Elogio de la paciencia

Mons. Agustí Cortés    No nos cansaremos de repetir que la paciencia en sentido cristiano poco o nada tiene que ver con la resignación o la incapacidad para la lucha. Esencialmente la paciencia cristiana consiste en dar una nueva oportunidad a la vida sin desesperarse ni sentirse derrotado por el, o los sucesivos fracasos. Y dar una nueva oportunidad a la vida, sabiendo que las cosas tienen su tiempo de maduración, no precisamente esperando de forma pasiva que nos venga la solución desde fuera, sino actuando positivamente, intentándolo de nuevo.

La cuestión que entonces se plantea es por qué esto es posible o incluso por qué constituye un deber para el cristiano. La sabiduría popular y quienes cultivan una forma de humanismo optimista responden a esta cuestión invitando a la constancia. Así reza el refrán popular: “el que la sigue la consigue”. Es el lema que rige la educación de jóvenes deportistas y de gente apasionada por una ilusión.

Si esto es verdad, bienvenido sea. Creo que esta previsión optimista no siempre se cumple en la vida. En todo caso, preferimos buscar otros fundamentos más seguros para esta paciencia activa. Y pensamos que el mejor modelo y la mejor fuente para esta virtud es la “paciencia” que Dios ha tenido y tiene con nosotros.

A San Pablo le gustaba recordar que fue la paciencia de Dios lo que realmente nos ha salvado, cuando, dejando a un lado nuestros pecados, mostró su misericordia:

“Fue sólo por su paciencia, ya que él, siendo justo, también en el tiempo presente hace justos a quienes creen en Jesús” (Rm 3,26).

Así reprendía a quien se atrevía a condenar al hermano:

“Tú desprecias la inagotable bondad, tolerancia y paciencia de Dios, sin darte cuenta de que precisamente su bondad es la que te está permitiendo convertirte a él” (Rm 2,4).

Y desde su paciencia podemos pasar a la nuestra:

“En todo damos muestras de que somos siervos de Dios, soportando con mucha paciencia los sufrimientos, las necesidades, las estrecheces” (2Co 6,4).

Hasta el punto de que es uno de los frutos característicos del Espíritu, uno de los rostros del amor:

“En cambio, el Espíritu da frutos de amor, alegría y paz; de paciencia, amabilidad y bondad; de fidelidad…” (Gal 5,22). “Sed, pues, humildes y amables; tened paciencia y soportaos unos a otros con amor” (Ef 4,2).

Los innumerables fracasos que Dios ha tenido con nosotros a lo largo de la historia no fueron obstáculo para darnos una definitiva oportunidad enviándonos a Jesucristo “cuando los tiempos fueron maduros y alcanzaron su plenitud” (cf. Gal 4,4). Y nosotros, ¿por qué queremos dominar el tiempo? ¿Por qué pretendemos que el ritmo de los otros… y de Dios sea el nuestro? ¿Por qué nos cuesta dar nuevas oportunidades a la vida?

– El miedo al fracaso y el anhelo obsesivo de eficacia pueden convertirse en un terrible vicio.

– Pero el Dios es el Dios de la vida porque cuando vio el fracaso de la creación en el hombre pecador y la ineficacia de su palabra, todavía siguió “creyendo” en nosotros.

– En el colmo de su paciencia se jugó la vida por nosotros.

Así nos enseñó que “ser paciente significa no dejarse robar la alegría y la claridad del alma, a pesar de las heridas que nos origine la realización del bien” (Ladislaus Boros). En la crisis aún podemos –debemos– seguir amando. 

 † Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia.Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998.El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat.En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades.En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.