Andrés García de la Cuerda, Rector del Seminario Conciliar de Madrid: "Que en estas circunstancias sociales y culturales alguien consagre su vida al Señor en el servicio sacerdotal a sus hermanos es un milagro de la gracia"

El pasado martes 26 de junio, Andrés García de la Cuerda celebró sus Bodas de Plata como Rector del Seminario Conciliar de Madrid. Con él hemos hablado de estos 25 años que ha dedicado a acompañar a seminaristas en el crecimiento de su vocación sacerdotal, hasta el día de su ordenación.

P.- Acaba de celebrar sus 25 años como Rector al frente del Seminario Conciliar. ¿Qué sentimientos tiene en estos momentos?
R.- Mi primer sentimiento es de honda gratitud al Señor cuya gracia ha hecho posible que pueda celebrar felizmente estos 25 años de servicio como Rector. Mirando hacia atrás, tengo la clara conciencia de que, a lo largo de estos años, Él ha sido el verdadero “Rector” que ha sostenido con la luz y la fortaleza de su Espíritu la vida de nuestro Seminario, orientando y estimulando mi tarea en los posibles aciertos, más allá de las fragilidades y torpezas de éste su servidor.

Agradezco igualmente la confianza del Cardenal Suquía (q.e.p.d.) que me encomendó esta tarea, y la de nuestro actual Arzobispo, el Cardenal Rouco Varela, que me ha mantenido y confirmado como Rector hasta el momento presente: su cercanía y su confianza me honran, y sus indicaciones y sugerencias me han sido muy valiosas para la delicada encomienda de formar a los futuros sacerdotes.

Me siento gozoso y en paz por el camino recorrido. Es verdad que no han faltado problemas y dificultades a lo largo de este tiempo; pero también he tenido abundantes satisfacciones y creo humildemente que algunos logros. Todo ello lo considero un ver-dadero e inmerecido regalo de Dios y de su Iglesia por el que doy gracias cada día.

P.- ¿Cómo recuerda su nombramiento, hace 25 años?
R.- Por estas fechas, hace 25 años, el cardenal Suquía me nombraba Rector del Seminario. No era fácil la coyuntura eclesial, ni me sentía a mí mismo con la suficiente preparación e idoneidad para desempeñar este servicio. Con sensación de incertidumbre y con temor y temblor, acepté en obediencia la misión que el Arzobispo me encomendaba, confiando en la gracia del Señor, en el apoyo y la ayuda de mi Obispo, y en la colaboración de la mayoría de los hermanos que, entonces, integraban el equipo de formadores.

Confieso que emprendí esta nueva encomienda con toda ilusión, entrega y esperanza; sin duda con la misma ilusión y entrega con la que continúo actualmente en la tarea – aunque, eso sí, con 25 años más sobre los hombros – sintiendo muy de cerca el afecto y la generosa disposición educativa de los seminaristas, la abnegada colaboración del equipo de formadores, y la oración y la ayuda de tantos sacerdotes y fieles cristianos de nuestra Iglesia madrileña.

P.- ¿Recuerda cuántos sacerdotes han pasado por este Seminario, como alumnos, en estos 25 años?
R.- No recuerdo ahora los datos precisos, pero creo con certeza que, en estos años, se han ordenado unos trescientos cincuenta sacerdotes: cada uno de ellos, un verdadero regalo del Señor a quien, junto con el equipo de formadores, he tenido la gracia y la encomienda de acompañar en el crecimiento de su vocación sacerdotal hasta el día de su ordenación. Acompañamiento educativo ejercido con la tonalidad de “padre”, pero sin olvidar que esta relación educativa está llamada a ser, más tarde, una relación de hermanos en la fraternidad del presbiterio diocesano. Pero, sí, ciertamente, he procurado realizar esta delicada tarea conjugando el afecto entrañable de padre y de hermano mayor.

Como ves, se trata de un número significativo de jóvenes sacerdotes para los tiempos que corren, plural en edades, biografías, y procedencias. Al fin y al cabo, el Seminario es siempre un fiel reflejo de la pluralidad de la Iglesia de una gran ciudad como es Madrid. Recordando cada uno de los rostros concretos, no puedo por menos que dar las gracias a Dios. Que en las actuales circunstancias sociales y culturales alguien consagre su vida al Señor al servicio sacerdotal a sus hermanos es un milagro de la gracia. Un verdadero don de Dios para la Iglesia y el mundo del cual he tenido el privilegio inmerecido de ser testigo presencial.

P.- Ha cambiado mucho la sociedad en estos 25 años. También la forma de enseñar. ¿Se han notado mucho estos cambios en la formación, educación, de los futuros nuevos sacerdotes de la diócesis?

R.- He de comenzar reconociendo que, si la finalidad del Seminario es la formación de pastores a ejemplo de nuestro Señor, yo he sido, sin duda, el primer beneficiado. En efecto, considero los años de mi servicio como Rector como un tiempo de crecimiento y maduración progresivos como sacerdote y como formador de los futuros pastores. Años vividos muy intensamente al ritmo del devenir de nuestra Iglesia diocesana; años de reflexión personal, instruido e iluminado por el abundante y valioso acerbo doctrinal del Magisterio, sobre todo la Exhortación Apostólica “Pastores dabo vobis” del Beato Juan Pablo II; también por la lectura de maestros en Teología y en ciencias humanas. Años de maduración creciente, sostenidos y enriquecidos por la colaboración y el trabajo colegial del equipo de formadores, verdadera experiencia de fraternidad sacerdotal que nunca agradeceré bastante.

Sin embargo, a pesar de los años transcurridos en este servicio no considero acabada esta maduración: el Seminario, siempre cambiante por las sucesivas generaciones de seminaristas y por las trasformaciones eclesiales y sociales, necesita que los formadores estemos abiertos a nuevos aprendizajes para poder dar la respuesta adecuada a la pregunta de la formación sacerdotal de todo tiempo: ¿cómo formar sacerdotes que estén verdaderamente a la altura de estos tiempos, capaces de evangelizar al mundo de hoy?

P.- ¿Cuál ha sido el momento más emotivo, o que más le ha llegado al alma, en estos años? ¿Y el más duro?

R.- Decía al comienzo de esta entrevista que, en los años transcurridos como Rector, no han faltado ni las dificultades y problemas, ni las hondas satisfacciones… ¿El momento que más me ha llegado alma? Sin duda, aquella luminosa mañana de Junio de 1993, en que tuve el inmenso regalo de recibir en nuestro Seminario al Santo Padre, el Beato Juan Pablo II, saludándole en nombre de todos los candidatos al sacerdocio y acogiendo su palabra y su bendición, tras participar con él en la oración de las Laudes.

No han faltado otros muchos momentos también emotivos, entre ellos poder presentar cada año al Sr. Cardenal una nueva promoción de seminaristas para su ordenación sacerdotal: no deja de ser una experiencia conmovedora, a la que creo que nunca llegaré a acostumbrarme, y que compensa con creces trabajos, dificultades y quebraderos de cabeza…

Por otra parte, el recuerdo de los momentos más amargos tiene los rostros de dos colaboradores muy queridos, fallecidos ambos en desgraciados e inesperados accidentes: el de D. Mateo González Camarma, director espiritual, que perdió la vida en el transcurso de una convivencia del Seminario en Santiago de Compostela, y el de D. Pablo Domínguez, siempre atento a la formación de los futuros sacerdotes como Decano de la Facultad de Teología San Dámaso, al que el Señor quiso llamar en la cumbre del Moncayo.

P.- En unos momentos en los que se habla tanto de crisis vocacional, ¿cree que ésta es un mito, o una realidad? ¿Cómo lo afronta el Seminario Conciliar?

R.- Por desgracia, la crisis vocacional no es ningún mito: no pocas iglesias particulares de España y de otros países de antigua tradición cristiana se sienten hoy hondamente afectadas por la escasez de vocaciones sacerdotales y afrontan con preocupación el futuro. Es verdad que, en el curso actual, han sido ciento treinta los seminaristas de nuestro Seminario. ¡Gracias a Dios, hasta ahora no nos ha faltado un número significativo de candidatos al sacerdocio! Pero no hay que olvidar que resulta insuficiente para el servicio pastoral de una diócesis tan poblada y compleja como la nuestra. Y, en virtud de la comunión eclesial, no debemos eludir la eventual necesidad de ayudar a otras iglesias hermanas en el próximo futuro.

Sin embargo, miramos el futuro con esperanza: además de la pastoral vocacional ordinaria, la JMJ celebrada el pasado agosto en Madrid estuvo marcada por la pastoral vocacional en casi todas las intervenciones del Santo Padre. Creo, pues, que podemos esperar confiadamente una abundante floración vocacional en estos próximos años, cómo, cuando y donde el Señor quiera.

P.- ¿Y ahora, qué? ¿Cuáles son los planes de trabajo del Rector, y del equipo, para el próximo curso, en el que se va a convocar a una Misión Madrid?

R.- ¿Mis planes de trabajo para el próximo curso? Preparar con mis colaboradores la programación inmediata, como concreción para el curso próximo del Plan de Formación que la Iglesia solicita para sus futuros presbíteros…Por supuesto, tendremos en cuenta los grandes acontecimientos que se anuncian: la proclamación de nuestro patrono, S. Juan de Ávila, como Doctor de la Iglesia universal; la convocatoria del Año de la Fe por el Santo Padre Benedicto XVI, y, por supuesto, la participación en la Misión Madrid que convoca nuestro Cardenal. Los seminaristas y los formadores, sin descuidar las tareas propias y permanentes de la formación sacerdotal, ofreceremos la colaboración que se nos solicite a la Iglesia diocesana como servidores y testigos del Señor.

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