La Pascua abre puertas para la nueva evangelización

Mons. Amadeo Rodríguez     Como hemos escuchado en los relatos de las apariciones del Resucitado, las puertas del cenáculo estuvieron unos días cerradas; el miedo mantenía a los apóstoles en su interior sin saber qué hacer (cf Jn 20,1931). Pero esa situación no duro mucho. Aunque aún estuvieron un tiempo dentro de él, cuando reconocieron y confesaron al Señor resucitado perseveraban en la oración con las mujeres y con María (cf Hch 1,12-14). Pero las puertas, al menos las interiores, ya estaban abiertas. El tiempo del cenáculo, tras haber reconocido y haber confesado al Señor resucitado, no es un tiempo inútil: es la etapa de la necesaria preparación para que el Espíritu los encuentre enriquecidos de fe, esperanza y caridad. La oración, en efecto, era su modo de experimentar que el Señor estaba en medio de ellos.

El Espíritu romperá definitivamente los muros, para que el Evangelio salga fresco y fuerte hacia esos ámbitos que, aún sin saberlo, vivían a la espera de Cristo. Pentecostés se dirige al corazón de las culturas: partos, medos y elamitas, etc. Todo sucede entre un anuncio sorprendente, penetrante, que tiene un rostro crucificado y resucitado y se a cerca a las necesidades, los anhelos y las peticiones de lo que viven abiertos a la posibilidad de encontrarse con un misterio de amor y de gracia. Para que esto suceda, el Espíritu rompe temores por ambos lados: a los apóstoles les descubre el valor de lo que tienen para ofrecer, y a los peregrinos, llegados a Jerusalén, les abre el corazón para que acojan lo  que tanto desearon. Por el Espíritu la Palabra va a donde tiene que ir, sin más estrategia que la de haberse aposentado en el corazón del apóstol, para, desde él, penetrar en el corazón de los nuevos creyentes.

Quizás sea largo y retórico este discurso que acabo de hacer, pero encuentro que necesario; porque corremos el peligro que ir a la estrategia porla estrategia. Sóloevangeliza el que vive cada día con corazón de apóstol; el que es consciente de que, por donde él camino, camina la gracia que busca al ser humano allí donde esté. Sólo hay una condición: hay que caminar, por el Espíritu, sin miedo y sin prevención; hay que  andar convencidos de que a nuestro lado siempre van los amados de Dios, los buscados por su misericordia, los perdonados por sus errores, los redimidos y salvados, especialmente si son pecadores.

Este argumento no nos puede ahorrar, no obstante, la identificación de los nuevos espacios de la evangelización, la localización de aquellos ambientes en los que la fe tiene que encontrarse, también hoy, con los nuevos referentes culturales. Al contrario, nos adentra en ellos sea cual sea su complejidad. Cada cual en su situación, aunque doméstica y pequeña como quizás es la nuestra, hemos de abrir caminos de encuentro evangelizador tanto con los que están cerca de nosotros, pero quizás no entienden del todo por qué somos como somos, y también con los que están más lejos, y nunca supieron cuál es la verdadera motivación por la que vive un cristiano. A todos tenemos que llevarles nuestro amor a Jesucristo.  

Hoy hay entre nosotros -en nuestros templos, en los atrios de nuestro entorno y en otros espacios que ya nada tienen que ver con nuestro mundo cristiano- muchos hombres y mujeres, asequibles por el afecto, por las aficiones comunes, por la relaciones sociales o laborales, a los que tenemos el deber de anunciarles, con el testimonio de nuestra vida y con la coherencia de nuestra fe, que Jesucristo es hoy más que nunca una posibilidad de vida, de felicidad, de amor y, sobre todo, de eternidad.

Cada cual ha de hacerlo sin miedo a pisar el terreno que transitamos y al que hoy llamamos secularizado. Se trata de terrenos por los que transita el hombre y la mujer de nuestro tiempo y que, en su conjunto, conforman la cultura del hombre contemporáneo: el de la educación, el de los medios de comunicación, en el mundo político, entre los emigrantes, el de la economía, la familia, las asociaciones, el ocio y la fiesta, etc. Es evidente que cada uno lo hará allí donde le sea más fácil entrar; porque muchos de estos ámbitos requieren capacidades y experiencia. Pero el que vive de la fe ha de ser testigo allí donde la vida le lleve cada día y, sobre todo, allí donde el Señor le llame.

Pero nunca el apóstol ha de andar en solitario, porque las asperezas del terreno pueden no sólo desanimarnos, también podrían destruirnos. Necesitamos la compañía de la gracia, que siempre nos precede y llega antes de que nosotros intentemos entrar. La gracia del apóstol, como todos sabemos por experiencia, se alimenta en la Iglesia, la reunida en cada cenáculo para la celebración dela Eucaristía. Allínos habla el Señor con su Palabra, nos renueva en su amor pascual, nos alimenta de su cuerpo y nos hace un solo cuerpo en el mismo pan. En el cenáculo está Benedicto XVI, está el Obispo local, está el sacerdote que preside y está la comunidad que nos sostiene y envía.

Que la Pascua nos enseñe a vivir sin miedo y a encontrar el clima de la misión: estar unidos, con Jesús en medio, y siempre a la espera del Espíritu, que nos da el “fuego” de la salida y la alegría para el camino.

Con mi afecto y bendición.

+ Amadeo Rodríguez Magro

Obispo de Plasencia

Mons. Amadeo Rodríguez
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Mons. Amadeo Rodríguez Magro nació el 12 de marzo de 1946 en San Jorge de Alor (Badajoz). Realizó los estudios eclesiásticos en el Seminario diocesano de Badajoz, del que luego sería formador. Recibió la ordenación sacerdotal el 14 de junio de 1970. Su primer destino pastoral fue de coadjutor de la parroquia emeritense de San Francisco de Sales (1970-1974), de la que posteriormente sería párroco (1977-1983). Tras obtener la licenciatura en Ciencias de la Educación (sección Catequética) en la Universidad Pontificia Salesiana de Roma (1983-1986), D. Amadeo fue nombrado por su Obispo, D. Antonio Montero, vicario episcopal de Evangelización y director de la Secretaría Diocesana de Catequesis (1986-1997), siendo también designado vicario territorial de Mérida, Albuquerque y Almendralejo; y finalmente vicario general (1996-2003). Fue además secretario general del Sínodo Pacense (1988-1992) y secretario de la conferencia de Obispos de la Provincia Eclesiástica de Mérida-Badajoz (1994-2003). En 1996 fue nombrado canónigo de la Catedral de Badajoz, cuyo cabildo presidió de 2002 a 2003. Realizó su labor docente como profesor en el Seminario, en el Centro Superior de Estudios Teológicos, en la escuela diocesana de Teología para Laicos (1986-2003) y de Doctrina Católica y su Pedagogía en la Facultad de Educación de la Universidad de Extremadura (1987-2003). También formó parte del consejo asesor de la Subcomisión Episcopal de Catequesis de la Conferencia Episcopal Española. El 3 de julio de 2003 San Juan Pablo II le nombra obispo de Plasencia y recibe la ordenación episcopal en la Catedral de Plasencia el 31 de agosto de 2003. En la Conferencia Episcopal Española es el vicepresidente de la Comisión Episcopal de Enseñanza y Catequesis y presidente de la Subcomisión Episcopal de Catequesis desde 2014, de la que ya era miembro desde 2003. También ha formado parte de la Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias de 2005 a 2011. El 9 de abril de 2016 se hizo público su nombramiento como obispo de Jaén. Tomó posesión de su cargo el día 21 de mayo de 2016.