Oraciones y reflexiones

Mons. Atilano Rodríguez     La celebración de la Solemnidad del Corpus Christi me ha permitido vivir dos aspectos de la vida cristiana que deben caminar íntimamente unidos. Por una parte, he experimentado una vez más el gozo de la presencia real y permanente de Cristo resucitado bajo las especies del pan y del vino en la celebración eucarística. 

Profundo e incomprensible misterio del amor de Dios que, a pesar de los desprecios y olvidos, no cesa de ofrecernos a su Hijo mediante la acción santificadora del Espíritu Santo, para que todos podamos participar de la vida divina que, por ser vida de Dios, es eterna.

En la posterior procesión, prolongación de la celebración eucarística, he pedido al Señor que derramase sus bendiciones y colmase de sus dones a quienes lo confiesan como Señor de la Historia y a quienes viven y actúan como si Dios no existiese. Para unos y para otros el Señor hace salir cada día el sol y derrama la lluvia de su gracia.

Pero, por otra parte, he pensado y he orado insistentemente por los miles de hombres y mujeres, que cada día procesionan a las oficinas del INEM, con la tristeza en el rostro,  esperando encontrar un puesto de trabajo. Así mismo he pedido al Señor por quienes se acercan a las oficinas de Caritas o a otros centros de la Iglesia, confiando hallar acogida cordial, comprensión para sus problemas y la ayuda necesaria para poder comer o para superar  su soledad y abatimiento.

El mismo Señor, que se hace presente real y verdaderamente bajo las especies sacramentales, es el que también sale a nuestro encuentro en las personas que malviven en la pobreza.  En el Evangelio nos deja muy claro que todo lo que hagamos o dejemos de hacer a cada uno de estos hermanos más necesitados, a El mismo se lo hacemos. Por eso los cristianos no podemos separar nunca el amor a Dios del amor a los hermanos. Cuando lo hacemos, nos engañamos a nosotros mismos y somos unos mentirosos con quienes contemplan nuestros comportamientos.

Al contemplar la realidad de la pobreza y escuchar estas palabras del Señor, me  pregunto: ¿El bienestar material, que con tanto tesón hemos perseguido durante estos años pasados, no nos habrá conducido al abandono del bienestar espiritual?. ¿Tanto progreso y desarrollo no habrán centrado nuestro corazón únicamente en la búsqueda de los propios intereses personales, olvidando al hermano que nos pertenece y espera nuestra ayuda y nuestra solidaridad?.

Si intentamos responder a estas preguntas, tal vez lleguemos a la conclusión de que la actual situación de crisis económica y financiera, solamente podrá remediarse si, además de tomar todas las medidas estructurales y económicas necesarias, volvemos los ojos y el corazón a Dios. Solo, si somos capaces de reconocer la presencia de Cristo en el rostro sufriente y abatido de nuestros hermanos, podremos trabajar en comunión con ellos para buscar el bien común en vez de defender con tanto ahínco los derechos individuales, olvidando con frecuencia los derechos de que quienes no tienen capacidad para defenderlos.  Que el Señor nos ilumine a todas con la claridad de su luz.

Con mi bendición,    

+ Atilano Rodríguez

 Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.