vida. Nuestro deber es procurar por todos los medios la fidelidad a la enseñanza y al amor de Dios para con nosotros; y, al mismo tiempo, es deber nuestro ser apóstoles incansables del Evangelio para que el mundo crea. Apostolado que debemos ejercer con respeto y constancia.

Si entendemos bien lo expuesto podremos concluir que “justicia sí, pero no la nuestra” sino la que se fundamenta en la Verdad que es Jesucristo.

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
Acerca de Mons. Santiago García Aracil 73 Artículos
ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".