Apóstoles de la nueva evangelización

Mons. Amadeo Rodríguez   Queridos diocesanos:

Cuando Iglesia en Plasencia llegue a las parroquias, estaréis celebrando solemnemente y con gran gozo la fiesta de Pentecostés. En la vigilia y en la celebración del domingo, actualizaréis con gratitud la venida del Espíritu Santo sobre los Apóstoles y María. El Don del Padre al Hijo y del Hijo a la Iglesia será acogido por todos nosotros en cada una de nuestras celebraciones litúrgicas de Pentecostés. Juntos evocaremos esta presencia santificadora del Amor de Dios y juntos mostraremos nuestra gratitud al Señor por los dones que cada día sigue derramando en el corazón de los fieles a través de la Iglesia.

Celebramos Pentecostés en la Iglesia, en la comunión de la Iglesia; pues la fe, don de Dios a cada bautizado, se hace comunión por el Espíritu, es decir, se hace Iglesia. El “icono” de este acontecimiento es la vida en el cenáculo: en él están los Apóstoles en oración y en medio María, la Madre del Señor. A ellos, los primeros, viene el que es para nosotros “Señor y Dador de vida”. Por la acción del Espíritu, el cenáculo se abre para todos: con su luz, su fuerza y su verdad el miedo se supera y el testimonio de fe en Jesucristo Resucitado de los apóstoles se traslada a una multitud que, también por la acción del Espíritu Santo, está fuera, en las calles, esperando la buena noticia. Porque, en efecto, el Espíritu es necesario tanto para ofrecer como para acoger el anuncio. “Nadie puede decir: “¡Jesús es Señor!”, sino por el Espíritu Santo.” (1 Cor 12,3). En la evangelización el Espíritu Santo no sólo alienta y fortalece, sino que se adelanta en nuestra misión. Hemos de  reconocer que él, al mismo tiempo es el alma de nuestro ardor misionero, lo es también de la humilde acogida del anuncio que por nosotros llega al corazón de aquellos a los que hemos tenido la audacia de acercarnos.

Nada se puede hacer en la Iglesia sin docilidad al Espíritu. Con la presencia entrañable de María, la esposa del Espíritu Santo, a la que veneramos con especial fervor en el mes de mayo, celebramos y esperamos un nuevo Pentecostés. Queremos que el Espíritu fortalezca nuestra fe y nos haga apóstoles del Señor, para que, con la novedad y la fuerza de los orígenes, también en nuestras comunidades cristianas se produzca un nuevo impulso misionero. Por la acción del Espíritu, también hoy esperamos de él la luz y la fuerza que necesitamos para la nueva evangelización. En efecto, la acción del Espíritu en Pentecostés fecunda a todo el pueblo de Dios, en la diversidad de sus ministerios y funciones, porque todos en la Iglesia estamos llamados a evangelizar, para todos es un deber imprescindible.

La Iglesia hace en esta celebración de Pentecostés una referencia especial al apostolado seglar. Este año, además, le quiere recordar a los laicos que se les necesita como apóstoles de la nueva evangelización. Y de un modo especial se quiere insistir en la calidad apostólica de los seglares. Así lo recuerdan nuestros obispos: “La nueva evangelización necesita de evangelizadores renovados, llenos de Espíritu de Dios, testigos auténticos del Evangelio que anuncian.” E insisten en que es necesario “disponer de hombres y mujeres que con la propia conducta de vida sostengan el empeño evangelizador que viven. Porque la ejemplaridad es el valor agregado que confirma la verdad de la donación, del contenido de lo que enseñan y de lo que proponen como estilo de vida”.

El apostolado seglar puede ser individual o asociado. La forma asociada se manifiesta especialmente en la acción católica, la obra apostólica peculiar de la Iglesia diocesana, íntimamente ligada al ministerio de los obispos. Por eso os recomiendo que miremos todos con afecto hacia esta realidad que en nuestra diócesis tiene una presencia significativa, especialmente en algunas zonas y en algunos sectores más especializados. Ellos y ellas, llamados a vivir su fe en esta asociación eclesial, han de ser especiales testigos del anuncio del Evangelio en nuestro tiempo y en nuestros ambientes, desde la vida de nuestras parroquias. A los militantes os animo a colaborar con discreción y mucha humildad en un empeño que hoy es fundamental: la evangelización en los ambientes. Y os recuerdo que sólo la pueden hacer laicos bien formados, con una honda experiencia de Dios fraguada en la oración, enla vida Eucarísticay en la práctica de los sacramentos, y hombres y mujeres de comunión que amen la unidad por encima de las diferencias. Recordad que sólo en la unidad se evangeliza. “Que todos sean uno, para que el mundo crea” (Jn 17,21). Por eso os animo a sentiros a gusto y cordialmente en la Iglesia y, desde ella, renovad vuestra vocación de ser fermento en medio del mundo.

En Pentecostés de 2012 hemos de mirar todos, con gratitud y compromiso, hacia el año de la fe convocado por el Papa Benedicto XVI. Atravesar la puerta de la fe es un reto permanente para todos. Os invito, pues, a aceptar ese reto de fortalecer y confesar la fe de la Iglesia, para que en nosotros ésta se convierta en anuncio. Que el Espíritu Santo ilumine vuestros corazones y haga de vosotros apóstoles para la nueva evangelización. Invoco para nuestra Diócesis de Plasencia la presencia entrañable de María, que nos enseñará a vivir en la alegría de la fe.  

+ Amadeo Rodríguez Magro

Oobispo de Plasencia

 

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.