Cuerpo que ilumina el alma

Mons. Braulio Rodríguez     Hoy, sobre el altar de la Catedral hemos celebrado y contemplado a nuestro Señor Jesucristo. Hoy, hemos sido alimentados con el carbón del fuego de su amor, a la sombra del cual cantan los coros angélicos. Hoy hemos oído la voz poderosa y suave a la vez que nos dice: “Este cuerpo quema los pecados e ilumina el alma de los hombres”, pues es Pan transmutado en el Cuerpo de Cristo, y es cáliz transformado en su sangre. A este Cuerpo se acercó la pecadora con todo el ardor de su alma, y fue liberada del barro de sus pecados. Este Cuerpo, lo tocó Tomás y lo reconoció exclamando: “Mi Señor y mi Dios”. El mismo Verbo de la Vida declaró: “Esta sangre ha sido derramada por vosotros y entregada para la remisión de los pecados”. Hemos bebido, hermanos míos, la sangre santa e inmortal; la sangre que fluyó del costado del Señor, que cura toda enfermedad, que libera todos los espíritus. Hemos bebido la sangre con la que hemos sido rescatados.

¡Mirad, hermanos, qué cuerpo hemos comido! Desde antaño el pueblo de Toledo se ha destacado por sacar al Dios encarnado por sus preciosas calles y plazas en la Custodia. Como en tantos lugares, el templo se ha quedado pequeño para tamaño misterio de la Eucaristía. Todos estamos aquí. Y nadie duda de que seamos dignos de participar del don y hermosura de Cristo. Pero el Señor nos pone algunas condiciones; siempre lo ha hecho: lo vemos en las parábolas que Jesús narró para invitar a entrar en la sala del banquete que Dios ha preparado a sus hijos: hay que aceptar la invitación, hay que ir con el traje de boda. Quisiera, ante Ti, Señor Sacramentado, comprender y hacer comprender las condiciones que Tú nos pones para disfrutar de tu Presencia en la Eucaristía:

1.- La caridad en la verdad, de la que Jesucristo se ha hecho testigo con su vida terrenal y, sobre todo, con su muerte y resurrección, es la principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad (Car. In Ver. 1). Hay que creer en la verdad de Cristo, en la Verdad que es Cristo. No estamos ante palabras desvaídas o sin contenido: se trata del desarrollo auténtico de la humanidad, de los hombres y mujeres que pueblan este mundo. Este no lo impulsan únicamente las fuerzas económicas o sociales, los planes diseñados sin alma, sin tener en cuenta la dignidad única de la persona humana.

2.- El amor –“caritas”- es una fuerza extraordinaria, que mueve a las personas a comprometerse con valentía y generosidad en el campo de la justicia y de la paz. Es una fuerza que tiene su origen en Dios, Amor eterno y Verdad absoluta. (Ibid. nº 1). ¿Cómo vamos a tener fuerza para resolver los problemas humanos, si los cristianos –por supuesto, también los no cristianos- no contamos con Dios y nos creemos los dueños absolutos de nuestras personas? La condición en este caso es creer que Cristo vale para vivir una existencia digna del ser humano; no es un personaje más, del que tomo ideas: o estamos con Él o contra Él.

3.- Jesucristo purifica y libera de nuestras limitaciones humanas la búsqueda del amor y la verdad, y nos desvela plenamente la iniciativa de amor y el proyecto de vida verdadera que Dios ha preparado para nosotros. En Cristo, la caridad en la verdad se convierte en el Rostro de su Persona, en una vocación de amar a nuestros hermanos en la verdad de su proyecto. (Ibid. nº1) No vale decir que amamos a Dios, que Cristo nos interesa, si no vemos su rostro en los empobrecidos, si no estamos preocupados por el sufrimiento concreto de la gente, si la caridad no llega a cambiar mi actitud con mi dinero, con mi tiempo, con mi esfuerzo por ser más justo.

4.- Por esta estrecha relación con la verdad, se puede reconocer a la caridad como expresión auténtica de humanidad y como elemento de importancia fundamental en las relaciones humanas, también las de carácter público. Sólo en la verdad resplandece la caridad y puede ser vivida auténticamente. (Ibid. nº 3).
El mundo ha renunciado a la verdad, no le interesa. La verdad tantas veces no tiene relación con el negocio, o, mejor el negocio, el trabajo, la empresa, mi carrera no interesa que se confronte con la verdad: la verdad de las cosas, la verdad del hombre, la verdad de actividad política o social. ¿Cómo llegaremos a una auténtica humanidad, si huimos de la verdad?

5.- Sin verdad, la caridad cae en mero sentimentalismo. El amor se convierte en un envoltorio vacío que se llena arbitrariamente. Este es el riesgo fatal del amor en una cultura sin verdad. Es presa fácil de las emociones y las opiniones contingentes de los sujetos, una palabra de la que se abusa y que se distorsiona, terminando por significar lo contrario. (Ibid., nº 3). Todos tenemos una enorme capacidad para engañarnos a nosotros mismo en tantos campos. Sabemos o entrevemos por dónde había que ir o cómo hacer, pero nos refugiamos en opiniones para no actuar en conciencia. Sólo Jesús fue capaz de no ser engañado por el Padre de la mentira; Él es veraz y digno de fe. Quiere que seamos como Él.

6.- Sólo con la caridad, iluminada por la luz de la razón y de la fe, es posible conseguir objetivos de desarrollo con un carácter más humano y humanizador. El compartir los bienes y recursos, de lo que proviene el auténtico desarrollo, no se asegura sólo con el progreso técnico y con meras relaciones de conveniencia, sino con la fuerza del amor que vence al mal con el bien (cf. Rom 12,21) y abre la conciencia del ser humano a relaciones recíprocas de libertad y de responsabilidad. (Ibid. nº 9). Al terminar de hablar de Ti, Señor sacramentado, en esta mañana en que te acompañamos colocado en la Custodia, signo de amor y respeto a su Santo Cuerpo y Sangre, quisiera recordarme a mí y recordar a cuantos formamos esta procesión por nuestras calles que los cristianos sólo nos arrodillamos ante Dios o ante este Santísimo Sacramento porque sabemos y creemos que el verdadero Dios está presente en él; el Dios que creó el mundo y que tanto lo amó que le dio a su Hijo Unigénito.

Nos postramos ante un Dios que primero se inclinó hacia el hombre como Buen samaritano para asistirlo y restaurar su vida, y que se arrodilló ante nosotros para lavarnos nuestros pies sucios. Adorar el Cuerpo de Cristo significa que allí, en ese trozo de Pan, Cristo está realmente presente y da verdadero sentido a la vida, al inmenso universo como a la más pequeña criatura, al total de la historia humana como a la más pobre existencia. La adoración no es un lujo, sino una prioridad. En la vida de hoy, a menudo ruidosa y dispersiva, es más importante que nunca recuperar la capacidad de silencio interior y del recogimiento. Como dijo san Agustín: “Nadie come de esta carne sin antes adorarla (…), pecaríamos si no la adoramos” (Citado por Benedicto XVI en Sacramentum caritatis, 66).

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.