«El cuerpo del Señor, caridad que nos urge y regenera»

Mons. Adolfo González   Queridos diocesanos: 

La solemnidad del Corpus obliga este año a mirar con amor la obra de Caritas. Algunos han pretendido rebajar su alcance social y el esfuerzo que representa, quizá abochornados porque Caritas descubre los girones de una sociedad que en gran medida tiende hoy a concebir el bienestar más como fruto de unos derechos que como resultado del esfuerzo colectivo, moralmente sostenido por la honradez de la conducta y el cumplimiento del deber. Se han fomentado actitudes y formas de vida no siempre acordes con la dignidad de la persona, y no se han inculcado los deberes y el ejercicio de la justicia. Se ha ido así minando el cuerpo social en el que han hecho presa las consecuencias de un modo de entender la vida. 

Empecemos por decir que Caritas es la Iglesia Católica y aquellos que simpatizan con su obra caritativa y social, la mayoría de los cuales están también bautizados y no han realizado acto formal alguno de excluirse positivamente de la Iglesia. Después, conviene también decir que fundamentalmente Caritas es la obra de cada una de las comunidades parroquiales en las cuales está institucionalizada una delegación de Caritas diocesana, organismo de coordinación y orientación en el que se hallan presentes y bien representados los distintos parroquias y arciprestazgos, y los sectores y organismos de la Iglesia diocesana sobre los que recae su labor. El Obispo preside Caritas, por sí o por medio de un Delegado Episcopal, que le ayuda y le suple según qué funciones. La Caritas Nacional, y la Regional donde la hay, es siempre una instancia de coordinación, que ni suple ni puede suplir la acción de las Iglesias diocesanas. 

Caritas no se nutre con los millones de euros, muchos o pocos, que los obispos podamos aportar desde la Conferencia Episcopal. Los obispos, con sacerdotes, religiosos y fieles ponen el dinero que tiene Caritas en sus diócesis, animan e impulsan una obra que es de toda la Iglesia diocesana. Si Caritas concurre a algunas subvenciones de la administración central o regional, estas subvenciones ni cambian la naturaleza de Caritas ni la convierten en una terminal de la política social de las administraciones. 

Todo esto lo saben bien los ciudadanos y los beneficiarios de Caritas, a donde acuden tantos desempleados, familias y personas particulares en estado de necesidad, sobrevenida sobre una sociedad que reclama urgente regeneración moral. Causan escándalo los finiquitos de algunos ejecutivos bancarios, los blindajes de tantos directivos supuestamente servidores del cuerpo social, pero en realidad beneficiarios millonarios de las exhaustas arcas de ahorro. Ahora la opinión pública se lamenta del despilfarro y la inutilidad de obras supuestamente públicas, porque se han hecho de los muchos ahorradores, que enriquecieron a pocos pero arruinaron a los más. La promoción del materialismo como forma de vida y del placer sin ética en una feria de licencias que sólo otorga el relativismo como filosofía y visión del mundo tiene resultados hoy amargos para una gran parte de la sociedad, pero sobre todo para los más necesitados, que siempre son las que más sufren. 

La corrupción política como ocultamiento, bajo capa de bien público, de lo que en realidad es ejercicio no compartido del poder y acción privativa de los que se sirven de él para enriquecerse y nos ha llevado a la situación presente. Sin embargo, la regeneración social sólo podrá llegar, si se cambia la mente y el corazón de las personas y se vuelve a apreciar el bien común como criterio moral de participación en los beneficios de su ejercicio honrado. 

La solemnidad del Cuerpo y de la Sangre del Señor trae hasta nosotros las palabras de Jesús: “Yo soy el buen pastor. El buen pastor da la vida por sus ovejas” (Jn 10,11). La Eucaristía es el sacramento del sacrificio por amor de Jesús, ofrecido al Padre como entrega de la propia vida en beneficio de los hombres, “para que tenga vida y la tengan en abundancia” (Jn 10,10). Las calles y ciudades de nuestra geografía vuelven a contemplar en estos días el paso de la custodia con el Sacramento del Amor, que transforma el alimento básico del pan en alimento de vida eterna. Se unen así los alimentos de los que vive el ser humano: «este pan, fruto de la tierra y del trabajo del hombre», como reza el ofertorio de la Misa, y el pan del cielo, en el cual se convierte el pan de la tierra, para que alimente de forma imperecedera. Esta fusión de alimentos extiende la mesa de la vida eterna en la mesa de esta vida, para que la fe eucarística siga alimentando el cuerpo maltrecho de los hombres y regenerando la sociedad comida por el egoísmo materialista. 

Si entendemos este mensaje del Corpus, hemos de hacerlo vida empeñándonos todos en la regeneración de una sociedad que ha puesto a Dios entre paréntesis, y volviendo al cumplimiento de los mandamientos como única esperanza de paz social y de vida para todos. La acción de Caritas quiere ser humilde cumplimiento del mandato del Señor que recapitula  los mandamientos: «Amaos unos a otros como yo os he amado» (Jn 13,34). 

+Adolfo González Montes

Obispo de Almería

Mons. Adolfo González Montes
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MONSEÑOR ADOLFO GONZALEZ MONTES nació en Salamanca en 1946. Sacerdote desde 1972, ejerció su ministerio en la parroquia de Santo Tomás de Villanueva. Fue Capellán de la Universidad Pontificia de Salamanca, además de Director espiritual y miembro del equipo de formadores durante dos años del Colegio Mayor Santa María de Guadalupe, de dicha Universidad Pontificia. Doctor en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca, fue profesor y desde 1988 catedrático de Teología Fundamental. En 1997 fue nombre obispo de Ávila por Juan Pablo II. El 15 de abril de 2002 es nombrado Obispo de Almería y tomó posesión canónica de la diócesis el 7 de julio. En febrero de 2005 es elegido Presidente de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española, formando parte desde entonces de la Comisión Permanente de la misma. En la XCI Asamblea Plenaria celebrada del 3 al 7 de marzo de 2008 es reelegido Presidente de la misma Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales de la Conferencia Episcopal Española y miembro de su Comisión Permanente. El 2 de noviembre de 2005 fue elegido en la LXXXV Asamblea Plenaria de la CEE representante de la Conferencia Episcopal Española en la Comisión de Episcopados de la Comunidad Europea (COMECE), con sede en Bruselas.