El deporte nos puede hacer mejores

Mons. Juan José Omella     Querámoslo o no, todos estamos metidos en esa vorágine mediática que es el Campeonato de Europa de fútbol. Yo en concreto, que no soy especialmente aficionado al balompié, debo reconocer que el fútbol está resultando estos días un fenómeno comunicativo de primer nivel. 

Siendo sincero , y aunque no siga yo los avatares concretos de todo ese mundillo, he de destacar que me parece interesante, y de alguna manera positivo, que nuestras gentes sencillas tengan estos días la ocasión de distraerse de tantas y tantas preocupaciones que la dichosa crisis está originando en muchas familias riojanas. El fútbol no soluciona nada, evidentemente, pero al menos alivia un poco, y ese poco es de agradecer.

Dicho esto, debo recordar que el deporte en general, y el de equipo en particular, es ocasión estupenda para el ejercicio de muchas virtudes y para la consecución de actitudes que nos acercan más a Dios y nos unen más a los que nos rodean. Recientemente, el Papa Benedicto XVI – no excesivamente aficionado al deporte – ha enviado un mensaje a los obispos de Polonia, con motivo de la Eurocopa, en el que destaca un hecho incuestionable: este evento deportivo no sólo afecta e influye en la vida de los propios futbolistas y de los aficionados, sino que también involucra de alguna manera a la vida y a la sociedad de los distintos países participantes, y ante esta realidad, continúa el Papa, “la Iglesia no puede permanecer indiferente”. De hecho, Benedicto XVI anima a todos, jugadores, técnicos y público a vivir estos días en espíritu de paz y de alegría.

Es sabido que el beato Juan Pablo II fue un gran aficionado al deporte en algunas modalidades, destacando la montaña y la nieve. Él dejó escritas algunas reflexiones, fruto de su experiencia personal y de su estudio de la naturaleza humana, como la siguiente: “el deporte es importante para el desarrollo integral de la persona y es un elemento muy útil para la construcción de una sociedad a medida del hombre. El sentido de fraternidad, la generosidad, la honestidad y el respeto al cuerpo ayudan a construir una sociedad civil donde el antagonismo se sustituye por una competencia sana, y donde el encuentro es preferible al conflicto”.

No cabe duda que esta reflexión nos puede ayudar a todos, de manera especial a los jóvenes, a elevar la calidad moral de la convivencia social. La generosidad, la honestidad y el respeto al cuerpo de las que habla el Pontífice son virtudes humanas que en un cristiano hijo de Dios nos impulsan a vivir mejor el mandato de Jesús de “amar al prójimo como lo ama Dios”.

Contemplado desde la perspectiva del bien que es Dios, el deporte – todo deporte – nunca es un fin en sí mismo, sino un medio, espléndido sin duda, para que las personas den lo mejor de sí mismas, en respeto, consideración al contrario y autodominio a la hora de controlar los instintos primarios que todos llevamos insertos en nuestra naturaleza.

Por su parte, Benedicto XVI en su mensaje al episcopado polaco, y en alusión a los juegos deportivos que se practican en equipo, como es el fútbol que tantos apasionamientos levanta, dice: “los deportes de equipo son una escuela importante para educar el sentido del respeto a los demás, incluso del adversario deportivo; ayudan al espíritu de sacrificio personal por el bien de todo el grupo; mejoran las relaciones dentro del equipo, y hacen que se supere la lógica del individualismo y el egoísmo, que a menudo caracteriza las relaciones humanas, para dar cabida a la lógica de la fraternidad y del amor, la única que permite promover – a todos los niveles – el verdadero bien común”.

Esta cita del Papa nos debe llevar a la conclusión de que todas las actividades humanas, las deportivas también, siempre que sean legítimas y limpias, nos llevarán a hacer el bien, haciendo cierta la afirmación de san Pablo de que “a los que aman a Dios todo les sirve para el bien” (Rom 8, 28).

Deseo que los aficionados al fútbol disfruten sanamente de la presente competición internacional y que la Eurocopa sirva, no para crispar los ánimos ya muy afectados por la crisis económica, sino para estrechar los lazos entre los distintos pueblos de Europa.
Con mi afecto y bendición,

+Juan José Omella Omella

 Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire.El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño.Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.