La alegría de la Pascua (II)

Mons. Braulio Rodríguez     En mi última comunicación con ustedes aludía yo a que la liturgia eucarística del tiempo de Pascua abunda en alusiones a la alegría, al gozo, al júbilo incluso, poniendo siempre como fuente el misterio del Cristo resucitado que es celebrado y actualizado en la Eucaristía. Citamos ahora esta preciosa oración sobre las ofrendas del cuarto domingo de Pascua: “Concédenos, Señor, que la celebración de estos misterios pascuales nos llenen siempre de alegría y que la actualización repetida de nuestra redención sea para nosotros fuente de gozo incesante”. O esta otra del tercer domingo pascual: “Recibe, Señor, las ofrendas de tu Iglesia exultante de gozo, y pues en la resurrección de tu Hijo nos diste motivo de tanta alegría, concédenos participar también del gozo eterno”.

Quiero fijar mi atención en la frase “actuación repetida de nuestra redención”, contenida en esa bella oración del domingo del Buen Pastor. Se está hablando, sin duda, de la Eucaristía, en concreto de ese momento de la celebración en que el sacerdote se dispone a empezar la oración eucarística. Significa que la alegría que difundió en su momento histórico la resurrección de Cristo, como victoria sobre la muerte, ahora tiene su “lugar” de actuación en la Eucaristía. Y es que la Eucaristía podemos decir que es el Misterio Pascual en acción. De ahí su importancia vital para el cristiano.

En realidad con la Eucaristía se juegan muchas cosas en la Iglesia. Estoy convencido de que cualquier cristiano que haya experimentado el encuentro con Cristo resucitado comprende enseguida la importancia de la Misa dominical. La Eucaristía es la fiesta de los de casa en el domingo. No podemos invitar a la Misa a quien no conoce a Jesús, ni ha oído ni sabe que ha resucitado. Es empezar la casa por el tejado. Es preciso que los bautizados comprendan al menos el valor de la celebración festiva y gozosa de la Eucaristía dominical, que “Es el Cristo crucificado y glorificado quien pasa en medio de sus discípulos para llevárselos juntos hacia la renovación de su resurrección”, como decía Pablo VI en una conocida exhortación apostólica sobre la alegría cristiana (Gaudete in Domino 77).

Sin duda que es preciso insistir oportuna e importunamente sobre la fidelidad de los bautizados a la celebración festiva y gozosa de la Eucaristía, porque las cosas esenciales las olvidamos pronto o la debilidad nos impide persistir en los buenos propósitos, pero poco conseguiremos si en la formación en la fe, en la Iniciación Cristiana en general, no mostramos cuál es el significado profundo de la Eucaristía y su celebración: encuentro en la comunidad de la Iglesia con Cristo resucitado, que da alegría a nuestra vida. Para alcanzar esta persuasión hay que echar mano de muchos recursos y tener hoy la comunidad cristiana esa vitalidad que nos muestra el libro de los Hechos de los Apóstoles tenía las comunidades primeras. Aquel asombro de poder celebrar la Eucaristía, haciendo memoria del Misterio Pascual de Cristo, que vuelve cada vez que nos reunimos según nos mandó, sobre todo el domingo.

Pido al Señor, como regalo de Pascua para todos los fieles, redescubrir la importancia de la Misa dominical, para poder gozar del júbilo del Resucitado, ahora que desde el pasado Domingo de Resurrección tenemos la ayuda del Directorio de la Iniciación Cristiana. Santa María, la primera de los creyentes, que también conoció a su Hijo resucitado nos lo alcance de la bondad del Padre por el Espíritu Santo. 
  

+ Braulio Rodríguez Plaza

Arzobispo de Toledo

Primado de España

Mons. Braulio Rodríguez
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Don Braulio Rodríguez Plaza nació en Aldea del Fresno (Madrid) el 27 de enero de 1944. Estudió en los Seminarios Menor y Mayor de Madrid. En 1973 obtuvo la Licenciatura en Teología Bíblica en la Universidad Pontificia de Comillas. En 1990 alcanzó el grado de Doctor en Teología Bíblica por la Facultad de Teología del Norte, con sede en Burgos. Ordenado presbítero en Madrid, el 3 de abril de 1972. Entre 1984 y 1987 fue miembro del Equipo de Formadores del Seminario Diocesano de Madrid. Fue nombrado obispo de Osma-Soria el 13 de noviembre de 1987, siendo ordenado el 20 de diciembre. En 1995 fue nombrado obispo de Salamanca. El 28 de agosto de 2002 se hizo público su nombramiento por el Santo Padre como arzobispo de Valladolid. Benedicto XVI lo nombró Arzobispo electo de Toledo, tomando posesión de la Sede el día 21 de junio de 2009. Es el Arzobispo 120 en la sucesión apostólica de los Pastores que han presidido la archidiócesis primada.