Mons. Piris: «Agradecemos el trabajo de los comunicadores cristianos que ejercen su vocación con profesionalidad y espíritu de servicio»

Homilía de Mons. Piris, obispo de Lleida y presidente de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social, en la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. Eucaristía celebrada esta mañana en la parroquia Reina de los Ángeles de Pozuelo de Alarcón, y retransmitida por TVE 2.

Solemnidad de la Ascensión el Señor 2012
Hech 1,1-11; Ef 4,1-13; Mc 16,15-20

Celebrando hoy la Ascensión del Señor, volvemos a proclamar el misterio central de nuestra fe: Dios ha resucitado a su Hijo de entre los muertos y lo ha glorificado como Señor del universo. Dios ha exaltado y ha dado la razón a aquel Jesús contradicho y despreciado. Es su triunfo ya definitivo, el final de un largo camino nada fácil y la consecuencia de la fidelidad mantenida incluso en las circunstancias más duras. Y los discípulos, que han tenido la posibilidad de experimentar la realidad de su victoria sobre la muerte, reciben ahora un encargo bien preciso: anunciarlo al mundo entero con la fuerza del Espíritu empezando por Jerusalén, la ciudad en la que habían intentado acabar con su vida.
Comienza así el tiempo de la Iglesia. Es el principio de una Historia descrita en términos de separación pero no de abandono. Jesús no va a desentenderse de los problemas de los hombres, ni los discípulos van a estar solos en la misión. No sólo se les anuncia que volverá de nuevo sino que siempre estará presente en la comunidad: «he aquí que yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin de este mundo» (Mt 28, 19). Es el cumplimiento del significado de su nombre, Emmanuel: «Dios entre nosotros».
La ascensión expresa el cambio en Jesús resucitado, una nueva manera de ser, gloriosa, glorificada, una presencia gozosa de Jesús que sigue viviendo en la Iglesia y que la sostiene. La comunidad de los Hechos de los Apóstoles expresa esa experiencia relatando las apariciones del resucitado en los momentos difíciles de la Iglesia (a Esteban, a Pedro, a Pablo), pero sobre todo la vive en la experiencia permanente del Espíritu Santo.
La Ascensión de Jesús es el preludio de la larga ascensión de la humanidad regenerada que está destinada a esa misma glorificación aunque, mientras peregrina por este mundo, todavía no la comparte definitivamente, pero que está llamada a vivirla encaminando sus pasos hacia la patria futura con esperanza gozosa y activa. Se pone así de manifiesto nuestra «vocación suprema»: estamos llamados a la vida eterna del Reino de Dios. Aquel Jesús, hecho semejante a nosotros en todo menos en el pecado, con su victoria anticipa la victoria de toda la humanidad: en él, desde entonces, nuestros problemas, nuestras incapacidades, nuestras limitaciones todas… tienen solución: Ésta es la Buena Noticia que hemos de vivir y comunicar.
Para ello, San Lucas dice que Jesús comunica el Espíritu Santo a los discípulos y reciben una «fuerza» que hará de ellos sus testigos. No les comunica el Espíritu como un privilegio personal, sino como una capacitación para la misión. Por eso, se les pide que no se cierren en el pasado ni se dediquen a cultivar la evasión (¿qué hacéis ahí, mirando al cielo?), sino que vuelvan a su vida ordinaria anunciándolo a todos y a la espera del Día de su vuelta.
Este es el encargo recibido por todos los bautizados: en principio ningún rincón de la tierra y ningún grupo humano queda excluido, la destinataria de la Gran Noticia es toda la humanidad. Jesús nos asegura su ayuda y, porque la cosa es seria, el Señor confirma la predicación apostólica con signos extraordinarios de victoria sobre el mal. Signos que darán credibilidad al anuncio, garantizando que el mensaje que anunciamos es el suyo. Nos corresponde, pues, hacerle presente en cada tiempo y lugar con la creatividad y con todos los medios que el Señor ponga a nuestro alcance.
Y en este punto, hemos de hacer referencia necesariamente a la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales que cada año celebramos en el día de la Ascensión y a la llamada que nos ha hecho el Sucesor de Pedro a evangelizar con un Mensaje que, en la perspectiva del ya próximo “Año de la Fe”, nos invita a la acogida de la Palabra en la reflexión y el silencio porque, dice Benedicto XVI, “allí donde los mensajes son abundantes, el silencio se hace esencial para discernir lo que es importante de lo que es inútil y superficial”.
Se dice que uno de los males de nuestro tiempo es que vivimos de acciones y reacciones, de afirmaciones y comentarios, y que todo se desarrolla a gran velocidad de manera que la palabra muchas veces es superficial y sin un verdadero contenido “comunicativo”. En este sentido, el mensaje del Papa es una cierta provocación para una sociedad como la nuestra en la que hay mucho ruido y mucha información, pero dedicamos poco tiempo a la reflexión, cosa que hace difícil una comunicación profunda. Esto es todavía más necesario cuando queremos hablar de la grandeza de Dios, porque nuestro lenguaje resulta siempre inadecuado y es necesario abrir un espacio a la contemplación silenciosa que nos sumerge en la fuente del Amor, y que nos conduce hacia nuestro prójimo para sentir su dolor y ofrecerle la luz de Cristo, su Mensaje de vida, su don de amor total que es el que salva.
También en el silencio Dios nos habla (insiste el Papa), y nosotros igualmente descubrimos en el silencio la posibilidad de hablar con Dios y de Dios. Necesitamos el silencio que se transforma en contemplación, que nos hace entrar en el silencio de Dios y así nos permite llegar al punto donde nace la Palabra, la Palabra que transforma.
El mundo de las comunicaciones, a pesar de su complejidad y de sus ambigüedades, ha de favorecer que el Señor pueda llegar al umbral de nuestras casas y de nuestros corazones y abrir nuevas perspectivas y posibilidades para poner en práctica la misión de la Iglesia.
Desde nuestra Comisión episcopal de MCS agradecemos el trabajo de los comunicadores cristianos que ejercen su vocación con profesionalidad y espíritu de servicio en favor de las personas y de la entera sociedad, siendo a la vez coherentes con su identidad cristiana. A ellos va de manera especial nuestra cercanía y aprecio por la labor que desarrollan junto con los demás compañeros de profesión, para quienes también tenemos en esta Jornada un recuerdo agradecido.
Y, teniendo en cuenta también el difícil momento socioeconómico que vivimos, pedimos a todos ellos que contribuyan a fomentar una cultura de la solidaridad cada día más necesaria, difundiendo opiniones y proyectos que puedan ayudar al aprovechamiento de recursos y a la buena gestión, así como iniciativas de ayuda a los más afectados, a la vez que denuncian la corrupción y el enriquecimiento fraudulento. Contribuir así a la misión evangelizadora es algo apasionante y esperanzador.
Y, sin menoscabo de la atención debida a los desempleados de cualquier sector, queremos dirigir nuestra mirada en esta Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales a los miles de periodistas en paro, sobre todo jóvenes, que hay en estos momentos en España según datos de las asociaciones profesionales… Por ellos rezamos especialmente en este día, así como por los comunicadores que en diversas partes del mundo han muerto o sufren persecución y limitación de su libertad en el ejercicio de su profesión.

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