El valor de lo pequeño

Mons. Santiago García Aracil    Son muchas las cosas que cada uno debemos realizar en nuestro mundo para llevar a cabo la propia misión vocacional o profesional. Al mismo tiempo, cada uno se siente urgido para cumplir con otros deberes familiares, sociales y religiosos. Cada día parece que se acumulan más tareas; hasta el punto de sentir el agobio que brota espontáneo cuando uno percibe que no puede alcanzar a todo como quisiera. A ello contribuye, también, el ambiente de prisa y de activismo competitivo que resta serenidad y profundidad a la propia vida.

La primera reacción ante ello es la queja interior que fácilmente se exterioriza creando alrededor un clima de nerviosismo, de cansancio e incluso de impotencia. Frecuentemente se oye la expresión que parece surgir de un imperioso deseo de rendimiento al que no se llega, o de la necesidad de cierta defensa ante posibles exigencias  desmesuradas: “Yo ya no puedo hacer más”, o “No hay derecho; no tiene uno tiempo ni para entretenerse con lo que le gusta”, “Lo urgente desplaza a lo importante”

Estas vivencias o sentimientos, exteriorizados de formas distintas según personas y momentos, pueden ir creando un ambiente entorno, que provoque o respalde, en algunas personas, que vayan reduciendo a los mínimos la dedicación a los deberes vocacionales o profesionales. Los mínimos en la atención y dedicación a cada tarea vienen señalados, generalmente, por atender a lo imprescindible, a lo estrictamente necesario en el cumplimiento formal del trabajo o de la obra que estamos llamados a cumplir. En esas condiciones resulta prácticamente imposible ampliar el esfuerzo hasta lograr la culminación de lo emprendido con los detalles que merece una tarea bien realizada.

Desde la mentalidad o la situación psicológica a la que me he referido, el recurso a lo imprescindible, puede extenderse, también, a las pautas de vida, a los gestos de amor y colaboración en el seno de la familia, en los ámbitos profesionales y, cómo no, también en lo que concierne a la vida cristiana, a la relación con Dios. Es entonces cuando aflora, como defensa propia, el recurso a lo mandado. Parece que la ley se convierte en la medida de lo bueno, de lo justo, de lo adecuado para el crecimiento personal o institucional. Se olvida entonces que la ley señala siempre y solamente los mínimos, y que no cuenta con la generosidad personal impulsora de toda obra bien acabada. Sólo con la generosidad y la gratuidad personal en las dedicaciones que nos conciernen se alcanza la calidad y la belleza que dan a la vida el resplandor y el sentido correspondientes a la dignidad original de la persona humana.

Por otra parte, sabemos que casi siempre molestan los mandamientos y preceptos; molestan las normas disciplinares. Por eso, ante cualquier exigencia o requerimiento de algo que no se tuvo en cuenta, o de lo que se prescindió por las prisas o por criterios personales de simplificación, se oye decir: “pero eso, ¿dónde está mandado?” o “¿Eso es preciso y obligatorio?”.

Con este talante se estaría cayendo en cierta contradicción; porque, no gustándole a nadie que se le constriña con la rigidez  jurídica, se estaría reclamándola por falta de creatividad o de generosidad en el ordenamiento del propio deber. Al mismo tiempo, se estaría reduciendo las posibilidades de alcanzar la perfección en la propia tarea, y recortando el espacio a la gratuidad.

Pensando y actuando así, no solo tenderíamos a la mediocridad en nuestras obligaciones, sino que nos cerraríamos a la belleza propiciada por el amor que debe ser la norma de nuestro quehacer. Y, cuando este reduccionismo en nuestro proceder alcanza a nuestros deberes fundamentales, que dan color y sentido a nuestra vida, y que son los que el Señor nos encarga amorosamente, entonces cerramos el camino a la santidad. Dicho de otro modo: habiendo sido creados, redimidos y cuidados gratuitamente por Dios que nos ama infinitamente, apartamos de nuestra relación con él la gratuidad propia del amor.

Quedarse solamente en lo mandado equivale a procurar sólo “salvar el expediente”; y esto no puede formar parte del buen estilo, de la pulcritud y de la armonía que corresponden a las actitudes y comportamientos de quienes hemos sido creados por Dios a su imagen y semejanza.

Habría que pensar en esto, porque sin el cuidado de los detalles, sin el esfuerzo en favor de lo bien hecho y acabado, sin la generosidad para ir mas allá de lo estrictamente obligatorio o necesario, negamos a nuestra vida el punto de belleza que debe ennoblecerle en cada uno de sus actos; y, además, la alejamos del armonía cósmica tan bellamente manifiesta en el equilibrio de la naturaleza.

Este es el valor de lo que parece pequeño, y que, sin embargo, es precisamente lo que da mayor grandeza a lo que podemos llevar a cabo desde nuestra esencial pequeñez.

En verdad, no tenemos derecho a privar de la grandeza posible y querida por Dios, a nuestra vida que debe ser trasunto de la magnanimidad divina. 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz.

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976). CARGOS PASTORALES Fue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984. Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971. El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén. El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".