¡Qué pena!

Mons. Santiago García Aracil      Sí; ¡Qué pena que ocurran estas cosas! Hay males que siempre estarán presentes en la conducta privada e incluso en las relaciones sociales; la naturaleza humana es débil. Pero, aunque sea lamentable cualquier incorrección por muy escasa o aislada que se presente, el disgusto y el rechazo aumentan cuando los comportamientos incorrectos, siempre deplorables, llegan a ser tan abundantes y frecuentes  que dejan ya de ser noticia y de sorprender. Cuando tanto se habla de progreso, cuando tanto duelen los titulares de prensa acerca de los recortes en la educación, cuando el reclamo de los derechos humanos parece un requisito básico para quienes no quieren parecer anticuados, inmovilistas o retrógrados, es verdaderamente llamativo que se hagan cada vez más presentes actitudes y formas de conducta que merecen el rechazo desde la más elemental educación, desde el respeto básico que merecen las personas y las instituciones, y desde las exigencias ineludibles de la convivencia pacífica propia de una sociedad democrática. Con todo esto me estoy refiriendo al escaso respeto a la verdad y a las personas. El respeto, basado en la verdad, es la condición básica para evitar que las personas y las instituciones dejen de ser el blanco de las iras y el objeto de insultos y difamaciones, de acusaciones no probadas o de calumnias bien difundidas y nunca desmentidas. Aquí habría que recordar la enseñanza de Jesucristo: “Como queráis que la gente se porte con vosotros, de igual manera portaos con  ella” (Lc. 6, 31).

Los comportamientos inmorales a que me refiero, y que son de todos conocidos, llegan con frecuencia a destrozar psicológicamente a unas personas, a desequilibrar unas familias, a poner en tela de juicio una institución digna por su identidad y por su hacer habitual. Hacer juicio del todo por lo que aparenta sólo una parte es incorrecto desde cualquier punto de vista. Así lo recoge, como queja, la sabiduría del refranero popular: “Por un perro que maté, mataperros me llamaron”

Esta forma de actuar no contribuye al esclarecimiento de la verdad, ni al brillo de la justicia, ni al cultivo de la paz, ni al desarrollo personal y social. Por el contrario, es la utilización pública de la simple sospecha o de las diferencias incluso legítimas, como arma para exhibir hipócritamente la defensa de valores en los que no se acaba de creer y que no adornan la propia vida. ¡Qué pena! ¿verdad?

Si profundizamos un poco más en la desgraciada situación provocada por estos comportamientos, llegaremos a concluir que obedecen a una falta de profundidad humana y de cultura, aunque tengan títulos académicos quienes los protagonizan.

No soy partidario de conceder excesiva autoridad juicios globales sobre asuntos que no afectan a todos, aunque sean muy abundantes. Pero dándole vueltas al tema que nos ocupa, me viene a la memoria la afirmación de un pensador español reconocido, aunque un tanto minusvalorado por determinadas corrientes ideológicas. Decía de palabra y por escrito ese pensador: “el mal de los españoles es un mal de cultura”. Aunque esto lleva espontáneamente a recordar la llamada España profunda lacrada por el analfabetismo, por la sumisión impotente de muchos ante la prepotencia de unos pocos; y aunque ello traiga a la memoria otros males que de ello se derivaban, tenemos que reconocer la permanencia del vergonzoso mal de la incultura en muchísimos ámbitos de nuestra sociedad.

Es verdad que las palabras fuertes venden en los medios de comunicación; es cierto que la manifestación de tensiones llamativas entre personas o instituciones, que las acusaciones graves y los juicios tan brillantes como falsos o tendenciosos, llevan consigo un cierto atractivo no menos morboso que abundante. Pero no podemos negar que las reacciones complacientes de un posible público ante lo malo, y que la conciencia de vencedor por parte de quien humilla, ofende y perjudica a una persona o a una institución con la calumnia, con el desprecio o con la publicación de una sospecha no verificada, son signo clarísimo de una lamentable incultura; y no importan los títulos académicos que el protagonista pudiera tener, o el lugar cualificado que ocupe en la sociedad. El que así obra carece de esa cultura básica que consiste en el cultivo de las cualidades y actitudes fundamentales, capaces de abrir a una persona al amor y al goce de la verdad y al desprecio de la falsedad. Quien así obra, por más que defienda la solidaridad humana entre personas y pueblos, queda como esclavo de la mayor incultura que consiste en utilizar, en favor propio, los medios que no soportaría y que criticaría ferozmente si los viera utilizados por su enemigo.

¡Qué pena! ¿Verdad?

Hay un camino de solución a este mal desgraciadamente más extendido cada día. Mal que denigra a la sociedad en su conjunto por la acción irresponsable, inculta e inhumana de unos pocos. El camino de solución está en pararse a pensar si lo que vale más es desacreditar a quien se desprecia como enemigo, o si el mejor camino para suprimir el mal propio y ajeno está en la corrección educada y respetuosa, en la defensa de la verdad y en el respeto a la dignidad personal o institucional de aquellos de quienes disentimos.

Alguien ha dicho que el camino certero para vencer el mal está en amar la verdad más que a uno mismo, y en procurar vencer el mal con el bien y no provocando una espiral de necedades, o de violencias de cualquier tipo. ¡Qué pena si no caemos en la cuenta de esto! 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz.

Mons. Santiago García Aracil
Acerca de Mons. Santiago García Aracil 73 Artículos
ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976).CARGOS PASTORALESFue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984.Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971.El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén.El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014.Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014.El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".