Permaneced en mi amor

Mons. Demetrio Fernández     La vocación del hombre es el amor. El amor recibido y el amor entregado. Somos fruto del amor de nuestros padres y de todas las personas que nos han ayudado a crecer. Y encontramos nuestra propia plenitud en el amor dado, cuando nos hacemos entrega generosa, cuando gastamos la vida dándola. El hombre no puede vivir sin amor. Dicen que el infierno es eso: no poder amar y no sentirse amado. Y es que el núcleo de la persona se define por el amor.

Jesús vive envuelto en ese amor infinito de Dios su Padre, se siente Hijo, goza de esa continua comunicación de amor, que le sostiene y le lanza a la misión de dar la vida para la redención del mundo. El corazón humano de Cristo se siente saciado plenamente de un amor desbordante, el amor de su Padre, que le envuelve en el Espíritu Santo. Por eso, cuando él se pone a amar, lo hace de la misma manera, “hasta el extremo” (Jn 13,1). En la cruz de Cristo se nos revela ese amor de Cristo al Padre, que ha enloquecido a tantos santos. Un amor que es respuesta de amor al Padre, envuelto en el Espíritu Santo. La humanidad de Cristo se convierte en cuasinspiradora del Espíritu Santo, entra en ese torbellino de amor que el Padre y el Hijo mantienen en la eternidad, dando y recibiendo la misma naturaleza divina. El corazón de Cristo es el corazón del Hijo amado, y al mismo tiempo es un corazón amante, que ama al Padre y a los hombres desmesuradamente. Entrar en el corazón de Cristo es entrar en el santuario del amor para experimentar el gozo de un amor inagotable, que impulsa a darse sin medida. 

Jesús quiere introducirnos en esa corriente de amor, en la que Él vive inmerso, y en la que nosotros podemos alcanzar la plenitud, si entramos en el círculo de su amistad, de su gracia. La santidad es eso: vivir la plenitud del amor, recibido y entregado. Dejarse amar por Dios hasta el punto de hacerse capaz de amar sin medida. Esa vocación al amor está inscrita en nuestro corazón como una huella de Dios, que nos ha hecho a su imagen y semejanza, nos ha hecho capaces de amar y de ser amados. Cuando el hombre se cierra al amor, se destruye, se asfixia, se hace insoportable para sí mismo y para los demás. Eso es el pecado: ruptura con Dios y ruptura con los demás, encerrado en sí mismo, en el infierno de no poder amar. Cuánto sufrimiento genera el desamor, cuántas heridas que sólo el amor puede curar. Cuántas palabras que no conducen a nada y cuántas palabras que hieren como dardos, porque no llevan amor. 

Jesús viene a sacarnos de esa desgracia. En este tiempo gozoso de Pascua, Jesús ha descendido a los infiernos para sacarnos de nuestros egoísmos y decirnos eficazmente: “Vosotros sois mis amigos” (Jn 15,14). A cuántas personas una buena amistad les ha cambiado la vida. Cuántas personas, que sólo conocían la tristeza de su propia soledad, han comenzado una nueva etapa feliz al encontrarse con un buen amigo. “Vosotros sois mis amigos”, nos dice Jesús, abriéndonos su corazón para darnos su Espíritu Santo, que nos capacita para amar, que nos da fuerzas para superar nuestros egoísmos, que nos hace vivir una plenitud insospechada, aunque todavía incipiente, porque llegará a ser completa en el cielo.  

En esta amistad que nos llena de gozo, la iniciativa ha sido de Él. Ha empezado Él a amarnos primero: “No sois vosotros los que me habéis elegido, soy yo quien os he elegido” (Jn 15,16). Ha empezado Él y no se cansa de amar. Es capaz de amarnos cuando todavía somos pecadores. El amor viene de Dios, el pecado viene del hombre, de su debilidad, de su miseria. Y la victoria es de Dios, que en la resurrección de Cristo ha vencido el pecado y la muerte. He aquí la garantía de que el amor será duradero y tiene capacidad de vencer toda resistencia. Apartarnos de ese amor sería nuestra perdición, incluso nuestra perdición eterna. Entrar en esa corriente de amor nos llevará a cumplir los mandamientos de Dios. “Si guardáis mis mandamientos, permaneceréis en mi amor, como yo guardo los mandamientos de mi Padre y permanezco en su amor”. Y el mandamiento de Dios es “que os améis unos a otros como yo os he amado”. La religión cristiana es la religión del amor, del perdón, hasta dar la vida por el otro. Que el gozo de la Pascua nos empape de este amor y nos haga permanecer para siempre en el amor de Cristo. Será la mejor señal de que hemos comenzado una vida nueva, la vida nueva del Resucitado, que nos da su Espíritu Santo. 

Recibid mi afecto y mi bendición:

+ Demetrio Fernández

Obispo de Córdoba

Mons. Demetrio Fernández
Acerca de Mons. Demetrio Fernández 358 Articles
Nació el 15 de febrero de 1950 en Puente del Arzobispo (Toledo) en el seno de una familia cristiana. Sintió la llamada de Dios al sacerdocio en edad temprana. Estudió en los Seminarios de Talavera de la Reina (Toledo), Toledo y Palencia. Es maestro de Enseñanza Primaria (1969). Licenciado en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana. Estudios de Derecho Canónico en Roma y Salamanca. Doctor en Teología por la Pontificia Universidad Salesiana de Roma con el tema: “Cristocentrismo de Juan Pablo II”. Recibió la ordenación sacerdotal el 22 de diciembre de 1974 en Toledo, de manos del cardenal Marcelo González Martín, arzobispo de Toledo. Profesor de Cristología y Soteriología en el Seminario de Toledo (1980-2005); Consiliario diocesano de MAC -Mujeres de Acción Católica- y de “Manos Unidas” (1983-1996); Vicerrector y Rector del Seminario Mayor “Santa Leocadia” para vocaciones de adultos (1983-1992); Pro-Vicario General (1992-1996); Delegado Episcopal para la Vida Consagrada (1996-1998); Párroco de “Santo Tomé”, de Toledo (1996-2004). Nombrado Obispo de Tarazona el 9 de diciembre de 2004, recibió la ordenación episcopal el 9 de enero de 2005 en el Monasterio de Veruela-Tarazona. El día 18 de febrero de 2010 fue nombrado por el Santo Padre Benedicto XVI Obispo de Córdoba. Inició su ministerio episcopal en la Sede de Osio el día 20 de marzo de 2010.