El gozo que resucita en el paraíso

Mons. Agustí Cortés    Recordemos que comenzábamos nuestro camino cuaresmal reviviendo la nostalgia del paraíso, esa sensación de que estamos hechos para la felicidad, aunque constatemos tanto dolor en el presente, y de que quizá las cosas podrían haber sido o pueden ser de otra manera. Con el lenguaje del Gran Canon de San Andrés de Creta, decíamos que habíamos sido creados, vestidos con la túnica de belleza del mundo que nos rodeaba. Esa belleza quedó ofuscada. Perdimos este paraíso, el jardín quedó cerrado.

Subsistía, sin embargo, en nosotros un rastro de alegría, unas huellas que permitían barruntar la felicidad perdida. También esta alegría, como el afecto y el poder, fue vencida en la Cruz, aplastada por el llanto.

Pero hoy, culminando el camino pascual, vemos que ha resucitado en gloria y felicidad. Se ha cumplido la esperanza de aquellos que, sabiendo el camino del paraíso, se reconocían incapaces de seguirlo hasta el extremo y permanecieron en la espera confiada de que alguien lo anduviera y franqueara la puerta. La Ascensión es la fiesta en que contemplamos a Jesucristo victorioso, como auténtico héroe del amor, penetrando aún más allá del jardín, en el lugar de la felicidad plena y eterna.

¿Se trata, entonces, de conquistar el paraíso? El Gran Canon introduce la escena de la conversación de los dos ladrones crucificados junto a Jesús, según el evangelio de San Lucas. Un ladrón pone a Jesús ante la más fuerte y definitiva tentación: la del poder eficaz y transformador, como solución a todos los males y cruces del mundo. Como dijimos, Jesús elige la impotencia y el abandono al Padre. El otro ladrón hace el camino contrario al primero: reconoce en la humillación de Jesús el sufrimiento del justo y del inocente, que como tal será constituido Señor por el Padre. Reconocido humildemente su pecado, le pide ser recibido en el Reino… Y dice el Gran Canon:

“Con un gesto, oh Cristo, hiciste ciudadano del cielo al ladrón que sobre la cruz te gritaba ‘acuérdate de mí’. Hazme la gracia de imitar su arrepentimiento, a

mi que soy indigno siervo tuyo” (Oda 6ª,1)… “Que pueda oír tu voz amante, como el malhechor en la cruz: ‘En verdad te digo que estarás conmigo en el paraíso” (Oda 9ª,21).

Así pues, el paraíso no se conquista, sino que se recibe como don. Se ha de pedir en pleno sufrimiento (¿merecido?) y se recibe amorosamente (gratuitamente) de aquél que sí lo ha conquistado y ha sido constituido su Señor.

Son tres cruces, las mismas, como tres sufrimientos extremos. Pero cada una tiene un sentido particular según el corazón de la víctima que de ellas cuelga.

– Una cruz es ocasión de tropiezo del poder orgulloso y prepotente.

– La otra es redentora, como realización del amor y de la confianza más absoluta en Dios Padre de la vida.

– La otra, gracias a ésta, resulta puerta de acceso al paraíso.

Unidos a su humanidad, Jesucristo nos introduce hoy en la gloria. Hemos comprendido que el santo no es sino aquel pecador consciente de ser tal y que, en consecuencia, vive abierto y “colgado” de la gracia. Sólo este amor gratuito nos eleva y nos permite gustar la felicidad:

“Con tu gracia, dame la alegría, oh Salvador” (Oda 7ª,18).

† Agustí Cortés Soriano

Obispo de Sant Feliu de Llobregat

Mons. Agustí Cortés Soriano
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Nació el 23 de octubre de 1947 en Valencia. Cursó los estudios eclesiásticos en el Seminario Metropolitano de Valencia. Se licenció en teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia. En 1993 se doctoró en teología en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1971. En su ministerio sacerdotal, entre 1972 y 1974, fue vicario en Quart de Poblet; de 1973 a 1984, capellán del Colegio San José de la Montaña de Valencia; de 1974 a 1976, párroco de Quart de Poblet y profesor en la Instituto Luis Vives de Valencia; de 1976 a 1978, director del Secretariado Diocesano de Pastoral Juvenil; el año 1978, vicario de San Antonio de Padua de Valencia; de 1978 a 1984, secretario particular del que entonces era arzobispo de Valencia, Mons. . Miguel Roca Cabanellas; de 1986 a 1997, rector del Seminario Metropolitano de Valencia; de 1997 a 1998, canónigo penitenciario de la catedral de Valencia, y entre 1990 y 1998, profesor de teología en la Facultad Teológica, en el Instituto Teológico para el matrimonio y la Familia y al Instituto de Ciencias Religiosas de Valencia. Fue nombrado obispo de Ibiza el 20 de febrero de 1998 y recibió la ordenación episcopal el 18 de abril de 1998. El 12 de septiembre de 2004 inició su ministerio como primer obispo de la diócesis de Sant Feliu de Llobregat, en la catedral de San Lorenzo de Sant Feliu de Llobregat. En la CEE es vicepresidente de la Comisión episcopal de seminarios y Universidades y presidente de la Subcomisión de Universidades. En la Conferencia Episcopal Tarraconense es el obispo delegado de la Pastoral Familiar y, desde la reunión de los obispos catalanes el pasado 30 de septiembre y 1 de octubre de 2008, encargado del Secretariado Interdiocesano de Pastoral de Santuarios, peregrinaciones y turismo de Cataluña y las Islas.