Arrepentimiento sí, complejos no

Mons. Santiago García Aracil     Hemos vivido recientemente el tiempo de la Cuaresma. La Santa Madre Iglesia nos ha invitado a la conversión repitiendo las palabras de Jesucristo: “convertíos y creed en el Evangelio” (Mc 1, 15). Esas fueron las palabras con que nos impusieron la ceniza.

El esfuerzo para conocerse a sí mismo, en orden al arrepentimiento de lo que hemos hecho mal y de lo que deben ser nuestros objetivos concretos a corto y medio plazo, no resulta siempre fácil. Sobre todo, porque no se trata, simplemente, de cambiar unas acciones y unos comportamientos por otros. Se trata de llegar al fondo de nuestra vida analizando las motivaciones que nos llevan a esas formas de vivir. Y esto implica, por ejemplo, revisar las convicciones profundas que nos mueven a actuar de un modo concreto; implica, también, revisar el origen de esas convicciones, porque, en su raíz, puede haber una deficiencia de formación, de fe, de aceptación de las orientaciones y apoyos convenientes, etc. Y, en ello, podemos encontrar una ignorancia culpable, o una debilidad sostenida ante influencias ambientales. Por eso debemos entender que la conversión, tarea permanente de la vida cristiana, implica a toda la persona en su realidad profunda y en su relación con los elementos culturales y ambientales que son adversos a los caminos del evangelio.

Mirada en su real complejidad y amplitud, puede parecernos que la conversión es tarea de toda una vida; y que, así y todo, es muy posible que nos llevemos a la otra vida un saldo todavía negativo, o una conversión bastante incompleta.

Ante estas consideraciones, debemos afianzar, además, dos convicciones: la primera, que estamos llamados inexcusablemente al apostolado; la segunda, que el apostolado no se puede llevar a cabo honestamente sin el testimonio de vida. A la vista de estas exigencias, plenamente razonables y evangélicas, podemos encontrarnos con un bloqueo interior motivado por la conciencia de que nuestra conversión, que debería ir adelante, todavía es deficiente. Ciertamente no podemos olvidar nuestra condición de pecadores y, por ello, tampoco podemos olvidar nuestras deficiencias en lo que al testimonio se refiere. Pero no por ello podemos olvidar que el testimonio exigido por un apostolado coherente, está muy lejos de lo que podría considerarse como el dar ejemplo de una vida evangélica plena en sus diversos, abundantes y complejos aspectos.

El testimonio fundamental que la coherencia apostólica nos exige, consiste en la manifestación espontánea, y no exhibicionista, de nuestra permanente actitud de conversión en la búsqueda de la verdad, en la confianza en Dios y en un constante arrepentimiento que termina en la confesión asidua de nuestros pecados, torpezas y deficiencias.

El mayor testimonio cristiano es el del amor y de la esperanza. Quien se manifiesta imperfecto y pecador, pero es capaz de proclamar la experiencia de la misericordia infinita de Dios, y de la confianza en que Dios está siempre dispuesto a recibirnos, a perdonarnos y acompañarnos, ese es quien da el verdadero testimonio cristiano. Y ese testimonio es el que invita a que se acerquen a Jesucristo a los que buscan a Dios, en quien está, la verdad, el bien, y la fuente de la paz interior y de la renovación personal y social.

Debemos tener muy claro que el apostolado cristiano, cuyo componente imprescindible es el testimonio de vida, aunque no es permisivo con actitudes de tibieza o de pecado, no debe sumirnos en un complejo de incapacidad apostólica a la vista de nuestras deficiencias. Por eso he titulado estas líneas llamando a un arrepentimiento sin complejos.

El amor infinito de Dios, que nos garantiza su infinita misericordia, nos llena de gozo y de esperanza. Y, por tanto, nos lanza al apostolado en el que debemos proclamar, de palabra y con nuestra experiencia de vida, que Dios nos ama, que Dios nos perdona y que Dios nos espera y ayuda siempre. Ser conscientes de nuestros errores y pecados nata tiene que ver con ningún complejo, si se confía en el amor y la misericordia de Dios.

 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz.

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976). CARGOS PASTORALES Fue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984. Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971. El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén. El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".