Discurso de Monseñor Sebastián al recibir la medalla de Oro de la Fundación Pablo VI

Monseñor Fernando Sebastián Aguilar, Arzobispo emérito de Pamplona y Tudela y administrador apostólico de la diócesis de Málaga, recibía la medalla de Oro de la Fundación Pablo VI en un acto que se celebró el jueves 26 de abril en el Auditorio Ángel Herrera de Madrid.

A continuación se reproduce las palabras de agradecimiento que pronunció el Arzobispo durante el acto de entrega de la distinción de la Fundación Pablo VI.

«No es tarea fácil decir cuatro palabras sensatas y oportunas en estas circunstancias. Hemos tenido ocasión de escuchar esta laudatio tan cordial, tan simpática, tan magistralmente escrita. Al oírla uno piensa “Señor qué vida tan larga”, cuántas cosas he hecho, por cuantos sitios he pasado. Y te encomiendas a la misericordia de Dios, porque en tantos cargos, en tantas responsabilidades, tiene que haber por fuerza muchas deficiencias que Dios perdonará con su infinita misericordia.

Joaquín Luis (Joaquín Luis Ortega) acaba de presentar un elogio de mi persona con la gracia y la sobriedad castellana que él pone siempre en sus cosas magistralmente, pero que en este caso desborda la realidad. Yo agradezco de corazón sus palabras, las acertadas y las menos ciertas, dichas todas con el mismo cariño y acogidas por mi parte con la misma gratitud. Las alabanzas son siempre agradables aunque no sean del todo verdaderas. Así lo decía aquel Cardenal romano a un Monseñor que alababa su plática “So che non è vero, ma anche così mi piace”.

Todos vosotros me conocéis y habéis tenido ocasión de tomar buena medida de mis cualidades y de mis defectos. Nos quedamos en el terreno de la verdad y de la sobriedad que es el único terreno firme y seguro. Gracias Joaquín Luis porque has hablado con sobriedad castellana y con cristiana amabilidad, como es tu costumbre y como a mí me gusta.

La vejez tiene muchas cosas buenas. Entre otras cosas es el tiempo de los homenajes. En el otoño de la vida maduran frutas que no se pueden comer en las otras edades. Y una de ellas es ésta de los homenajes. Hace falta vivir muchos años y dejar atrás muchas cosas para poder estar rodeado de un grupo de personas escogidas, un grupo de personas tan variadas y tan valiosas como todos VV. Convocadas y reunidas con la generosa finalidad de homenajearle a uno y hacerle pasar una tarde agradable. Es un privilegio y una bendición de Dios poder vivir este día con vosotros en este lugar tan significativo.

No se me escapa que hay homenajes y homenajes. Los hay previstos, poco menos que reglamentarios, que tienen poco de espontaneidad y de verdad. Y hay otros, como éste, que por poco merecido y poco buscado, llegan cargados de autenticidad, de afecto, de generosidad. Precisamente porque yo no tenía ningún motivo para ser homenajeado por vosotros, precisamente porque no entraba en mis cálculos ni en mis pretensiones, este acto es más bonito y más de verdad, más de agradecer, resulta del todo gratuito, del todo amistoso, fruto enteramente de vuestra amable generosidad.

Por él, tengo que dar las gracias, en primer lugar, al Patronato que tuvo la feliz idea de otorgarme esta Medalla de Oro de la Fundación. No acierto a ver con claridad qué méritos puedo tener yo para justificar esta concesión. Pero es igual, la recibo con agradecimiento y con alegría. Desde el punto de vista del Patronato entiendo que es una forma de reconocer y de agradecer mi dedicación al servicio de la Fundación y de sus fines eclesiales y apostólicos durante los años que fui miembro del Patronato al que tuve el honor de presidir durante dos trienios. Es verdad que aquellos años fueron importantes y exigentes, en poco tiempo tuvimos que hacer frente a muchos problemas de orden económico, administrativo, académico y jurídico. Todo se fue resolviendo con la ayuda de Dios.

Con la ayuda de Dios y con la ayuda decidida y sumamente valiosa de unos colaboradores que asumieron conmigo la tarea de renovar la Fundación y se tomaron la molestia de programar y realizar las tareas no siempre agradables que las circunstancias requerían. En todo caso, a ellos, tanto como a mí, les corresponde esta Medalla y este reconocimiento. Gracias Pepe, gracias Fernando, gracias David, gracias María Teresa, gracias Azucena y gracias a todos los que desde cualquier puesto docente, técnico o administrativo trabajasteis durante aquellos años y seguís trabajando con ilusión y lealtad por el bien de la Fundación y de sus obras.
Quienes os habéis ocupado directamente de organizar este acto de homenaje queríais que fuera un acto amable, simpático, en el que yo me sintiera querido y a gusto. Lo habéis conseguido plenamente. Estoy a gusto. Me siento feliz. Habéis sido capaces de reunir aquí en esta tarde a todas estas personas queridas, con cuyos rostros se puede recomponer casi por completo la película de mi vida. Hay amigos de juventud, de los lejanos años de Calatayud, en la Congregación mariana y en el Instituto “Miguel Primo de Rivera”, al que ya los reconstructores y destructores de la historia de España le han cambiado el nombre. Sois la presencia viva de aquellas tierras queridas de aquellos años decisivos de mi adolescencia en los que el Señor me miró y me llamó por mi nombre. Hay amigos y testigos de los largos años de estudios eclesiásticos, en Solsona, en Valls, en Roma. Hermanos y compañeros Claretianos. Hay también amigos entrañables de los años decisivos de Salamanca, los hay de los años más recientes del ministerio episcopal, en León, en la Secretaría General, en Granada, en Málaga y en la inolvidable y querida Navarra. Obispos ya eméritos, compañeros de ministerio y de preocupaciones en los años fuertes de los 70 y 80, otros jóvenes que han tomado el relevo con ilusión, generosidad y fortaleza.

Y como no podía ser menos hay también representantes muy queridos de estos apacibles años de jubilación que Dios me esta dando en la querida tranquilidad de Málaga. Otros muchos hubieran querido venir para mostrarme su afecto pero no han podido hacerlo por razones de edad, de trabajo o de enfermedad. Siento también la presencia de mis hermanas y de mis sobrinos que no han podido venir físicamente pero que están espiritualmente muy cerca de mí en estos momentos.

A todos vosotros, que habéis hecho el esfuerzo de venir, os doy la gracias de todo corazón y os correspondo con un afecto sincero y una leal amistad. Veros aquí reunidos es como ver recompuesta toda la sucesión de mi vida. Verdaderamente los amigos, las personas que nos quieren y a las que queremos son lo mejor de la vida, lo mejor de nosotros mismos, de nuestra identidad, de nuestros recuerdos, de nuestras melancolías. También de nuestras deficiencias. Sois la recomposición de mi vida en un mosaico viviente, amable y sugerente, cercano y auténtico.

Con este homenaje habéis querido premiar mi trabajo y colaboración en la obra magnífica de esta Fundación creada por el Siervo de Dios Cardenal Angel Herrera Oria. Es una cosa curiosa lo que me ha ocurrido a mí con el Cardenal Herrera Oria. Yo no lo conocí personalmente. Mientras vivió no tuve ninguna relación con él. Pero luego me ha tocado intervenir en muchas de sus obras.

Recogí la herencia de sus ideas y proyectos en la Universidad Pontificia de Salamanca, donde él quiso promover una Universidad Católica. Tuve que hacerme cargo del Consejo de Administración del periódico YA en una situación crítica. Le sucedí en el cuidado pastoral de la Diócesis de Málaga, donde tuve la oportunidad de renovar y consolidar la obra de sus escuelas y colegios creando la Fundación docente de Sta. María la Real. Más tarde pude intervenir en esta Fundación uno de sus últimos proyectos al que dedicó muchos esfuerzos y en el que puso muchas ilusiones.

En los cuatro casos pude comprobar la fuerza de sus intuiciones apostólicas y renovadoras, y pude ver también lo difícil que es en nuestra sociedad y en nuestra Iglesia poner en marcha nuevas iniciativas con realismo y sensatez, sobrepasar un poco la línea segura y cómoda de lo ya conocido.

Tengo que decir que en todas estas obras me he sentido cómodo y he trabajado a gusto. Porque en todas las obras del Cardenal he encontrado las mismas características, el deseo de dotar a nuestra Iglesia española de los medios de presencia y de acción que requiere una sociedad moderna, culturalmente promovida, políticamente libre, religiosamente fragmentada y pluralista. No es agradable comprobar que las mismas carencias de la Iglesia española que Herrera quería remediar, en buena parte, siguen estando presentes en la Iglesia de hoy. La necesaria renovación interior para anunciar y vivir el mensaje de Jesucristo en una sociedad libre, democrática y desconfesionalizada; la formación de dirigentes cristianos y la evangelización de la cultura; La aplicación práctica de la Doctrina Social de la Iglesia y de la caridad social a la convivencia social y política de los españoles. Tengo la esperanza de que la Fundación Pablo VI y la querida Universidad Pontificia de Salamanca se reconozcan como hermanas y se apoyen mutuamente para cumplir su ideal, los ideales de Herrera que han sido también durante muchos años mis ideales, mis compromisos y mis deseos más sinceros.

Decimos que los tiempos cambian. Lo que realmente cambia somos nosotros, somos las personas. Pasan unas generaciones y llegan otras con nuevas ideas y nuevos planes. La mínima sabiduría recomienda aceptar gustosamente con todas sus consecuencias la sucesión de los años. Me sentiría feliz si las nuevas generaciones pudieran y supieran alcanzar las metas que nosotros no pudimos o no supimos hacer.

Para terminar, en correspondencia a vuestra amabilidad, os quiero hacer una confesión, una confidencia. En estos años de la jubilación estoy descubriendo el valor de la vejez. La vejez es una gracia de Dios. Comprendo que la vejez es un verdadero derecho, una verdadera necesidad del hombre. Un necesidad para llegar a ver la vida humana con serenidad y verdad, en sus verdaderas dimensiones. La vejez es el necesario cumplimiento de la vida del hombre sobre la tierra, el atrio natural de la Casa de Dios. Desde la cumbre de los ochenta se ve el mundo con mucha serenidad, sin ninguna ambición, con comprensión y misericordia. Con el tiempo nuestra vida se hace oblación, se hace eucaristía, no sólo en el Altar, también en la vida del hombre se toca el Cielo con la Tierra. Dios lo ha querido así. Vosotros, todos vosotros, tenéis mucho que ver en esta misteriosa y gozosa experiencia.

Biografía

Nació en Calatayud, provincia de Zaragoza, el día 14 de diciembre de 1929. Ingresó en la Congregación de Misioneros Hijos del Inmaculado Corazón de María (Misioneros Claretianos) en Vic en 1945. Profesó en ella el 8 de septiembre de 1946. Terminados los estudios filosóficos y teológicos en los Seminarios propios de la Congregación, en Solsona y Valls respectivamente, fue ordenado sacerdote en Valls el 28 de junio de 1953 por el Cardenal Arriba y Castro.

Inmediatamente después fue a Roma a especializarse en Teología. En 1956 amplió estudios en la Universidad de Lovaina (Bélgica) sobre Filosofía con­temporánea, Teología fundamental, Teología y Pastoral de los sacramentos.

En 1966 fundó la revista Iglesia Viva. Fue Director de esta revista hasta 1971. Anteriormente había sido miembro de la Sociedad Mariológica Española (1959) y Director de la Revista Ephemerides Mariologicae (1966).

En 1967 comienza su labor docente en la Universidad Pontificia de Salamanca. En 1970 fue elegido Decano de la Facultad de Teología y en septiembre de 1971 fue nombrado Rector de la Universidad, cargo que desempeñó hasta el 17 de julio de 1979.

Cargos pastorales

En agosto de 1979 fue nombrado Obispo de la Diócesis de León por el Papa Juan Pablo II, siendo consagrado Obispo el 29 septiembre de 1979.

En septiembre de 1991 fue nombrado por el Papa Juan Pablo II Administrador Apostólico de la Diócesis de Málaga.

En 1992 fue designado Gran Canciller de la Universidad Pontificia de Salamanca.

El 26 de marzo de 1993 fue nombrado Arzobispo de Pamplona y Obispo de Tudela. Tomó posesión el 15 de mayo del mismo año.

Participó en seis Asambleas del Sínodo de los Obispos. Formó parte de la Comisión preparatoria para la Asamblea Extraordinaria del Sínodo de los Obispos dedicada a Europa.

En 1994 intervino en el Sínodo de los Obispos sobre la Vida Consagrada.

En junio de 2001 la Universidad Pontificia de Salamanca le entregó la Medalla de Oro en reconocimiento a sus servicios como Catedrático, Decano, Rector y Gran Canciller. En el tiempo comprendido entre el 15 de septiembre de 2003 al 29 de mayo de 2004 desempeñó el cargo de Administrador apostólico de Calahorra y La Calzada-Logroño.

En junio de 2004 fue nombrado Presidente del Patronato de la Fundación Pablo VI.

En julio de 2007 el Santo Padre aceptó su renuncia como arzobispo de Pamplona y obispo de Tudela que había presentado cuando cumplió los 75 años, dando el relevo a Mons. Francisco Pérez González, el 30 de septiembre de 2007.

Liberado del gobierno pastoral el Santo Padre Benedicto XVI le confió la dirección de Lumen Dei como superior general durante aproximadamente un año.

El 26 de abril de 2012 le fue impuesta la Medalla de Oro de la Fundación Pablo VI.

Otros datos de interés

En la Conferencia Episcopal Española fue elegido Secretario General entre 1982 y 1988.

En febrero de 1993 y hasta 1999 fue Vicepresidente de la Conferencia Episcopal Española, cargo para el que fue reelegido en los años 1996 y 2002.

Desde 2011 es miembro de la Comisión Episcopal de Relaciones Interconfesionales.

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