Durante esta primera semana de mayo las reliquias de San Juan de Ávila están en Granada

Durante esta primera semana de mayo las reliquias de San Juan de Ávila están en Granada, ciudad a la que el insigne predicador llegó por primera vez en el otoño de 1536. Acudió a petición del que fuera su arzobispo don Gaspar de Ávalos dedicándose “al trabajo de la predicación” – escribe Fray Luis de Granada-. Otro de los primeros biógrafos, el licenciado Muñoz, afirma de su etapa granadina “se despoblaba la ciudad el día que predicaba […] llamábanle comúnmente ‘paz de Granada’, porque se ejercitaba en hacer paces y amistades, acudir a pobres y encarcelados, y hacer obras de caridad”.

De Granada salieron numerosos discípulos y colaboradores del Maestro Ávila. Su paso por esta ciudad cambió el rumbo de muchas vidas, que después de oir los sermones del Maestro, quedaron tocados del amor de Dios. Su amigo y biógrafo Fray Luis de Granada afirma: “Y pudiera referir aquí las personas insignes que fueron tocadas de Nuestro Señor, que después fueron doctores en Teología y, muy útiles a la Iglesia con su ejemplo y dotrina; y por ser muchos de ellos vivos, no me pareció referir aquí los nombres de ellos” Especialmente significativas y atestiguadas son la experiencia de conversión de Juan Ciudad –san Juan de Dios- o del marqués de Lombay –san Francisco de Borja-.

El 20 de enero, fiesta de San Sebastián, Juan Ciudad, de origen portugués, aventurero, vendedor de libros en la granadina Puerta Elvira, acude a festejar al santo a la Ermita de los Mártires y escucha el sermón del Maestro Ávila. El predicador propone el gran ideal de las bienaventuranzas y cómo Cristo hace sabrosas la pobreza, las deshonras y las lágrimas. Tras la escucha, Juan, el mercader, hace confesión pública de sus culpas, se desprende de todo lo que tiene comenzando por repartir los libros devotos entre la gente que se le acerca y toman el acto como locura, e inicia un diálogo con Juan de Ávila que lo seguirá animando en su vida espiritual hasta la muerte. Encerrado en el Hospital Real, tomado por loco, atiende a los enfermos y mendigos y toma conciencia de su misión: recoger a los pobres desamparados y faltos de juicio, y servirles como yo deseo.

Francisco de Borja, marqués de Lombay, llegaba a Granada a mediados de mayo de 1539 con la comitiva que acompañaba el cadáver de la emperatriz Isabel, esposa de Carlos V, para ser enterrado en la Capilla Real. Contemplar el rostro desfigurado de la reina y escuchar la predicación del Maestro Ávila en la iglesia mayor de Granada en torno a la vanidad y el engaño de esta vida y de la eternidad de gloria, despertaron en Francisco el propósito de “no más servir a señor que se pueda morir”.

“Y porque en esta ciudad sucedieron prósperamente estas y otras cosas semejantes, alegrándose el padre del fruto de sus trabajos, cuando nombraba esta ciudad la llamaba él ‘mi Granada’, por haber allí lucido tanto su trabajo; porque parece que la mano de Dios entrevenía en este negocio, favoreciendo a este su fiel siervo, que día y noche no pensaba ni trataba sino de amplificar su gloria” afirma Fray Luis de Granada.

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