Coronación Canónica de María Santísima de la Victoria

Mons. José Villaplana    Reina del cielo, alégrate, aleluya,porque el Señor,a quien has merecido llevar, aleluya,ha resucitado, según su palabra, aleluya. Ruega al Señor por nosotros, aleluya.

Con esta hermosa antífona, que rezuma gozo, saluda la Iglesia a María en el tiempo pascual, reconociendo que Ella, que llevó al Hijo de Dios en sus entrañas; Ella, que estuvo de pié junto a su Cruz, está asociada a la Victoria de su Hijo resucitado, vencedor del pecado y de la muerte. Con estas palabras he querido comenzar, queridos hermanos y hermanas, la homilía de esta solemne fiesta de la coronación de la venerada imagen de la Virgen de la Victoria.

Saludo con afecto a mis queridos Hermanos Obispos, al Párroco del Sagrado Corazón de Jesús y a los sacerdotes y diáconos; al Hermano Mayor y a la Hermandad de la Victoria; a las Hermanas Teresianas, madrinas de la coronación; al Sr. Alcalde de Huelva y a todas las Autoridades civiles, militares, judiciales y académicas; al Consejo y a todas las Hermandades de Penitencia y Gloria; a todos vosotros, hermanos y hermanas, presentes en este hermosa fiesta, y a todos los que siguen esta celebración a través de los medios de comunicación social.

1. «Sé fiel hasta la muerte y te daré la corona de la vida» (Ap 2, 10).

Estas palabras del libro del Apocalipsis nos dan la clave de lo que significa la corona en la vida cristiana. Es el premio a la fidelidad, es el reconocimiento de la victoria al final de un combate; es el gozo de la llegada a la meta de la vida; es el cumplimiento de los anhelos más profundos. San Pablo, al final de su vida, decía: «He luchado el noble combate (…), he conservado la fe. Por lo demás, me está reservada la corona de la justicia» (II Tm 4, 7-8). La coronación es una fiesta a la fidelidad.

María es la Virgen fiel, la que ha recorrido el camino que Dios le trazó sin desviarse, la que ha obedecido a la Palabra del Señor, guardándola en su corazón y cumpliéndola con esmero. De Ella dice el Concilio Vaticano II: «La Virgen Inmaculada (…), terminado el curso de su vida terrena, fue asunta en cuerpo y alma a la gloria celestial y ensalzada como Reina del universo, para que se asemejara más a su Hijo, Señor de señores (cf. Ap 19, 16) y vencedor del pecado y de la muerte» (Lumen Gentium nº 59).

Así la Virgen María aparece como figura y modelo de la Iglesia, pues lo que se ha realizado en Ella se realizará en todos los miembros del Cuerpo Místico, pues nosotros aspiramos llegar a donde Ella ha llegado y, contando con su intercesión, pedimos al Señor serle fieles en el día a día, desarrollando nuestra vocación a la santidad recibida en el bautismo. Ella dijo sí en Nazaret y fue fiel, porque mantuvo ese sí en las pruebas y en el tiempo. Aprendamos de María a ser fieles.

2. Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe ( cf. I Jn 5, 4).

La Virgen María es la mujer creyente. En el relato de la Anunciación que hemos escuchado (cf. Lc 1, 26-38), el ángel le dice que será la Madre del Hijo del altísimo, que será grande y heredará el trono de David para siempre. María acoge llena de confianza esta palabra de Dios y queda sobrecogida. ¿Cómo será eso? ¿Cómo es posible que una muchacha sencilla de Nazaret conciba virginalmente al Mesías esperado? El ángel le dice que el Espíritu Santo obrará en Ella esta maravilla, y que para Dios nada hay imposible. Y María lo acepta.

Sin embargo, la vida parece desmentir estas promesas de Dios: Ella ve nacer, pobre y humilde, al Hijo de sus entrañas y lo envuelve en pobres pañales (cf. Lc 2, 7). Tiene que huir por la persecución de Herodes, para salvar la vida del Niño (cf. Mt 2, 13-22). Durante muchos años lo ve trabajando en la humildad de una carpintería en un pueblo pequeño (cf. Lc 2, 39 y 51). Después lo ve menospreciado, humillado y crucificado entre malhechores (cf. Jn 18-19, 34).

¿Es verdad o no lo que Dios le ha dicho? ¿Es la cruda realidad la que tiene razón o es posible mantener la fe? Ella está de pié junto a la Cruz (cf. Jn 19, 25), Ella sufre y confía, Ella guarda su fe. La resurrección de su Hijo al tercer día, la llena de alegría; Dios cumple su Palabra y nunca queda defraudado quien pone en Él su confianza (cf. Sal 25, 3). Es la victoria de la fe. ¡Es su victoria que hoy celebramos! María, la humilde doncella de Nazaret, después de dos mil años, es aclamada y coronada como Reina en el corazón de Huelva. Es acogida como Madre por todos nosotros. Es la Madre del Crucificado que vive. Es nuestra Madre.

Todas las generaciones me llamarán dichosa porque el Poderoso ha hecho obras grandes por mí (cf. Lc 1, 48-49). ¡Esta es la victoria que vence al mundo, nuestra fe! Nosotros, como Isabel, le decimos: «Bienaventurada la que ha creído, porque lo que le ha dicho el Señor se cumplirá» (Lc 1, 45).

Aprendamos de Ella, queridos hermanos y hermanas, aprendamos de Ella a ser creyentes, hombres y mujeres de fe. Necesitamos su ejemplo y su intercesión en este momento en que la fe se apaga y se debilita en tantas personas, quizás en nosotros que sucumbimos fácilmente en las pruebas, porque somos «hombres de poca fe» (Mt 8, 26). Cultivemos nuestra fe en la escucha atenta de la Palabra de Dios, para que no seamos analfabetos en la fe, como nos ha recordado el Papa el último Jueves Santo (cf. Homilía en la Misa Crismal, 5-IV-2012) . Acojamos con corazón sincero el Credo cristiano para que ilumine nuestra existencia.

La fe se fortalece dándola. Cuidemos con generosidad la transmisión de la fe en el seno de nuestras familias, para que las generaciones más jóvenes caminen a su luz y no se pierdan en la desorientación. Seamos testigos creíbles de la fe para que la Victoria de Cristo resucitado, de la que participa su Santísima Madre, llegue como Buena Noticia al corazón de los que no la conocen.

3. La fe madura por la caridad.

La fe cuando es auténtica se muestra y actúa por el amor. En María la respuesta positiva a la Palabra de Dios se tradujo inmediatamente en una actitud de servicio. María, después de la Anunciación, se puso en camino, aprisa, para dirigirse hacia la montaña de Judá para servir y ayudar a su prima Isabel (cf. Lc 1, 39 y ss.). La fe se muestra por las obras; una fe que no actúa está muerta (cf. St 2, 14-26). María, al final de su peregrinación por esta tierra es coronada en el cielo participando plenamente del amor que nunca acaba. La mejor corona es el amor.

La fiesta de la coronación de la Virgen es una manifestación de amor hacia Ella, que se ha de traducir en amor a los hermanos. El gesto de la coronación es la expresión de vuestro amor y cariño a la Virgen María, un amor que se desborda en esta celebración que nos congrega en torno a Ella como una corona humana, que la aclama como Reina y la acoge como Madre.

Esta expresión de amor a María se ha de traducir y continuar como entrega y amor a los hermanos. Bien sabéis que toda coronación va acompañada de una obra social. Por eso quiero recordar, aquí y ahora, a ese grupo de mujeres dominicanas a las que habéis querido ayudar a salir de su marginación, posibilitando el hermoso trabajo de hacer pan para ganarse el sustento de su vida. De la mano de nuestras queridas Hermanas Adoratrices, habéis realizado esa buena obra y os habéis comprometido a seguir sosteniendo ese proyecto, que abre tantas posibilidades de promoción a unas mujeres que hoy sentimos próximas a nosotros. Esta obra es la más hermosa joya que brilla en esta corona.

Sí, queridos hermanos y hermanas, la mejor corona somos nosotros mismos, cuando unidos en el amor mutuo y solidario estrechamos los lazos de nuestra fraternidad y nos comprometemos seriamente en la ayuda generosa y constante al hermano que sufre y está necesitado. Esta fiesta, que celebramos en un momento difícil de nuestra sociedad, ha de suponer para nosotros un estímulo fuerte para la transformación de nuestro mundo. Que la Virgen María interceda por nosotros, para que se logre la victoria del amor sobre el egoísmo; la victoria de la justicia frente a la desigual distribución de los bienes; la victoria del respeto a la dignidad humana frente a otros fríos intereses económicos o hedonistas.

Conclusión

La coronación no puede acabar hoy. Sé que después de la Eucaristía continuaréis la fiesta, con cantos y con júbilo, hasta llegar a la Parroquia del Sagrado Corazón de Jesús, en el Polvorín. Ha de durar siempre, porque cada día hay que continuar dejando que María sea Reina y Madre en nuestra vida. Caminemos con Ella en el seguimiento de su Hijo Jesucristo, en comunión con la Iglesia; tengamos fe como Ella, manteniendo nuestra confianza en Dios en los momentos de prueba y sufrimiento; participemos con alegría en la Eucaristía dominical; mantengámonos firmes en la fe y en una caridad creciente, para que siendo fieles compartamos un día, con Ella, la Victoria de su Hijo, y consigamos la corona de gloria que no se marchita. Amén.

+ José Vilaplana Blasco

Obispo de Huelva

Mons. José Vilaplana Blasco
Acerca de Mons. José Vilaplana Blasco 34 Articles
Nació en Benimarfull, provincia de Alicante y archidiócesis de Valencia, el 5 de diciembre de 1944. Cursó estudios eclesiásticos en el seminario metropolitano de Valencia, recibiendo la ordenación sacerdotal el 25 de mayo de 1972. Durante el curso 1980-1981 realizó estudios de Teología Espiritual en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma. Tras su ordenación sacerdotal desarrolló su ministerio, de 1972 a 1974, como coadjutor en la parroquia Cristo Rey de Gandía (Valencia). Desde ese año y hasta 1980 fue Rector del Seminario menor de Játiva y Responsable del Instituto de BUP de la misma población. Fue Vicario Episcopal de la zona de Alcoy-Onteniente y párroco de Penáguilla, Benifallim y Alcolecha entre 1981 y 1984. En 1984 fue párroco de San Mauro y San Francisco en Alcoy (Alicante). El 20 de noviembre de 1984 fue nombrado obispo auxiliar de Valencia y recibió la ordenación episcopal el 27 de diciembre de ese mismo año. El 23 de agosto de 1991 fue trasladado a la sede episcopal de Santander. En la Conferencia Episcopal Española es el Presidente de la Comisión Episcopal del Clero. Con fecha 17 de julio de 2006, fue nombrado por S.S. el Papa, Benedicto XVI, Obispo de Huelva, sede de la que toma posesión el día 23 de septiembre de 2006.