Economía social de mercado II

Mons. Juan José Omella    La economía social de mercado se convirtió, después de la 2ª guerra mundial, en un modelo político-social en Europa:

Gran libertad de mercado 
Economía competitiva
Solidaridad
Igualdad social
Protección social de gran alcance por parte del Estado.

En los últimos años se ha comprobado que el mercado libre no es capaz de aportar ciertos bienes y servicios públicos como la sanidad, la educación y la vivienda sin que intervenga el Estado. Por otra parte, en muchos países, la cohesión social se ve amenazada a pesar del elevado nivel de protección social existente, dado que no se ha tenido suficientemente en cuenta la aportación indispensable de las asociaciones voluntarias y las iniciativas privadas. La sociedad no puede funcionar únicamente basada en los derechos legales, sino que necesita espacio de generosidad, sobre todo en lo que respecta a la familia. Un exceso de bienestar del Estado, por el contrario, podría generar dependencia y obstaculizar la asunción de responsabilidad individual, la caridad activa y la solidaridad. 

No podemos olvidar, sin embargo, que el Estado es condición previa para una comunidad ordenada, sin la cual no puede lograrse el desarrollo integral humano. Como las iniciativas privadas por sí mismas no eran suficientes, se pusieron en marcha una serie de planes con los que se pretendía institucionalizar la solidaridad mediante el cobro de impuestos y las contribuciones de la seguridad social.

La forma de solidaridad organizada por el Estado es fiable, duradera y, por tanto, necesaria.

Sin embargo, no basta con ello ya que no tiene concretamente carácter voluntario. El carácter voluntario de la solidaridad no debe reprimirse o relegarse porque crea conciencia moral y “capital de confianza”. Benedicto XVI en Caritas in veritate emplea los términos “don”, “confianza”, “gratuidad” y “fraternidad”. Esa forma de solidaridad debe potenciarse en las relaciones comerciales entre los Estados y dentro de los mismos países. Este es, ciertamente, uno de los caballos de batalla más importantes en una sociedad tan individualista como la nuestra.

El tratado de Lisboa establece una clara conexión entre los objetivos sociales de la Unión Europea y la competencia, en la medida en que la Unión Europea trabaja por conseguir una economía social de mercado muy competitiva. Pero en ese modelo de política europea debería hacerse más hincapié en que sea “social”, más que en que sea “muy competitiva”. La competencia sería el medio y lo “social” sería el fin.

Pero hay que decir también que es necesario cuidar que el libre mercado competitivo no se realice por caminos de injusticia, de falta de ética. Los monopolios, los cárteles , la manipulación fraudulenta y la distorsión de la competencia a través del abuso del poder económico o la ayuda pública deberán combatirse activamente o evitarse a través de los órganos legislativos y ejecutivos de la Unión Europea.

El concepto de libre competencia no se podrá materializar sin haber establecido unas normas claras, aplicables y reforzadas por sanciones.
Desde la Doctrina Social de la Iglesia decimos sí al mercado libre, pero dentro de unas reglas éticas y unas leyes que se apliquen a todos: a los políticos, empresarios, entidades financieras etc. poniendo en sus bases la justicia social, el respeto de la persona, de toda persona humana.
Seguiremos con este tema la próxima semana.
Con mi afecto y bendición,

+ Juan José Omella Omella
Obispo de Calahorra y La Calzada-Logroño

Card. Juan Jose Omella
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Mons. Juan José Omella Omella nació en la localidad de Cretas, provincia de Teruel y archidiócesis de Zaragoza, el 21 de abril de 1946. Estudió en el Seminario de Zaragoza y en Centros de Formación de los Padres Blancos en Lovaina y Jersualén. El 20 de septiembre de 1970 recibía la ordenación sacerdotal. En su ministerio sacerdotal, trabajó como Coadjutor y como Párroco y entre 1990 y 1996 como Vicario Episcopal en la diócesis de Zaragoza. Durante un año fue misionero en Zaire. El 15 de julio de 1996 fue nombrado Obispo auxiliar de Zaragoza. Fue ordenado Obispo el 22 de septiembre de ese mismo año. El 27 de octubre de 1999 fue nombrado Obispo de la diócesis de Barbastro-Monzón, de la que tomó posesión el 12 de diciembre de 1999. Entre el 24 de agosto de 2001 y el 19 de diciembre de 2003 fue Administrador Apostólico de Huesca y entre el 19 de octubre de 2001 y el 19 de diciembre de 2003, también Administrador Apostólico de Jaca. El día 8 de abril de 2004 es nombrado Obispo de la diócesis de Calahorra y La Calzada-Logroño. Es miembro de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde febrero de 2002. Con anterioridad, desde 2000 fue Presidente en funciones de esta misma Comisión Episcopal. Es también Consiliario Nacional de Manos Unidas.