La Palabra que nos deja sin palabra

Mons. Santiago García Aracil     No nos quita la libertad, pero pone en evidencia nuestras propias torpezas y concupiscencias. Es como espada de doble filo que impide la escapatoria motivada por los propios intereses ajenos a la verdad, y que pretendemos justificar sin razón.

Me estoy refiriendo a la Palabra de Dios que  nos llega a través de la Sagrada Escritura tal como nos la ofrece la Santa Madre Iglesia. Por ser palabra que el mismo Dios ha revelado a los escritores, elegidos por Él para ser los transmisores de su sagrado mensaje, merece nuestra escucha reverente, con la sincera disposición interior para aceptar sus enseñanzas.

Sin embargo, esa palabra no acaba de ser debidamente conocida por todos los cristianos. En consecuencia, no puede mover el corazón hasta el punto de aceptarla como norma o guía de nuestro andar cotidiano.

No sería justo ni acertado afirmar, sin más precisiones, que los cristianos desconocemos la palabra de  Dios. A poco que uno participe en las acciones litúrgicas (santa Misa, administración del Bautismo o de la Confirmación, etc.) donde se proclama la palabra de Dios y en cuya predicación se explica su significado, tiene en la memoria algunas expresiones bíblicas, que incluso utiliza con total naturalidad en determinadas ocasiones.

Sin embargo, sabemos muy bien que las expresiones utilizadas fuera de su contexto  y al margen de la enseñanza global que nos transmite la Sagrada Escritura, pueden sufrir interpretaciones distintas e incluso contrarias a su propio significado. El conocimiento de la Palabra de Dios, tal como lo necesitamos para ordenar nuestra vida según los planes divinos, y tal como Dios quiere, nos pide cierta familiaridad con los textos sagrados. Familiaridad que se adquiere con la lectura de la Biblia y con la reflexión, serena y libre de prejuicios, orientada por la predicación de la Iglesia.

El Señor no quiere que cada uno interprete libremente su palabra. Por eso dejó bien claro en su santo Evangelio estas palabras referidas a los Apóstoles, que son el fundamento de la Iglesia: “Quien a vosotros escucha, a mí me escucha; quien a vosotros recibe me recibe a mí y a Aquel que me ha enviado”(Lc. 10, 16).

No extrañe que Jesucristo pusiera a su Iglesia como intérprete de su mensaje y de sus palabras. La experiencia nos da a entender la facilidad con que, entre nosotros, se dan interpretaciones muy distintas, que se manifiestan inspiradas en las mismas palabras pronunciadas por una persona. De ello tenemos muestras abundantes en los medios de comunicación social cuando se hace referencia, sobre todo, a expresiones de los políticos.

El mensaje de Jesucristo no está sometido a los prejuicios e intereses humanos. La verdad es la verdad, al margen de las interpretaciones que de ella se hagan. Jesucristo es la Verdad. Él solo es el intérprete autorizado de su mensaje. Y Él ha querido que la genuina interpretación de sus palabras nos llegara a través de su Cuerpo Místico, del que Él es la Cabeza sin la cual el cuerpo no tiene vida. Ese Cuerpo vivo de Jesucristo es la Iglesia. Por eso dijo el Señor que las puertas del infierno no prevalecerán contra ella. (cf. Mt. 16,18).

Con estas reflexiones quiero lanzar una invitación a todos los cristianos, especialmente a los más responsables, para que intenten familiarizarse con la Palabra de Dios; para que adquieran la sagrada Biblia o, al menos, el Nuevo Testamento, una de cuyas partes son los santos Evangelios; la otra parte está formada por los escritos de los Apóstoles. Ellos son los testigos genuinos de la predicación  y de la vida de Jesucristo.

En distintas parroquias, en movimientos apostólicos y en grupos de formación, se tienen reuniones para la lectura, explicación y aplicación de  la palabra de Dios. La participación en estas actividades puede ayudar mucho al conocimiento del mensaje de salvación que es el contenido de la Sagrada Escritura.

Que no haya un solo hogar cristiano que carezca de la Sagrada Biblia o, al menos, del Nuevo Testamento. Es muy importante que los miembros de la familia cristiana se vayan familiarizando con la Palabra de Dios. Que sea un convencimiento generalizado entre los cristianos, lo que se canta en algunas acciones sagradas: “Tu palabra me da vida; confío en Ti, Señor”. 

+Santiago García Aracil

Arzobispo de Mérida-Badajoz

Mons. Santiago García Aracil
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ons. D. Santiago García Aracil nació el 8 de mayo de 1940 en Valencia. Es Licenciado en Teología por la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1976). CARGOS PASTORALES Fue cura párroco de Penáguila entre 1964 y 1965. Consiliario Diocesano de la Juventud Estudiante Católica (1966-1984). Maestro de Capilla del Seminario Corpus Christi de Valencia entre 1966 y 1984. Además, fue Delegado Diocesano de Pastoral Universitaria entre 1972 y 1984. Ha sido en Valencia fundador del Centro de Estudios Universitarios en 1971. El 27 de diciembre de 1984 fue ordenado Obispo Auxiliar de Valencia, cargo que desempeñó hasta 1988. Ese año fue nombrado Obispo de Jaén. El día 9 de julio de 2004, el papa Juan Pablo II le nombró arzobispo para ocupar la sede metropolitana de Mérida-Badajoz. Tomó posesión de la diócesis el 4 de septiembre de 2004. El papa Francisco aceptó su renuncia el 21 de mayo de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la Conferencia Episcopal Española es miembro de la Comisión Episcopal de Medios de Comunicación Social desde marzo de 2014. Ha sido miembro de las Comisiones Episcopales de Pastoral (1987-1990), Relaciones Interconfesionales (1987-1990/2005-2008); Seminarios y Universidades (1990-1993); Enseñanza y Catequesis (1990-1993) y Patrimonio Cultural (1993-1999). Fue Presidente de esta última Comisión de 1999 a 2005 y de la Comisión Episcopal de Pastoral Social desde 2008 a 2014. El 20 de octubre de 2011, en la CCXXI reunión de la Comisión Permanente, fue nombrado miembro de la "Junta San Juan de Ávila, Doctor de la Iglesia".