¡El que cree no está nunca solo!

Mons. Braulio Rodríguez    ¿En el domingo VI de Pascua deseo expresar mi cercanía a todos los enfermos que están hospitalizados o son atendidos por las familias. Algunos se encontrarán en la Pascua del enfermo que este año tendrá como marco la parroquia de Sonseca. Espero que cuantos allí se reúnan sean acogidos con afecto, el de esa parroquia y el de toda la Diócesis. Decía el Papa Benedicto en su Mensaje para la Jornada “Que la tarea principal de la Iglesia es, ciertamente, el anuncio del reino de Dios, pero precisamente este mismo anuncio debe ser un proceso de curación”. Si la misión de Jesús comprende “curar los corazones desgarrados” (Is 61,1), esa misma es la misión de los que somos sus discípulos. Lo cual es normal porque esa unidad entre salud física y renovación del espíritu herido es cada vez más aceptada por quienes se acercan al enfermo no como si fuera un cliente o un simple objeto de atención, sino como persona que necesita un cuidado total.

Alguna vez he contado el bien que me hace visitar enfermos. Lo he vuelto a sentir en la visita pastoral a las parroquias de la ciudad de Toledo. Primero por la gratitud que expresan por ir simplemente a visitarlos unos cuantos minutos; después porque su humanidad y su fe me ayudan a dar gracias a Dios que saca bien de lo que aparece como negativo: esta o aquella enfermedad. En muchas ocasiones he llevado la Comunión a esos enfermos y les he bendecido, acompañado por el párroco u otro sacerdote; frecuentemente nos unimos a los que en las parroquias dedican su tiempo a esta pastoral de la salud. A ellos también quiero agradecer su dedicación valiosísima a los enfermos, en nombre de la comunidad parroquial. Gracias a Dios, los católicos viven su fe y su amor de un modo anónimo, pero eficaz y real en tantos campos de la vida humana; también en la atención primorosa a los enfermos. No quiero olvidar tampoco a cuantos en residencias de mayores realizan esta misma atención, y a los ministros extraordinarios de la sagrada Eucaristía.

Diremos algo igualmente de los capellanes de hospitales o los párrocos que celebran la Santa Misa en residencias. Los capellanes de los grandes hospitales, y sus equipos de voluntarios, dedican mucho tiempo a esa tarea compleja y apasionante, no exenta de dificultad, de encontrarse con los enfermos en los centros hospitalarios y afrontar con ellos o junto a ellos la vivencia de la enfermedad, dispuestos a prestar la ayuda que se les pide. Los católicos piden esa ayuda o se les ofrece con toda libertad, al enfermo y a su familia.

Los sacerdotes que trabajan en hospitales saben de la delicadeza y tacto con que han de proceder cuando ofrecen los llamados “sacramentos de curación”: el de la Penitencia, que en la “medicina de la confesión, puede llevar al enfermo a la experiencia de ese encuentro de amor de Dios que perdona y transforma; la sagrada Comunión y la Unción de Enfermos. El momento del sufrimiento, en el cual cabe la tentación de abandonarse al desaliento, puede transformarse en tiempo de gracia, de sentir la nostalgia de Dios que anida en nosotros y recibir su abrazo en el amor de Jesucristo que, como buen samaritano, se acerca a nosotros.

Sabemos que en la comunidad cristiana primitiva, como atestigua la carta de Santiago, aparece la presencia de otro gesto sacramental: la Unción de los enfermos. Con ella, acompañada con la oración de los presbíteros, es toda la Iglesia la que encomienda a los enfermos al Señor sufriente y glorificado, para que les alivie en enfermedad seria y los salve. El Santo Padre dice unas hermosas palabras a propósito de este sacramento: “nos lleva a contemplar el doble misterio del monte de los Olivos, donde Jesús dramáticamente encuentra, aceptándola, la vía que le indicaba el Padre, la de la pasión, la del supremo acto de amor. En esa hora de prueba, Él es el mediador llevando en sí mismo, asumiendo en sí mismo el sufrimiento de la pasión del mundo, transformándolo en grito hacia Dios, llevándolo ante los ojos de Dios y poniéndolo en sus manos, llevándolo así realmente al momento de la redención”.

El mismo Papa cita una perla de san Agustín, a propósito de los “sacramentos de la curación”: “Dios cura tus enfermedades. No temas, pues todas tus enfermedades serán curadas… Tú sólo debes dejar que Él te cure y no rechazar sus manos” (Exposición sobre el Salmo 102, 5). Hoy os decimos, hermanos enfermos aquella palabra de Jesús: “¡Levántate, vete; tú fe te ha salvado!” (Lc 17,19). Con estas mismas palabras miramos ya hacia el próximo “Año de la fe”, que comenzará el 11 de octubre, ocasión propicia y preciosa para redescubrir la fuerza y la belleza de la fe, para profundizar sus contenidos y para testimoniarla en la vida de cada día. La fe es siempre ancla segura. La fe y amor de Cristo os acompañen.

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

 

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.