Obediencia sin miedo

Mons. Santiago García Aracil    Cuando hablamos de obediencia estamos descartando, ya de entrada, las actuaciones que se emprenden cuando uno está convencido de lo que tiene que hacer o evitar o siente interés personal por ello. Quiero decir algo tan sencillo como esto: cuando uno está convencido de que algo debe hacerse o evitarse, no necesita que se lo manden. En todo caso esperará que se lo permitan si es otro quien tiene la autoridad sobre él o sobre lo que pretende. Lo mismo ocurre cuando se trata de llevar a cabo algo, o de evitarlo en un momento o lugar determinados.

Hablar de obediencia, por extraño que parezca desde algunas formas concretas de entender la libertad y la misma obediencia, requiere algo previo muy importante: confiar plenamente en quien nos pide, nos encarga o nos manda algo, y que tiene autoridad moral sobre nosotros. En caso de que tuviera autoridad legal y medios coercitivos de cualquier tipo, cabría que la obediencia estuviera motivada por el miedo. Entonces ya no podríamos hablar estrictamente de obediencia sino de sumisión. 

Así miradas las cosas, la auténtica obediencia sólo puede ser consecuencia del amor a quien pide, manda o encarga; o del convencimiento de que, aunque no se vea cómo o cuándo, lo mandado es bueno, en definitiva, para uno mismo o para otros que están relacionados explicablemente con nosotros. 

Hablar de obediencia razonable como una condición básica para respetar la libertad fundamental de la persona, es correcto si se trata de aportar datos o elementos desconocidos por quien manda, y que pueden hacer verdaderamente equivocada la decisión a tomar. Si se tratara, como ocurre con frecuencia, de aceptar el encargo sólo cuando uno ve claro que es lo mejor para él, para la Iglesia, para la sociedad, o para determinadas personas que merecen atención, entonces se confundiría la obediencia razonable con la actuación por convencimiento propio. En ese caso no podríamos hablar de verdadera obediencia. 

Si aplicamos estos principios a la ley de Dios o a los mandamientos de la Iglesia, concluiremos que la obediencia es fruto del amor a Dios sobre todas las cosas, y de que la Iglesia nos habla de parte de Dios. Tanto si el mandato, la prohibición o el encargo nos llega directamente a través la letra de la ley, como si nos llega por la interpretación que la Iglesia hace de ella, no cabe obediencia auténtica si se desconoce a Dios, si no se valora justamente a la Iglesia, o si se cree que la fuerza de lo que se nos manda o de lo que se nos manifiesta como incorrecto está en que coincida o no con las corrientes sociales, o con la visión estrictamente personal de uno mismo; sobre todo cuando se desconocen los motivos por los que se manda o se prohíbe algo. 

Aquí cabe la pregunta: ¿qué sentido tienen, por ejemplo, la moral sexual, el precepto dominical de participar en la Eucaristía, e incluso la necesidad de recibir los sacramentos, si falta la fe? Por la fe, que es un don de Dios que nosotros debemos cultivar mediante la formación cristiana, mediante la oración y mediante el acercamiento al Señor por los Sacramentos, creemos que  Dios existe, que nos ama infinitamente más que podamos amarnos nosotros mismos, que, por ese motivo siempre lo hace todo, lo manda todo y permite todo lo que nos ocurre, sólo para nuestro bien. La fe nos lleva a creer esto por lo que  Él nos dice de sí mismo, aunque no lo hayamos visto ni oído como se ve y se oye a las personas. Nos habla a través de la Iglesia. Jesucristo mismo es quien, refiriéndose a los apóstoles, fundamento de la Iglesia, dijo: “Quien a vosotros recibe, a mí me recibe; quien a vosotros oye, a mí me oye” (—-). Los Obispos son los sucesores de los Apóstoles; y los Sacerdotes son los colaboradores inmediatos y necesarios de los Obispos 

He aquí por qué es difícil obedecer a Dios si no se le conoce y si no se cree en la Santa Madre Iglesia. Y, en nuestros días, por distintas razones, abunda la ignorancia respecto de Dios y de la Iglesia. Y, sobre todo, falta la experiencia de Dios; esto es: haber experimentado personalmente el amor de Dios, a pesar de las propias faltas, pecados y torpezas. 

Si llegáramos a gozar del conocimiento de Dios por la fe, y si disfrutáramos de la experiencia personal del amor que nos tiene, el cumplimiento de los mandamientos no sería problema de verlo totalmente claro con nuestra simple razón, sino que sería un acto de obediencia por amor a Quien nos ha amado primero. En el seguimiento de Jesucristo quedaría descartado el miedo al castigo de la condenación. Sin embargo, como la naturaleza humana es débil y cae fácilmente en pecado, nos levantaríamos arrepentidos después de pecar, porque estaríamos convencidos de que la misericordia de Dios, que es tan grande como su amor, siempre es mucho mayor que nuestros pecados y debilidades. Así lo predicó Jesucristo mediante la parábola del hijo pródigo. 

He aquí la obediencia sin miedo. Contemplada con fe, la obediencia es fruto del amor. Y, como dice nuestro refranero, “amor con amor se paga”.

 

 + Santiago García Aracil

 Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976). CARGOS PASTORALES Fue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984. Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971. El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén. El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".