Poner al mundo en oración

Mons. Braulio Rodríguez     He leído algo muy hermoso a propósito de los monasterios de contemplativos: “Es necesario suplir el silencio mudo de los corazones con el silencio vibrante de los que oran sin descanso. Es preciso llenar los espacios que han quedado vacíos de la memoria de Dios con el murmullo incesante de las voces que cantan y musitan la gloria del Dios eterno; rodear el mundo de una laus perennis, de una atmófera de alabanza, de bendición y de gloria del Señor, de manera que nos cese la alabanza que procede de nuestras bocas (cf. Jdt 13,25), y todos perciban que los cielos y la tierra están llenos de la majestad de su gloria (Himno Te Deum)”.

Algo parecido a este pensamiento precedente expresó Benedicto XVI, en el mensaje para la Jornada de comunicaciones sociales de este mismo año: “No sorprende que en las distintas tradiciones religiosas, la soledad y el silencio sean espacios privilegiados para ayudar a las personas a reencontrarse consigo mismas y con la Verdad que da sentido a todas las cosas. El Dios de la revelación bíblica habla también sin palabras (…) Si Dios habla al hombre también en el silencio, el hombre igualmente descubre en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios. Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra redentora”.

He aquí una de las razones poderosas para la existencia de la vida contemplativa en la Iglesia: silencio para orar, silencio para escuchar la Palabra, silencio para mejor alabar y llenar el vacío del ser humano sin Dios o alejado de Él. Pero, ahora que acabo de hacer una visita más espaciada a los monasterios de monjas de la ciudad de Toledo, en la visita pastoral, ha caído en la cuenta mejor del peligro que corren estos monasterios por falta de Hermanas contemplativas. Y me pregunto, al llegar al fiesta de la Trinidad, Jornada “Pro Orantibus”, ¿de veras estimamos la vocación de estas monjas? ¿Podemos hacer algo más por ellas y su vida “escondida en Cristo”? Espero que no seamos de los que dicen que la solución a la existencia de tan pocas vocaciones al Claustro es sencillamente que salgan, que no estén tan “encerradas”, que hagan algo que se vea, “algo de provecho”. Los contemplativos no necesitan recorrer los caminos del mundo, como los misioneros y los apóstoles.

Los que tenemos que llevar a cabo la nueva evangelización, los que tenemos que crear nuevas posibilidades para que sea posible una buena Iniciación cristiana, los que tenemos que ayudar a las familias en peligro de disgregación o de alejarlas de una vida sin sentido, necesitamos que nuestras monjas contemplativas contemplen a Dios y lo irradien. La irradiación, que procedía de los monasterios, fue el secreto y el instrumento de la primera evangelización de Europa. Nosotros aprendimos de ellos la orientación de la vida y de su cultura hacia Dios. Y ahora nuestra sociedad no está en esa dirección.

¿Cómo ayudar a nuestras monjas? Hay muchas maneras, pero nuestra ayuda ha de ser permitirlas ser monjas contemplativas, acercarse a ellas, conocerlas, sabe cómo viven y cómo son luz. ¡Estamos tan lejos de ellas, aunque vivan en nuestras calles, junto a nosotros! ¿Y la falta de vocaciones? Es expresión de lo que la comunidad cristiana vive hoy: un ansia de informaciones y no de la Verdad. Ellas en el silencio sienten cómo hablan la alegría, las preocupaciones, el sufrimiento. Del silencio, pues, brota una comunicación más exigente todavía. Pero nuestras jóvenes cristianas no saben qué hacer en el silencio, en la aparente pérdida de tiempo en escuchar a Cristo, el Verbo de Dios, en el Hijo de Dios que se revela también en su Cruz, en ese silencio impresionante de la Cruz, que habla, sin embargo, de la elocuencia del amor vivido por Cristo hasta el don supremos de su vida por nosotros. Y nuestras Hermanas contemplativas, como María, “escuchan y hacen florecer la Palabra”.

Algo tienen que cambiar en la comunidad cristiana respecto al aprecio verdadero a la vida que las Hermanas llevan en nuestros monasterios. Son 41 en la Archidiócesis. Las necesitamos, porque “el mundo de hoy necesitan personas que hablen a Dios para poder hablar de Dios (…) Solo a través de hombres y mujeres modelados por la presencia de Dios, la Palabra de Dios continuará su camino en el mundo dando sus frutos” (Benedicto XVI, Nuevos Evangelizadores para la Nueva Evangelización, 2011.10.16). 

+Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
Acerca de Mons. Braulio Rodríguez 298 Artículos
Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.