Haced esto en conmemoración mía (Lc 22,19)

Mons. Mario Iceta      1. Una vez concluido el tiempo de Pascua, la fiesta del Cuerpo y Sangre del Señor vuelve a alegrar a la Iglesia y las calles de nuestros pueblos y ciudades con la presencia de Jesús Sacramentado. El día del Corpus nos invita a agradecer el don tan gran de que Dios nos ha hecho quedándose sacramentalmente en la Eucaristía. No ha querido dejarnos un recuerdo, un escrito, una imagen. Se ha quedado personalmente para siempre. Se ha hecho realidad su promesa: “Yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28, 20). 

2. “La Santísima Eucaristía es el don que Jesucristo hace de sí mismo, revelándonos el amor infinito de Dios por cada hombre. En este admirable Sacramento se manifiesta el amor «más grande», aquel que impulsa a dar la vida por los propios amigos” (SC, 1). Con estas palabras, el Santo Padre nos recuerda el secreto más profundo de la Eucaristía. Es el don de Jesucristo. Una vida, un Cuerpo que se nos entrega; una Sangre que se derrama por nosotros y nos purifica radicalmente; un banquete sagrado, donde Cristo –qué locura- nos sienta a la mesa nupcial, nos lava los pies y nos sirve su propio Cuerpo; una presencia de un amor infinito. Como ese mismo texto nos dice, la Eucaristía nos transforma de modo que ahora nosotros podemos ser don para los demás, entrega al prójimo. Por eso el día del Cuerpo y Sangre del Señor celebramos también el día de la caridad, del amor fraterno: “Haced esto en conmemoración mía”, es decir, que vuestra vida sea una imitación de la mía, que también vosotros os entreguéis y así me haréis presente en medio del mundo.

3. Pero esta expresión, “haced esto en conmemoración mía”, tiene así mismo otro profundo significado: a los apóstoles les manda perpetuar esa misma acción que aquella noche memorable hizo con ellos. Debéis celebrar este memorial, este banquete sagrado, hasta que Yo vuelva. E instituye para la Iglesia el sacerdocio ministerial, la constitución y el encargo de quienes deben repartir para siempre su Cuerpo y su Sangre. Es un segundo don inmenso que aquella noche el Señor nos hizo. Nos regaló el sacerdocio ministerial. Bien sabemos que Jesucristo es el único, Sumo y Eterno sacerdote. Pero Él ha llamado, como dice el prefacio de las ordenaciones, “con amor de hermano a hombres de este pueblo para que, por la imposición de las manos participen de su sagrada misión. Ellos renuevan en nombre de Cristo el sacrificio de la redención, preparan a tus hijos el banquete pascual, presiden a tu pueblo santo en el amor, lo alimentan con tu Palabra y lo fortalecen con los sacramentos”. 

4. El domingo 24 de este mes tendré el gozo de ordenar presbíteros a tres jóvenes de nuestra Iglesia diocesana. Qué regalo tan grande nos hace el Señor. Os pido que recéis por ellos, para que se haga realidad en sus vidas lo que diremos en el prefacio de la Misa: que tus sacerdotes den Señor, a Ti y a nosotros, testimonio constante de fidelidad y amor. En último término, el fundamento del ministerio sacerdotal es, como decía San Agustín, la del “amoris officium”, un oficio de amor, una vocación para amar sin límites. También os ruego que pidáis al Señor nuevas vocaciones al ministerio presbiteral. Si no hay sacerdotes no hay Eucaristía, y si no hay Eucaristía, no hay Iglesia. La Eucaristía constituye la Iglesia y es el centro y culmen de la vida cristiana. Sin ella, como decían los mártires de Cartago, no podemos vivir. Y nuestra Iglesia diocesana se ve muy necesitada de sacerdotes. Os pido que diariamente y con insistencia “roguéis al dueño de la mies que envíe trabajadores a su mies” (Mt 9, 38). 

5. También quisiera agradecer a Dios el don que supone para nuestra Iglesia particular el ministerio de los diáconos permanentes, instituido en la diócesis hace pocos años. El domingo 17 tendré el gozo de ordenar un nuevo diácono permanente. Ellos hacen presente ministerialmente a Jesucristo servidor de todos. Es un ministerio que va tomando cuerpo en nuestra Iglesia, con la presencia en este momento de varios candidatos que se preparan a recibir este primer grado del sacramento del orden. Recemos también por ellos. Que su ministerio nos estimule siempre a ser servidores, a dar nuestra vida por los hermanos, a servir de modo particular a los más necesitados y empobrecidos de nuestra sociedad. 

6. Por último, permitidme que recuerde a la Vida Consagrada, cuya memoria celebraremos el domingo de la Santísima Trinidad. Nuestros monasterios de clausura son como faros y centinelas en la noche. En un mundo que tantas veces nos sumerge en las prisas, stress, inmediatez, resultados… la vida contemplativa nos ayuda a mirar al cielo, a ver el sentido de eternidad de las cosas, a darnos cuenta que María, la hermana de Marta, escogió la mejor parte. Las monjas y monjes de clausura presentan a Dios nuestras necesidades y continuamente rezan por nosotros. Que también nosotros recemos por ellos y los ayudemos en sus necesidades. Que sean siempre esa Betania, lugar de encuentro entre Dios y la humanidad, oasis para reconstruir nuestra espiritualidad y encontrar sentido a nuestra vida. 

7. Que paséis un gozoso tiempo de verano, en compañía de Dios y de vuestros seres queridos, ayudando constantemente a quienes más nos necesitan. Con afecto. 

+ Mario Iceta Gabicagogeascoa

Obispo de Bilbao

 

Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa
Acerca de Mons. Mario Iceta Gabicagogeascoa 61 Artículos
Es Doctor en Medicina y Cirugía por la Universidad de Navarra (1995), con una tesis doctoral sobre Bioética y Ética Médica. Es Doctor en Teología por el Instituto Juan Pablo II para el estudio sobre el Matrimonio y Familia de Roma (2002) con una tesis sobre Moral fundamental. Es Master en Economía por la Fundación Universidad Empresa de Madrid y la Universidad Nacional de Educación a Distancia de Madrid (2004) y miembro correspondiente de la Real Academia de Córdoba en su sección de Ciencias morales, políticas y sociales desde 2004. Así mismo es miembro de la Academia de Ciencias Médicas de Bilbao desde junio de 2008. Fundador de la Sociedad Andaluza de Investigación Bioética (Córdoba, 1993) y de la revista especializada Bioética y Ciencias de la Salud (1993). Ha participado como ponente en diferentes cursos y conferencias de Bioética tanto en España como en el extranjero y posee numerosos artículos en revistas especializadas en Bioética y Teología Moral, así como colaboraciones en diversas publicaciones y diccionarios. Entre sus publicaciones destacan: Futilidad y toma de decisiones en Medicina Paliativa (1997), La moral cristiana habita en la Iglesia (2004), Nos casamos, curso de preparación al Matrimonio (obra en colaboración, 2005). En el campo de la docencia ha ejercido como profesor de Religión en Educación Secundaria (1994-1997); Profesor de Teología de los Sacramentos, Liturgia y Canto Litúrgico en el Seminario Diocesano de Córdoba (1994-1997); Profesor de Moral fundamental y de Moral de la Persona y Bioética en el mismo Seminario, así como en el Instituto Superior de Ciencias Religiosas de la Diócesis (2002-2008). Profesor asociado de Teología Moral fundamental y Bioética en la Facultad de Teología de la Universidad de Navarra desde 2004 hasta la actualidad. Por último, también pertenece a la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española.