“Contempladlo y quedaréis radiantes” (Sal 34, 6)

Mons. Julián Barrio    Queridos Miembros de Vida Contemplativa:

La luz que destella de Cristo resucitado, y el sosiego de la paz y de la alegría, verdaderos frutos de la Pascua, que la presencia del resucitado suscitó en los corazones de aquellos discípulos cariacontecidos por todo lo que había sucedido con el Maestro, hacen  que nosotros vivamos también bajo la percepción de encontrarnos  “al amanecer del primer día de la semana”, el día de la resurrección.

¿Cómo es posible que los cristianos, herederos del gozo y la luz de la resurrección, no los manifiesten en sus rostros? A veces la persona humana no acierta a encontrar la fuente de la que mana la alegría ni el camino que le conduce a la paz verdadera. Ciertamente, la maduración en la fe de los apóstoles y discípulos de Jesús no fue instantánea ni fácil. Los discípulos de Emaús creyeron sólo después de un laborioso itinerario del espíritu (cf. Lc 24,13-35).

La Comisión Episcopal para la Vida Consagrada, con motivo del Día de la Vida Contemplativa,  ha  escogido  como  lema  de  este  año:

“Contempladlo y quedaréis radiantes” (Sal 34,6). Ayudados por la reflexión del salmista, también nosotros queremos llegar a experimentar lo que nos narran los evangelios sobre los discípulos de Jesús que, “desconcertados y llenos de temor”, “se llenaron de alegría al ver al Señor” (Jn 20,20).  El salmo 27 pone en nuestros labios esta enardecida súplica: “Oigo en mi corazón: “Buscad mi rostro”. Tu rostro buscaré, Señor” (Sal 27,8).  También el salmista ruega: “No me escondas tu rostro, igual que a los que bajan a la fosa” (Sal 143,7b) y   le manifiesta confiadamente a Dios: “¿Quién nos hará ver la dicha, si la luz de tu rostro ha huido ha huido de nosotros? Pero tú, Señor, has puesto en mi corazón más alegría que si abundara en su trigo y en su vino” (Sal 4,7-8).

Todas estas expresiones reflejan el anhelo más arraigado en el corazón humano, que es encontrarse con la bondad de Dios:  “Yo consulté al Señor, y me respondió, me libró de todas mis angustias” (Sal 34, 5). Podríamos aludir Arzobispo de Santiago a otros textos bíblicos que hacen referencia a ese anhelo nuestro de llegar a ver el rostro de Dios (Sal 42,3), que inspira nuestros mejores deseos, sabiendo que “sólo en Dios descansa mi  alma, porque de él viene  mi salvación…” (Sal 62,2ss), y confesando humildemente: “Señor, mi corazón no es ambicioso…, acallo y modero mis deseos, como un niño en brazos de su madre” (Sal 131,1-2). No olvidamos el testimonio de Agar que en momentos angustiosos huye al desierto, donde se le aparece Yahvé y le promete que responderá generosamente a todas sus plegarias. Entonces Agar llama al Señor  “el Dios que me ve”,  y exclama con júbilo:  “¿No he visto aquí al que me ve?” (Gn 16,13). Es posible que nuestra situación no sea la de Agar, o la de los discípulos “con las puertas cerradas”, pero sí podemos estar seguros de que “Dios nos ve” en nuestra necesidad y en nuestra  prosperidad.  Romano Guardini lo dice en esta hermosa oración: “Tus ojos me miran constantemente y yo vivo de tu mirada”.  

“Testigos oculares de su grandeza” (cf. 2Pe 1,16-19)

Al inicio del tercer milenio el beato Juan Pablo II propuso a la Iglesia la contemplación del rostro de Cristo: “… los hombres de nuestro tiempo, quizás no siempre conscientemente, piden a los creyentes de hoy no sólo “hablar” de Cristo, sino en cierto modo hacérselo “ver”. ¿Y no es quizá cometido de la Iglesia reflejar la luz de Cristo en cada época de la historia y hacer resplandecer también su rostro ante las generaciones del nuevo milenio?

Nuestro testimonio sería, además, enormemente deficiente si nosotros no fuésemos los primeros contempladores de su rostro”

En el mismo Evangelio encontramos manifestado este deseo-necesidad cuando Felipe le dice a Jesús:

“Señor, muéstranos al Padre”, respondiéndole Él: “Felipe… quien me ha visto a mí ha visto al Padre” (cf. Jn 14,6-14). La misión del Hijo es revelar el rostro del Padre a través de sus palabras y acciones. “Dios se ha revelado al hombre comunicándole gradualmente su propio Misterio mediante obras y palabras”

Y Dios lo ha dicho todo en su Verbo.

Es en la Resurrección donde resplandece en todo su esplendor ese rostro glorioso. Pero, ante la incomprensión y las dificultades del camino que conduce hasta ahí, Jesús ya se lo había dejado vislumbrar a Pedro, Santiago y Juan, “en un monte alto”, donde su rostro resplandeció como el sol. Por eso “los discípulos cayeron de bruces, llenos de espanto” (Mt 17,6). Se postraron en oración  como lo hicieron sus antepasados (cf. Dn 8,17: 1Mac 4,40; Núm 20,6). Muchos años más tarde, san Pedro –uno de los tres testigos-  recordará aún conmovido esta hora diciendo: “Habíamos sido testigos oculares de su grandeza…, estando con él en la montaña sagrada” (2Pe 1,16-19).

Esa luz que los apóstoles vieron en el rostro de Cristo en el Tabor era la que habitualmente había en su rostro. Pero, ganados por la rutina, se habían acostumbrado a ella. Sus ojos distraídos, ofuscados, no la distinguían. El trato cotidiano había vuelto opaca su  mirada. Por eso Jesús les aleja de lo cotidiano, les sumerge en la oración y en el sosiego, olvidando la inmediatez de sus ambiciones. Estaban solos con él,  empezaron a fijarse en él, a mirarlo, a verlo…

Esto es lo que acontece en la fe, y  “sólo la experiencia del silencio y de la oración ofrece el horizonte  adecuado en el que puede madurar y desarrollarse el conocimiento más auténtico, fiel y coherente, de aquel misterio…la Palabra hecha carne, Jesucristo”. “La contemplación de rostro de Cristo nos lleva así a acercarnos al Misterio en el misterio, ante el cual el ser humano ha de postrarse en adoración”

Es preciso decir cada día con el salmista: “Tu rostro buscaré, Señor” (Sal 27,8). Este anhelo no podía recibir una respuesta mejor y sorprendente que la contemplación del rostro de Cristo. En él Dios nos ha bendecido verdaderamente y ha hecho “iluminar su rostro sobre nosotros” (Sal 67,2), realizándose así lo que Jesús pide para todos nosotros en el momento de su despedida en la última cena: “Padre, este es mi deseo: que los que me has dado estén conmigo donde yo estoy  y contemplen mi gloria, la que me diste porque me amabas antes de la fundación del mundo” (Jn 17,24).

“Verán su  rostro y su nombre está sobre sus frentes” (Ap 22,4)  Benedicto XVI nos recuerda que “la luz de ese Rostro se refleja en la Iglesia (cf. Lumen gentium, 1),  a pesar de los límites y las sombras de nuestra humanidad frágil y pecadora. Después de María, reflejo puro de la luz de Cristo, son los Apóstoles, con su Palabra y su testimonio, quienes nos transmiten la verdad de Cristo”

A su vez el Catecismo de la Iglesia católica nos indica que “la Iglesia con su enseñanza, su vida, su culto, conserva y transmite a todas las edades lo que es y lo que cree”

En este mismo contexto, el Papa decía a los Superiores Generales: “Los consagrados y las consagradas tienen hoy la tarea de ser testigos de la transfigurante presencia de Dios en un mundo cada vez más desorientado y confuso”, ya que los discípulos de Jesús no son sólo los beneficiarios del don  de Dios, son también los testigos del mismo: “lo que hemos visto y oído, os lo anunciamos”. La luz de ese Rostro de Dios que se nos manifestó en Cristo, y  se refleja en María, los Apóstoles, la Iglesia, es como un hilo sutilísimo que une a toda persona que nace en la tierra con las que le han precedido y con las que vendrán después de ella. Los creyentes, y de modo especial los religiosos y religiosas de vida contemplativa, tienen la peculiaridad y el compromiso  de  ser  en  el  mundo  testigos  de  la transfigurante presencia de Dios en la  historia, no por mérito propio sino en virtud de la gracia que hemos de  acoger en actitud verdaderamente contemplativa. Esto nos permitirá ser contados dentro del grupo de aquellos a los que se refiere el Apocalipsis: “Verán su rostro y su nombre está sobre sus frentes” (Ap 22,4).  ¿Qué sería de nosotros si, en lugar de dejar entrar esa luz de Cristo en nuestra vida sólo por una  rendija, le abriéramos las puertas y ventanas de par en par como se las abrimos al sol de primavera? Vosotros “contempladlo y quedaréis radiantes”, haciendo así que brille la luz de su rostro en nuestra sociedad.

En este  Día de la Vida Contemplativa agradecemos a Dios el inestimable don de la Vida Consagrada por medio de Jesucristo en el Espíritu Santo “que distribuye gracias especiales entre los fieles de cualquier condición para la renovación y la mayor edificación de la Iglesia. Estos carismas deben ser recibidos con gratitud y consuelo, porque son muy adecuados y útiles a las necesidades de la Iglesia”

Encomendando a vuestra oración las inquietudes pastorales de la Diócesis y pidiendo al Señor vocaciones a la Vida Contemplativa, os saluda con afecto y bendice en el Señor, 

+ Julián Barrio Barrio

Arzobispo de Santiago de Compostela

Mons. Julián Barrio Barrio
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D. Julián Barrio Barrio preside la Iglesia Compostelana desde el día 25 de febrero de 1996, fecha en que tomó posesión de la Sede para la que había sido nombrado por el Papa Juan Pablo II el día 5 de enero del mismo año. Cuando este evento se produjo, llevaba ya dos años con nosotros. Había llegado desde la Iglesia hermana de Astorga el día 7 de febrero de 1993 en pleno Año Jubilar, siendo consagrado en nuestra Catedral como Obispo Titular de Sasabe y Auxiliar de su antecesor. Desde octubre de 1994 hasta su nombramiento gobernó la archidiócesis como Administrador Diocesano. Nació en Manganeses de la Polvorosa, provincia de Zamora y Diócesis de Astorga, el 15 de Agosto de 1946. Cursó los estudios de Humanidades y de Filosofía en el Seminario Diocesano de Astorga. Distinciones: - Medalla de Honor de la Universidad en la Licenciatura de Historia de la Iglesia en la Facultad de Historia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1974). - Medalla de Oro en el Doctorado en la Facultad de Historia de la Iglesia de la Universidad Pontificia Gregoriana (1976). - Medalla de Oro de la Ciudad de Santiago y Título de Hijo Adoptivo. - Caballero de la Orden del Santo Sepulcro de Jerusalén. Miembro de la Confraternidad de Nosa Señora da Conceçao. - Capellán Gran Cruz Conventual “Ad honores” de la S. O. Militar y Hospitalaria de San Juan de Jerusalén de Rodas y de Malta. - Medalla de oro del Concello de Vila de Cruces. Premio de Santa Bona de la Ciudad de Pisa (Italia). Títulos Académicos: Es Licenciado en Teología por la Universidad Pontificia de Salamanca (1971), Doctor en Historia de la Iglesia por la Universidad Pontificia Gregoriana de Roma (1976) y Licenciado en Filosofía y Letras, Sección de Geografía e Historia, por la Universidad de Oviedo (1979). Publicaciones: - Félix Torres Amat (1772-1847), Un Obispo reformador, Roma 1977. - La Junta de ancianos de la iglesia de Gibraltar: Anthologica Annua. - Aportación para un epistolario de Félix Torres Amat: Anthologica Annua. - Proceso a un clérigo doceañista: Astorica. - 25 Años de Postconcilio en el Seminario: 25 Años de Ministerio episcopal en la Iglesia Apostólica de Astorga, Astorga 1993. - La formación de los sacerdotes del mañana, (1989). - Peregrinar en Espíritu y en verdad. Escritos Jacobeos (2004). - Peregrinando en esperanza. Lectura creyente de la realidad actual (2007). Cargos: - Bibliotecario del Instituto Histórico Español, anejo a la Iglesia Nacional Española de Santiago y Montserrat en Roma, de donde fue Becario. - Secretario de Estudios y Vice-Rector del Seminario Mayor Diocesano de Astorga (1978-1980). - Rector del Seminario Mayor Diocesano y Director del Centro de Estudios Eclesiásticos del Seminario de Astorga (1980-1992). - Profesor de Historia Eclesiástica en el Seminario Mayor y de Historia de España en 3º de BUP y de Contemporánea en COU en el Seminario Menor (1980-1992). - Profesor de la UNED en la sección delegada de Valdeorras en A RUA PETIN (1991-1993). - Miembro del Consejo Nacional de Rectores de Seminarios (1982-1985). - Miembro del Consejo de Consultores del Obispo de Astorga. - Secretario del Consejo Pastoral Diocesano de la diócesis de Astorga (1991-1992). - Nombramiento de Obispo Auxiliar de Santiago de Compostela el 31 de Diciembre de 1992. Ordenación episcopal el 7 de Febrero de 1993. Responsable de la sección de los Seminarios Mayores en la Comisión Episcopal de Seminario y Universidades de la Conferencia Episcopal Española. - Obispo Administrador Diocesano de la Archidiócesis de Santiago desde octubre de 1994. - Nombrado Arzobispo de Santiago de Compostela el 5 de enero de 1996, de cuya Sede toma posesión el 25 de febrero. - Presidente de la Comisión Episcopal de Seminarios y Universidades de la Conferencia Episcopal Española (1999-2005). - Miembro de la Permanente de la Conferencia Episcopal Española (Marzo 1999…). - Presidente de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar (Marzo 2005-2011). - Miembro del Comité ejecutivo de la Conferencia Episcopal Española (2011…).