El Arzobispo de Mérida-Badajoz recuerda que la Iglesia siempre es la misma y siempre es nueva en el aniversario del Sínodo diocesano

DEL AYER AL MAÑANA EN UN HOY PERMANENTE

La Iglesia siempre es la misma y siempre es nueva

Monseñor Santiago García Aracil. Arzobispo de Mérida-Badajoz

Vamos a celebrar el vigésimo aniversario de la clausura del Sínodo diocesano que concluyó en Octubre de 1992. Esta efeméride coincide con el quincuagésimo aniversario de la convocatoria del Concilio Ecuménico Vaticano II.

El sínodo supuso la reunión de los miembros de la entonces Diócesis de Badajoz, debidamente representados, para reflexionar, para dialogar y para hacer propuestas en torno a la identidad y la misión de la Iglesia universal, y a la forma de cumplir el cometido que le corresponde como Diócesis concreta o Iglesia particular.

Todo Sínodo, pretende siempre la reafirmación de las personas y de las comunidades cristianas en las realidades fundamentales sobre las que se sostiene la Iglesia; el descubrimiento de nuevas formas de acercamiento al mensaje de Jesucristo para entender lo fundamental y permanente ; y la propuesta de aquello que debe contribuir a renovar en lo necesario la acción pastoral y apostólica de la diócesis como expresión del pueblo de Dios en marcha.

El Sínodo, como esfuerzo compartido para avanzar en la aplicación del Concilio
Vaticano II en nuestra Diócesis, no podía tener objetivos desconexos de los que motivaron
aquella Asamblea universal de los Pastores de la Iglesia Una, Santa, Católica y Apostólica. La intención y las metas que motivaron la convocatoria de este providencial Concilio ecuménico, fueron expuestas por el Papa Juan XXIII en el discurso de convocatoria. Decía: “La Iglesia ve en nuestros días que la convivencia de los hombres, gravemente perturbada, tiende a un gran cambio. Y cuando la comunidad de los hombres es llevada a un nuevo orden, la Iglesia tiene ante sí una tarea inmensa, tal como hemos aprendido que sucedió en las pocas más trágicas de la historia”.

De esta afirmación se deduce muy claramente que el objetivo principal de los trabajos conciliares era iluminar la mente de los hombres y ayudar a las personas y a las estructuras a encontrar su sentido, y a desarrollar su función de acuerdo con la verdad, obrando en justicia, y procurando el desarrollo integral del hombre para la transformación del mundo. El Concilio pretendía iluminar el camino y contribuir a la recta ordenación de los quecha eres humanos ; y ello, desde la fidelidad al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo. Sólo Él pudo afirmar de sí mismo y con toda veracidad: “Yo soy la luz del mundo; quien me sigue n o anda en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida”.

El Concilio pedía, por tanto, la actualización de las formas de proceder de la Iglesia manteniendo las esencias que son propias de su identidad, inalterable por voluntad de Jesucristo su fundador. De este modo la Iglesia es siempre la misma y siempre nueva; y acerca a las gentes de nuestro tiempo la riqueza de la identidad, de la misión y de la salvación que le regaló y que le encomendó el Señor.

El cometido del Sínodo, en la línea del Concilio, debía ayudar a conocer la realidad profunda y auténtica de la Iglesia universal y única; a procurar que, en adelante, nuestra Iglesia particular o Diócesis se presentara con claridad como signo y presencia de la Iglesia universal; a establecer los auxilios necesarios para incrementar, en esta porción del Pueblo de Dios, la Comunión constitutiva de la Iglesia; a estimular y orientar el celo apostólico y pastoral de sus miembros; y a sembrar y cultivar el justo sentido de fraternidad esperanzada con las Iglesias separadas.

El Obispo, a la sazón D. Antonio Montero, resumía todo esto diciendo en la presentación escrita del volumen en el que se presentó a los fieles el trabajo sinodal: “sin querer decirlo todo, n os propusimos, no obstante, incluir en el programa un tratamiento global de la misión de la Iglesia y de la vida cristiana”.

Al celebrar el vigésimo aniversario de nuestro último Sínodo queremos invitar a todos los fieles cristianos de la actual Archidiócesis de Mérida-Badajoz a dar gracias a Dios por haber podido llevar a cabo los trabajos sinodales según las directrices del Concilio Ecuménico Vaticano II. Al mismo tiempo, queremos volver la mirada atenta sobre las reflexiones doctrinales y sobre las proposiciones operativas en que se resumen los trabajos y experiencias de quienes participaron activamente en el proceso sinodal. Finalmente deseamos que la memoria de lo que fue se convierta en estímulo para lo que debe ser en adelante. La Iglesia, unida a Jesucristo, une el pasado y el futuro en el presente de todos los tiempos y de todos los días, poniendo en el Señor la fe, procurando la fidelidad a la Gracia de Dios, y correspondiendo, con generosidad apostólica, a la confianza que Jesucristo ha depositado en cada uno de nosotros y en cada comunidad cristiana para colaborar con Él en la obra de la salvación.

Desde estas líneas os invito encarecidamente a que no escatiméis esfuerzos para participar en las actividades, sencillas y asequibles a la mayor parte de fieles, y de las que iréis teniendo noticia precisa a través de las respectivas parroquias.

Ahora quiero destacar la celebración de la solemne Eucaristía, que celebraremos el día 2 de Junio, para dar gracias al Señor por el Sínodo realizado; y para suplicarle que nos conceda la luz y la generosidad que necesitaremos en el camino de una pastoral y de un apostolado entusiasta y renovado.

La celebración de la Eucaristía de Acción de Gracias tendrá lugar en Mérida y en el Templo parroquial de Santa Eulalia, donde fue clausurado el Sínodo en 1992.

Allí os esperamos con ilusión y con alegría.

Santiago. Arzobispo de Mérida-Badajoz

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