Evocación emotiva del Sínodo Pacense de 1992 por el Arzobispo emérito monseñor Antonio Montero

+ Antonio Montero Moreno, Arzobispo Emérito Mérida-Badajoz

Con grato recuerdo y, a qué negarlo, con viva emoción, celebro hoy en Santa Eulalia, invitado por mi hermano y sucesor Don Santiago, el vigésimo aniversario de la clausura del Sínodo Pacense de 1992, en el mismo escenario que nos remite a los orígenes cristianos, martiriales y patrísticos de la Iglesia metropolitana de Augusta Emérita. Un Sínodo de renovación conciliar, con las ventanas abiertas al mundo y al mañana, hinca también sus raíces en la tradición bimilenaria de la Iglesia.

El Concilio de Trento, que salvaguardó de la ruptura protestante a la mayor parte de la Cristiandad de su época, llevó a cabo la magna empresa de la Reforma Católica, mediante los Sínodos diocesanos que afianzaron durante siglos la recta doctrina del clero y del pueblo cristiano. Nuestra diócesis de Badajoz, rescatada del dominio musulmán y de la dependencia de la Orden Santiaguista, inició su andadura, en 1255, con un Sínodo convocado por su primer obispo, Fray Pedro Pérez, del que salió un Programa pastoral en toda regla.

El historial de sus sucesores registra otros seis sínodos diocesanos con el nombre del obispo respectivo, en los tres siglos anteriores al Concilio de Trento; a raíz del cual, en su breve pontificado, San Juan de Ribera, ejemplar en esto como en todo, celebró sendos sínodos de Reforma en 1567 y 68, con notables frutos pastorales. Siguiendo su ejemplo, llevaron a efecto sus propios sínodos otros cuatro titulares de la Sede, el último Fray Francisco de Roys y Mendoza en febrero de 1671. Por cierto, que un facsimil de su Promulgación y su Escudo, figura en la contraportada del volumen de nuestro Sínodo pacense. Entre ambos transcurre un vacío de más de tres siglos. Un fenómeno similar al de Trento se repitió en el último tercio del siglo XX, con un serial de sínodos diocesanos en todo el mapa católico. No ya en clave de Contrarreforma, sino de apertura ecuménica a los Hermanos separados, a las demás religiones y al mundo de la increencia.

Hablando, con dispensa, en primera persona, tuve la gracia y la oportunidad de asistir, como cronista de Ecclesia, a la grandiosa clausura del Concilio, el día de la Inmaculada de 1965. Ese mismo día por la tarde supe en el Colegio español que el Cardenal Bueno Monreal había dicho a sus colegiales de Sevilla que, apenas volviera a la diócesis, anunciaría -como así lo hizo- la celebración de un Sínodo para la aplicación del Concilio. (Ni él ni yo podíamos saber que, cuatro años más tarde, sería yo su Obispo auxiliar y su brazo derecho para llevar a buen puerto aquella arriesgada empresa. Y, menos aún, podía yo intuir que veinticuatro años después pilotaría yo otro sínodo conciliar, como Obispo de Badajoz).

Calculo, aunque sin datos exactos, que en el periodo finisecular se celebraron en España una veintena de sínodos como el nuestro, ninguno de los cuales podía atenerse al modelo clásico postridentino, porque sus miembros eran exclusivamente clérigos: Canónigos, Arciprestes, Doctores del Seminario y Superiores mayores religiosos. El Obispo, único legislador (aunque siempre lo sea) preparaba los Decretos, ayudado por expertos de su confianza y presentaba sus Artículos o Cánones, preceptivos o prohibitivos, al Voto ritual y unánime de los Padres sinodales, en una solemne ceremonia religiosa. Esta era de suyo una legislación episcopal de mayor entidad, que produjo en la época postridentina efectos muy positivos en el gobierno de la Iglesia.

No existe, que yo sepa, un modelo idéntico de sínodos diocesanos posteriores al Vaticano II; pero sí está comprobado que todos ellos han convertido este instrumento pastoral en unas grandes y duraderas Asambleas de todos los estamentos de la Iglesia, con estrecha comunión entre sí: Obispo, clero parroquial, vida consagrada, hombres y mujeres, casados o célibes, jóvenes ellos y ellas; todos a la búsqueda de nuevos caminos de vida cristiana y de evangelización. No estoy hablando de utopías ni de movimientos asamblearios, emocionales y acéfalos, sino de Encuentros de fe y de comunión, donde el obispo es el Obispo, los curas son sacerdotes y los laicos son christifideles del pueblo de Dios.

Por lo que yo conozco, al menos en España, los sínodos de referencia han logrado un alto índice de aceptación y de influencia en las diócesis respectivas. A mi modo de ver, merecerían una o varias tesis doctorales. Y, por lo que toca a la nuestra, no soy yo a ojos vista el más indicado para justipreciar sus logros y resultados. Dejo ese cometido a las otras firmas autorizadas que comentan su aniversario en estas páginas. Me limito, pues, después de haber diseñado su marco histórico eclesial, a hojear nuevamente y por encima, con muy breves comentarios las trescientas páginas de su cuidado volumen y las doscientas setenta y seis Propuestas que aprobé hace ahora veinte años.

Ya en la portada del libro me salen al paso, junto a la imagen catedralicia de San Juan Bautista, a guisa de subtitulo, estos cuatro enunciados emblemáticos: Anunciar la Palabra, Celebrar la Fe, Vivir en Comunión y Servir a los hombres, que se reparten por igual los grandes Documentos del Sínodo, con sabor netamente conciliar; y que, sin ser enciclopédicos, encarnan una visión integradora de la vida cristiana. Cada cual se bifurca a su vez en dos mitades, una, la Introducción teológica y la otra las Propuestas operativas; para que lo que prescribe la diócesis esté fundado en la Palabra de Dios y encaminado al bien concreto de la Iglesia o de la sociedad. Así cabría comentar todos los argumentos de tan vasto programa, a lo que evidentemente renuncio.

El desarrollo temporal y temático de los tres años sinodales se atuvo también a su propia trilogía: Primera fase (del 19 del noviembre del 89, al 7 de enero del 90), en el periodo presinodal, Exploración y Consulta, dirigida a la Comunidad diocesana con un cuaderno de preguntas sobre las necesidades humanas y religiosas de su ambiente, las aspiraciones de mejora y reforma en el pueblo cristiano y las llamadas de Dios a la Iglesia a través del Concilio y los Prelados diocesanos.

La encuesta obtuvo treinta y tres mil respuestas personales y escritas, que requería cada una varias horas de trabajo. Se hizo una edición de ciento ocho páginas y sus textos explicativos quedaron en el Archivo episcopal. El recuento de los resultados se llevó a cabo manualmente en cada parroquia, con tardes y tardes de trabajo de feligreses voluntarios, que quedaron implicados en el espíritu y proyectos del sínodo.

Segunda fase, (desde enero del 90 hasta noviembre del 91) Reflexión y Diálogo, la de huellas más profundas en la diócesis; a cargo de 8.500 personas, que se inscribieron en los grupos sinodales de trabajo, con reuniones semanales durante los dos años siguientes de estudio, vivencia y comunicación con las comisiones zonales y diocesanas, que preparaban los borradores de las deliberaciones finales.

Tercera fase, Debate y Decisión, a cargo de los 468 delegados, elegidos en la diócesis con arreglo al Estatuto episcopal del Sínodo. Constaba de 234 laicos (50%), 164 sacerdotes y 60 religiosos y religiosas; 269 hombres y 187 mujeres. Las sesiones se ubicaron en la capilla, salones y aulas del Colegio de la Compañía de María en Badajoz, en los días 20-21 de marzo, 3-4 y 24-25 de abril, 8-9 y 22-23 de mayo de 1992. Y la Clausura solemne, en la Iglesia de Santa Eulalia, que hoy conmemoramos, el 5 de junio, con la asistencia de Monseñor Antoniutti, Nuncio de su Santidad.

En el volumen que recoge fielmente todos los datos de este acontecimiento eclesial hay un apartado, titulado Nomenclator, con tres páginas de nombres propios de los más señalados artífices del Evento y se silencian con dolor millares de nombres meritorios, que Dios tiene en su agenda.

Tengo el deber de dejar constancia de su Secretario General Don Amadeo Rodríguez Magro, hoy Obispo de Plasencia, aquí presente, y del Secretario Técnico Don Mateo Blanco Cotano, que dejaron en este empeño lo mejor de sí mismos. Mil gracias a ellos y miles de perdones a los demás

+ Antonio Montero Moreno, Arzobispo Emérito

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