“Enviados”

Mons. Atilano Rodríguez    La misión de la Iglesia tuvo sus comienzos el día de Pentecostés. Los encuentros de Jesucristo con los apóstoles y discípulos, después de su resurrección, además de ayudarles a descubrir que el Resucitado era el mismo que había compartido la existencia con ellos durante los años de su vida pública, habían servido también para preparar su mente y su corazón para la misión que iba a confiarles.

El libro de los Hechos de los Apóstoles destaca el encargo que Jesús les hace, antes de su ascensión al cielo, de permanecer juntos para prepararse a recibir el don del Espíritu. Ellos, estimulados por la presencia maternal de la Santísima Virgen, se congregan en el Cenáculo y oran insistentemente, esperando el cumplimiento de la promesa del Padre (Act 1, 14). El mismo Espíritu, que acompañó la misión de Jesús, como enviado del Padre, es el que impulsó a los apóstoles a salir en misión y es también el que hoy sigue animando, purificando y alentando la misión de la Iglesia y de cada uno de sus hijos, para que puedan cumplir con humildad y valentía el encargo del Señor. 

Cuando nos paramos a contemplar el impulso misionero de nuestra Iglesia, podemos llegar a la conclusión de que ha perdido dinamismo evangelizador y que tiene miedo a salir al mundo para proclamar con obras y palabras que Cristo resucitado vive para siempre y que en Él está la salvación del mundo. Si esto fuese así, tendríamos que pararnos para intentar detectar a la luz de la Palabra de Dios qué estamos haciendo mal o qué aspectos de la misión deberíamos cuidar especialmente para ser fieles al encargo del Señor.

Teniendo en cuenta el mandato de Jesús a los apóstoles y discípulos, podríamos preguntarnos: ¿Realmente estamos convencidos de que la evangelización es, ante todo y sobre todo, el fruto de la acción del Espíritu Santo en nosotros?. ¿Nos preparamos para la misión, asumiendo con gozo que ésta exige la oración confiada al Padre común y la vivencia de la comunión fraterna?. ¿Admitimos de buen grado que María, como Madre buena, nos acompañe en el cumplimiento de la misión?. 

En última instancia, tendríamos que preguntarnos: ¿En verdad nos sentimos enviados?. Todos corremos el peligro de caer en el activismo, de pensar que la realización de la misión depende fundamentalmente de nuestros esfuerzos personales y de dejarnos dominar por las prisas. Ciertamente el Señor quiere contar con nuestra colaboración para llevar a cabo la misión, pero antes de cualquier iniciativa nuestra es preciso que acojamos la presencia y la acción del Espíritu Santo.

Si estamos verdaderamente convencidos de que el Espíritu es el auténtico protagonista de la evangelización, pidámosle que nos ayude a vivir como auténticos hijos de Dios, que purifique nuestros miedos y que nos ayude a superar los cansancios del camino. Oremos también hoy, día de la Católica y del Apostolado Seglar, para que el Espíritu suscite muchos y santos militantes cristianos que, desde la comunión eclesial, den testimonio del amor incondicional de Dios y vivan con gozosa pasión su compromiso evangelizador en medio del mundo. 

Con mi bendición, feliz día de Pentecostés.  

+ Atilano Rodríguez

Obispo de Sigüenza-Guadalajara

Mons. Atilano Rodríguez
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Mons. D. Atilano Rodríguez nació en Trascastro (Asturias) el 25 de octubre de 1946. Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario de Oviedo y cursó la licenciatura en Teología dogmática en la Universidad Pontificia de Salamanca. Fue ordenado sacerdote el 15 de agosto de 1970. El 26 de febrero de 2003 fue nombrado Obispo de Ciudad Rodrigo, sede de la que tomó posesión el 6 de abril de este mismo año. En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Apostado Seglar y Consiliario Nacional de Acción Católica desde el año 2002. Nombrado obispo de Sigüenza-Guadalajara el día 2 de febrero de 2011, toma posesión de su nueva diócesis el día 2 de abril en la Catedral de Sigüenza.