El Espíritu de Pentecostés en sus siete dones

Mons. Ángel Rubio     Al llegar el día de Pentecostés estaban todos reunidos en el mismo lugar (Hechos 2,1) y hubo dos signos, el primero perceptible al oído: “ruido del cielo”. El segundo perceptible a la vista: “vieron aparecer lenguas de fuego”. La realidad ni se oye ni se ve: “se llenaron del Espíritu Santo y comenzaron a hablar en diversas lenguas”. 

Las maravillas de Dios en nuestra propia lengua. Los dones de Dios con nosotros. Así se pide en el Sacramento de la Confirmación – Sacramento del Espíritu- los dones para los que se confirman. 

El don de sabiduría, la cual es la luz que se recibe de lo alto: es una participación especial en ese conocimiento misterioso y sumo que es propio de Dios.

Este don nos capacita para juzgar las cosas humanas según la medida de Dios, a la luz de Dios. Es un instinto especial del Espíritu Santo que nos hace saborear y gustar las cosas divinas. Con el don de sabiduría, el Espíritu Santo nos ayuda a ver interiormente las realidades del mundo, los valores auténticos de la creación, mirándolos con los mismos ojos de Dios.

El don de entendimiento, que lo eleva a contemplar, penetrar y entender los misterios de la fe. Sin esta luz sobrenatural no puede el hombre remontarse a lo alto y esta cumbre es la que se llama don de entendimiento. Con este don, los más rudos e ignorantes se levantan sobre los más sabios del mundo y pueden entender más a Dios que los más renombrados filósofos y doctores.

El don de la ciencia nos da a conocer el verdadero valor de las criaturas en su relación con el Creador. Estamos acostumbrados, por falta de docilidad a las luces del Espíritu Santo, a juzgarlo todo a escala humana.

Por el don de ciencia descubrimos el sentido divino de las cosas. Con este don del Espíritu Santo, el hombre no se deja deslumbrar por el brillo efímero de los seres de este mundo, no dramatiza nada, pesa el bien y el mal, usa de todas las cosas, sin excederse y siempre midiéndolas según Dios.

Por medio del don del consejo, el Espíritu Santo nos ayuda a elegir lo recto, nos enseña lo que debemos hacer en las circunstancias en que nos hallamos, porque no basta saber que una cosa es en sí buena, sino que debemos saberlo en aquel caso determinado.

Gracias al don del consejo, el Espíritu Santo puede ser, hasta en nuestros actos más insignificantes, el Maestro interior de nuestra vida.

Con el don del consejo, todo se simplifica y se ilumina bajo la acción directa y especial del Espíritu Santo.

Con el don de fortaleza el Espíritu Santo sostiene la voluntad y la hace fuerte, operativa y perseverante para enfrentarse con las dificultades y sufrimientos, incluso hasta el martirio.

En nuestros días muchos exaltan la fuerza física. Hay quienes tienen fuerza de músculos y de voluntad pero no tienen fuerza espiritual, y ceden a los impulsos de las pasiones internas y a las presiones que sobre ellos ejerce el ambiente que les rodea. El que quiere amar y servir a Dios tiene que vencer dificultades, sufrimientos y tentaciones -de dentro y de fuera- de amigos y enemigos.

La fortaleza implica, que sepamos perseverar en el bien sin cansarnos, superar toda clase de contrariedades, sufrir si es necesario, las burlas y las calumnias, soportar la incomprensión y las amenazas.

Mediante el don de la piedad, el Espíritu Santo orienta el corazón del hombre hacía Dios con sentimientos, afectos, pensamientos, plegarias que expresan la filiación respecto a Dios como padre

El don de piedad da a los superiores corazón de padre para sus súbditos y a los súbditos corazón de hijos para sus superiores. El que tiene el don de piedad se mueve a compasión de todas las miserias y se hace todo para todos. Mediante el don de piedad, el Espíritu sana nuestro corazón de todo tipo de dureza y lo abre a la ternura para con dios y para con los hermanos

Lo que más se opone al don de piedad es la dureza de corazón, que nos hace insensibles a los intereses de Dios y a la miseria del prójimo. Al contrario, el don de piedad nos comunica el amor y devoción a las personas y cosas relacionadas de algún modo con la paternidad de Dios o la fraternidad cristiana.

Finalmente el santo temor de Dios es un sentimiento de respeto ante la majestad de Dios, especialmente cuando el hombre descubre sus propias infidelidades.

Con el don de temor de Dios, el Espíritu Santo infunde en el alma cristiana un sentido profundo de respeto por la ley de Dios y los imperativos que se derivan de ella para la conducta l cristiana liberándola del «temor servil» y enriqueciéndola en cambio del «temor filial» rebosante de amor.

Nuestra amistad con Dios exige este temor a disgustarle aun con el menor pecado. Es el temor del hijo que no quiere constristar a su padre, de ahí su nombre expresivo de «temor filial».

El Espíritu de temor es inseparable del Espíritu de amor, El Espíritu Santo con sus siete dones consagra al cristiano como piedras vivas de la Iglesia y conforta a perseverar firmes en la fe y en la vida cristiana.

+Ángel Rubio

Obispo de Segovia

Mons. Ángel Rubio Castro
Acerca de Mons. Ángel Rubio Castro 137 Artículos
Nace en Guadalupe (Cáceres), Archidiócesis de Toledo, el 18 de abril de 1939. Entró en el Seminario Menor diocesano de Talavera de la Reina (Toledo) desde donde pasó al Seminario Mayor “San Ildefonso” para realizar los estudios eclesiásticos. Fue ordenado sacerdote en Toledo el 26 de julio de 1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología en Madrid, por la Universidad Pontificia de Comillas y en Salamanca la Diplomatura en Catequética por el Instituto Superior de Pastoral. Es Doctor en Catequética por la Universidad Pontificia de Salamanca.CARGOS PASTORALESTanto su ministerio sacerdotal como el episcopal han estado vinculados a la diócesis de Toledo. Como sacerdote desempeñó los siguientes cargos: de 1964 a 1973, coadjutor de la parroquia de Santiago el Mayor; 1971, Secretario de la Visita Pastoral; 1972, director del Secretariado Diocesano de Catequesis; en 1973 es nombrado capellán y profesor de la Universidad Laboral de Toledo, Beneficiado de la Santa Iglesia Catedral primada, cargo que desempeñó hasta el 2000, y profesor de Catequética en el Seminario Mayor, donde fue docente hasta su nombramiento episcopal. Además, de 1977 a 1997 fue Vicario Episcopal de Enseñanza y Catequesis; de 1982 a 1991 profesor de Religión en el Colegio diocesano “Ntra. Sra. de los Infantes”; en 1983, capellán de las Religiosas Dominicas de Jesús y María; de 1997 a 2000 es designado subdelegado diocesano de Misiones y en el año 2000 delegado diocesano de Eventos y Peregrinaciones, Profesor de Pedagogía General y Religiosa en el Instituto Teológico de Toledo, Delegado Episcopal para la Vida Consagrada y Canónico de la Catedral, cargos que desempeñó hasta 2004.El 21 de octubre de 2004 se hacía público su nombramiento como Obispo titular de Vergi y Auxiliar de la Archidiócesis de Toledo. El 12 de diciembre del mismo año recibió la consagración episcopal. El 3 de noviembre de 2007 se hacía público el nombramiento como Obispo de Segovia, sede de la que tomó posesión el 9 de diciembre de ese mismo año.El Papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la diócesis de Segovia el 12 de noviembre de 2014, aunque continuó como administrador apostólico hasta el 20 de diciembre, día de la toma de posesión de su sucesor.Es Consiliario Nacional para Cursillos de Cristiandad.OTROS DATOS DE INTERÉSEn la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Liturgia desde marzo de 2017. Anteriormente, ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Enseñanza (desde 2005) y de Apostolado Seglar (desde 2011). También ha sido miembro, de 2005 al 2011, de Vida Consagrada.