¿Qué misa?

Mons. Agustí Cortés    Todos los interrogantes, las carencias y los vacíos, que reconocemos en distintos ámbitos de la fe, se concentran y se acentúan, cuando nos preguntamos por la participación en los sacramentos, especialmente el dela Eucaristía.

De hecho la práctica dominical constituye uno de los datos que utilizan los sociólogos para medir el grado de religiosidad o de fe de una población en nuestra cultura tradicionalmente católica. Muchos encuestados, a la pregunta de si son creyentes, responden, que sí lo son, pero que no practican. Otros se preguntan por qué hay que ir a misa, si uno puede orar interiormente a Cristo. Otros, alegando sinceridad, dicen que van a misa cuando “les nace”, les viene bien o les apetece. Otros confiesan que irán a misa cuando sea más atractiva. Otros van buscando la misa cuyas formas les ayudan más o, en el peor de los casos, la que les resulta más “amena”.

De cada una de estas posturas se puede hablar mucho. Pero el problema radical que provoca “interferencias y deformaciones” en la fe cuando se dirige ala Iglesia, a Dios o a Jesucristo, también tiene sus consecuencias en la vivencia dela Eucaristía. Noen baldela Eucaristíaes el momento en que se plasma y se concreta toda nuestra fe. Me refiero a la manera de vivir la fe totalmente centrada en el propio “yo”; en mi criterio, mi necesidad, mi idea o mi gusto…

Es muy frecuente la escena familiar en la que los padres tratan de convencer a su hijo adolescente de que ha de ir a un sitio que no le apetece, por ejemplo, visitar al abuelo, un encuentro familiar, una actividad de la parroquia o la misa del domingo. El adolescente no dejará de preguntar por qué ha de ir. No siempre entenderá o aceptará las razones de los padres. Pero sería la ocasión para lograr un objetivo fundamental en su formación: que deje de pensar sólo en él mismo. Él ha de ir a esos sitios, también y sobre todo, por el abuelo, por los otros, por el grupo… por Jesucristo. Una vez que haya ido, encontrará que, incluso lo que hizo por los otros, a él le ha hecho crecer y le ha permitido disfrutar de una alegría que antes no sospechaba. En definitiva, el gran paso hacia la madurez habrá consistido en darse

cuenta de que el mundo no gira en torno suyo, para satisfacerle, sino que él está ahí también para ese mundo, es decir para los otros, muchos de los cuales le necesitan, y otros le esperan, simplemente porque le quieren. Si algo provoca la fe auténtica es la salida de uno mismo, por amor, hacia el Otro i los otros, o sea,la Eucaristía.

Las razones por las quela Iglesiarecuerda la obligación de ir a Misa el domingo y fiestas señaladas son varias e importantes. Pero ninguna convencerá si antes no nos hemos situado desde la perspectiva de lo que es en síla Eucaristía, según la voluntad de Jesucristo yla Iglesiaintuyó desde el primer momento. Hace 1857 años San Justino escribía al emperador Antonino Pio explicándole cómo los cristianos celebrabanla Eucaristía:

“El día que se llama ‘del sol’ tiene lugar la reunión en un mismo sitio de todos los que habitan en la ciudad o en el campo. Se leen las memorias de los Apóstoles y los escritos de los profetas, tanto tiempo como es posible. Cuando el lector ha terminado, el que preside toma la palabra para incitar y exhortar a imitar tan bellas cosas. Luego nos levantamos y oramos por nosotros y por todos donde quiera que estén… Cuando termina, esta oración nos besamos unos a otros. Luego se lleva al que preside pan y una copa de agua y de vino mezclados. El presidente los toma y eleva alabanza y gloria al Padre del universo, por el nombre del Hijo y del Espíritu Santo y da gracias largamente porque hayamos sido juzgados dignos de estos dones… Cuando termina todo el pueblo pronuncia una aclamación diciendo ‘Amén’… Después los que entre nosotros se llaman diáconos distribuyen a todos los que están presentes pan, vino y agua “eucaristizados” y los llevan a los ausentes” (Apología 1,65) (Citado en al Catecismo de la Iglesia Católica n. 1345)

La belleza de este sencillo texto ya sería motivo para ir a misa el domingo.

 

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia.Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998.El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat.En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades.En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.