El Arzobispo de Toledo recuerda en el Corpus Christi las exigencias de vida que brotan del Sacramento Eucarístico

El Arzobispo de Toledo, Monseñor Braulio Rodríguez, abordó en las dos exhortaciones que dirige tradicionalmente con ocasión del Corpus toledano los dos pilares que vertebran la espiritualidad de la jornada: la fe eucarística más allá de las apariencias y el amor fraterno como exigencia creyente.

El primer gran momento de la jornada fue la celebración de la Eucaristía en Rito Hispano Mozárabe, tal y como exige el calendario. La Catedral Primada estuvo colmada de fieles que querían participar en la Misa con ocasión de una jornada tan especial. Era numeroso también el número de clérigos que participaron en la celebración. Durante la homilía, el arzobispo primado subrayó la necesidad y la posibilidad de recibir «la presencia de lo real, la gracia de lo Eterno, otra experiencia de la existencia». Sin embargo, «¿cómo prepararnos para recibir esa luz de Dios que es la fe en la Eucaristía? Es necesario crear otros ojos y otra alma para poder sospechar otro mundo, para anhelar otro pan, superando nuestra gana de vegetar y nuestra inercia para vivir», aseguró el prelado. Es necesaria, a juicio del arzobispo toledano, otra actividad para poder recibir «la presencia de lo real y, sobre todo, la gracia de lo Eterno que, viniendo sobre nosotros, suscita otra experiencia de la existencia: de uno mismo, del prójimo y de Dios» Monseñor Rodríguez consideró esperanzadora la experiencia del pueblo cristiano, que puede ser que no sepa explicar el misterio de Cristo Eucaristía con razones muy precisas, pero hace algo más importante: «adora, muestra alegría cuando Cristo sale a nuestras plazas y calles toledanas, alza flores y saca sus mejores galas, adorna sus ventanas y balcones y aún sus calles con lo más rico que tiene», por que «saben los cristianos qué importante es manifestar la fe que se lleva dentro en el ámbito en el que vive habitualmente, fuera de los templos o lugares necesarios para ahondar en su fe por la celebración litúrgica», reconoció el prelado diocesano.

Algunas condiciones

Una vez puesta en marcha la tradicional procesión, acaso el momento más fervoroso de la jornada, se llegó a la célebre palaza de Zocodover, lugar en el que tradicionalmente se tiene un breve acto eucarístico y ocasión para una segunda alocución del Primado. El Arzobispo aprovechó la ocasión para enviar un mensaje claro a toda la comunidad eclesial que «desde antaño se ha destacado por sacar al Dios encarnado por sus preciosas calles y plazas». Don Braulio recordó que «nadie duda de que seamos dignos de participar del don y hermosura de Cristo, pero que el Señor nos pone algunas condiciones». El prelado recordó a los fieles hasta seis. Entre otras cosas el Primado recordó que hay que creer en la verdad de Cristo, «en la Verdad que es Cristo: se trata del desarrollo auténtico de la humanidad, de los hombres y mujeres que pueblan este mundo. Este no lo impulsan únicamente las fuerzas económicas o sociales, los planes diseñados sin alma, sin tener en cuenta la dignidad única de la persona humana» aseveró. Por otra parte, no vale decir que amamos a Dios, que Cristo nos interesa, «si no vemos su rostro en los empobrecidos, si no estamos preocupados por el sufrimiento concreto de la gente, si la caridad no llega a cambiar mi actitud con mi dinero, con mi tiempo, con mi esfuerzo por ser más justo».

Interés por la verdad

Monseñor Braulio Rodríguez se lamentó de que el mundo haya renunciado a la verdad, no le interese. «La verdad tantas veces no tiene relación con el negocio, o, mejor el negocio, el trabajo, la empresa, mi carrera no interesa que se confronte con la verdad: la verdad de las cosas, la verdad del hombre, la verdad de actividad política o social. ¿Cómo llegaremos a una auténtica humanidad, si huimos de la verdad?», se preguntó. Porque todos tenemos una enorme capacidad para engañarnos a nosotros mismo en tantos campos. «Sabemos o entrevemos por dónde había que ir o cómo hacer, pero nos refugiamos en opiniones para no actuar en conciencia. Sólo Jesús fue capaz de no ser engañado por el Padre de la mentira; Él es digno de fe. Quiere que seamos como Él», sentenció. Terminó el arzobispo retomando el asunto de la verdadera y real presencia de Cristo en el Sacramento. Adorar el Cuerpo de Cristo significa que en ese trozo de Pan, Cristo está realmente presente y da verdadero sentido a la vida». razón por la que, en la vida cristiana, la adoración no es un lujo, sino una prioridad. «En nuestra vida ruidosa y dispersiva, es más importante que nunca recuperar la capacidad de silencio interior», invitó el prelado.

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