Para el Cardenal Rouco el hombre que no es capaz de dar gloria a Dios no encontrará nunca el camino para salir de la crisis que vivimos

El Arzobispo de Madrid, Cardenal Antonio Mª Rouco Varela, ha presidido una Misa con motivo de la celebración de la Fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote, Jornada de Santificación Sacerdotal, ayer jueves 7 de junio. Como viene siendo tradicional, la Misa se ha celebrado en el claustro del Monasterio de las HH. Oblatas de Cristo Sacerdote. En ella han concelebrado los Obispos Auxiliares de Madrid monseñor César Franco y monseñor Fidel Herráez, y más de 200 sacerdotes.

En su homilía, el Cardenal ha recordado que la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote comienza “con una profesión de fe clara, en que el Hijo único fue hecho por el Padre, constituido como Sumo y Eterno Sacerdote para la gloria de Dios y para la salvación del género humano. A esa confesión de fe se añade una oración, que es la de que los sacerdotes, los que ejercen el ministerio sacerdotal, ejerzan su ministerio dispensadores de los misterios divinos fielmente y fructuosamente”.

En este sentido, ha señalado que “proclamar la fe en Jesucristo, Sumo y Eterno Sacerdote, implica tomar conciencia de que sólo Él podía dar la gloria que Dios se merece por parte del hombre y la gloria que el hombre necesitaba para poder completar su salvación o vivir salvado”. Es más, “si no asumiese la carne del hombre al Hijo de Dios, el hombre no podría disfrutar de la gloria de Dios y su gloria no tendría lugar nunca”. “Por eso, era preciso que el Hijo de Dios se constituyese en mediador del hombre para que el hombre pudiera dar gloria a Dios y participar y gozar de esa gloria”.

En referencia a las lecturas proclamadas, ha dicho que “si el hombre no es capaz de vivir su vocación a través del camino y la peregrinación de este mundo, de modo que un día pueda ser partícipe eterno de la gloria de Dios, tampoco conseguirá la salvación”.

“El sacerdocio ministerial se convierte así en un servicio del Cristo Sumo y Eterno sacerdote para que el hombre pueda dar gloria a Dios, pueda vivir en la condición de víctima y ofrenda y así salvarse, y pueda quedar salvado el género humano. Esta doctrina, si hoy la proclamamos en términos abstractos, especulativos o teológicos, a una comunidad de fieles muy acuciados y angustiados por la situación crítica en la que viven -por su familia, o la misma Iglesia, entre los ataques y tentaciones a las que muchas veces es sometida- terminan indicando que los caminos y los objetivos temporales son los que valen la pena y hay que solucionar los problemas que nos acucian como sea”.

Para el Cardenal, “en la raíz de los grandes males de la historia contemporánea está el hombre que no es capaz de dar gloria a Dios” y así, “no encontrará nunca el camino para salir de la crisis en la que vivimos: la crisis de humanidad, de solidaridad y de paz”.

Por tanto, la fiesta de Jesucristo Sumo y Eterno Sacerdote “nos invita a nosotros mismos, sobre todo a los sacerdotes, y a todos los fieles, a reconsiderar y a renovar en nuestra conciencia, nuestra vida y nuestro ministerio, el saber que lo principal y más eficaz que podemos prestar y dar a la Iglesia y al hombre es ayudarle de nuevo a saber dar gloria a Dios; ayudarle con nuestras palabras, con el cuidado exquisito de la dispensación de los santos misterios”. “Vivir y convivir con ellos en esa actitud de entrega y de donación de nuestra vida, yendo por delante ,como fue Él y como sigue yendo en el gozo eterno de la gloria del Padre, en la comunión del Espíritu Santo, colocándose próximo, cercano, incansablemente, por el bien de todos los que nos han sido confiados”. Y es que “el ministerio sacerdotal que al final, pastoralmente, no termina en esa relación concreta, personal, cercana con las familias, con los que sufren, queda en pura teoría o en agitación sociopolítica”.

También ha hecho referencia al “venerable José María”, enterrado en el Monasterio de las Oblatas, que “alentó a muchos sacerdotes y a la Iglesia entera a través de su magisterio y su servicio a valorar el sacerdocio, a respetarlo, promoverlo y vivirlo con esa hondura que la fiesta y su liturgia nos transmite”. Y ha concluido encomendando la oración a la Virgen, porque “se puede evangelizar de nuevo, si lo hacemos de una forma auténticamente sacerdotal y se pueden conseguir frutos también de renovación, incluso en los aspectos temporales de la vida si nosotros ejercemos nuestro sacerdocio como ministros suyos”.

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