La oferta cristiana no es la nada sino la plenitud

Mons. Francisco Gil Hellín

La última semana hemos vuelto a contemplar y revivir la Pasión del Señor en los sagrados misterios y en las imágenes que han procesionado por nuestras calles y plazas. Hemos visto a Jesús azotado y tratado como un malhechor, ajusticiado en el patíbulo de los criminales, muerto en medio de una espantosa soledad, abandonado por sus discípulos más íntimos, negado y traicionado por dos de ellos. A simple vista, todo era un inmenso fracaso y una estrepitosa derrota frente a sus enemigos.
Hoy el panorama es radicalmente diverso. Una gran noticia recorre los cinco continentes y se repite en todos los idiomas y dialectos: ¡Jesucristo ha resucitado, Jesucristo vive, Jesucristo sigue presente entre nosotros! Efectivamente, el que fue colgado en el madero de la Cruz, murió de verdad y, luego, fue colocado en el sepulcro de José de Arimatea, ha salido del sepulcro «vivo» para nunca más morir.
Todos los relatos evangélicos de los acontecimientos del domingo de Pascua comienzan narrando que las mujeres encontraron «vacío» el sepulcro de Jesús. Es un dato de primera magnitud. Porque el mensaje de la resurrección que predicaron enseguida los apóstoles, no se habría mantenido un día en pie y ellos mismos habrían sido objeto de irrisión pública, si el sepulcro –que todos conocían- hubiese contenido el cadáver de Jesús. Pero no pudieron mostrarlo, pues ese sepulcro estaba «vacío».
El sepulcro vacío aporta, además, otro dato de excepcional importancia. A saber: que el cuerpo del crucificado es «el mismo» que el del resucitado, salvo la diferencia de que este último ya estaba glorificado. Por eso, la más antigua predicación apostólica –el famoso kerigma- tiene fórmulas tan precisas como «murió por nuestros pecados», «fue sepultado», y «resucitó».
Por otra parte, la realidad del sepulcro vacío es confirmada por «las apariciones del Resucitado» a personas muy variadas, en circunstancias muy diferentes y en un número, en ocasiones, muy numeroso. «Cerca de quinientas en una ocasión», señala san Pablo. Y no era, precisamente, gente dada a admitir fácilmente la Resurrección. De hecho, los apóstoles le toman por un fantasma y Tomás no cree lo que le dicen sus compañeros y exige palpar y ver el costado y las manos y los pies llagados.
De otro lado, cuando predicaron este mensaje, fueron muchos los que se rieron de él y se lo tomaron a broma. El gran erudito alejandrino, Orígenes, señalaba, a comienzos del siglo tercero, una situación no muy diferente a la nuestra, cuando decía que «el misterio de la resurrección –por no ser comprendido- es la risa incesante de los paganos». Dos siglos más tarde, el gran san Agustín recalcaba que «en ninguna otra cosa se contradice tanto a la fe cristiana como en la resurrección de la carne». El mismo Tertuliano, apologeta brillante, decía que él mismo se había reído de ella antes de su conversión.
No obstante, los cristianos siguieron creyendo y predicando esa verdad. Más aún, afirmando que ella es la razón de su fe y de su vida. Porque, sintiéndose miembros, por el bautismo, de un cuerpo cuya Cabeza ya ha resucitado, ellos correrán la misma suerte y, en consecuencia, resucitarán después de la muerte.
Esta es la gran propuesta del cristianismo y de la Iglesia. El que crea en Jesucristo y viva según sus enseñanzas y ejemplo, al final de su vida no se encontrará con la nada, sino con la plenitud: «resucitará el último día» para ir a gozar eternamente con Cristo en el Cielo. Frente al nihilismo y al materialismo actuales, que no ofrecen una verdadera alternativa –pues la muerte acabará con ellos-, la resurrección cristiana se alza para presentarse como la última palabra que pronuncia el hombre regenerado por Cristo.

Mons. Francisco Gil Hellín, Arzobispo de Burgos

Mons. Francisco Gil Hellín
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Mons. D. Francisco Gil Hellín nace en La Ñora, Murcia, el 2 de julio de 1940. Realizó sus Estudios de Filosofía y Teología en el Seminario Diocesano de Murcia entre 1957-1964. Obtuvo la Licenciatura en Teología Dogmática por la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1966-1968. Además, estudió Teología Moral en la Pontificia Academia S. Alfonso de Roma entre los años 1969-1970. Es Doctor en Teológía por la Universidad de Navarra en 1975. CARGOS PASTORALES Ejerció de Canónigo Penitenciario en Albacete entre 1972-1975 y en Valencia de 1975-1988. Subsecretario del Pontificio Consejo para la Familia de la Santa Sede de 1985 a 1996. Fue Vicedirector del Instituto de Totana, Murcia entre 1964-1966 y profesor de Teología en la Facultad de Teología San Vicente Ferrer de Valencia (1975-1985). También en el Istituto Juan PAblo II para EStudios sobre el Matrimonio y Familia (Roma, 1985-1997) y en el Pontificio Ateneo de la Santa Cruz en Roma (1986-1997). Juan Pablo II le nombraría despues Secretario del Dicasterio de 1996 a 2002. Fue nombrado Arzobispo de la Archidiócesis de Burgos el 28 de marzo de 2002, dejando su cargo en la Santa Sede, y llamado a ser miembro del Comité de Presidencia del Pontificio Consejo para la Familia desde entonces. El papa Francisco aceptó su renuncia al gobierno pastoral de la archidiócesis de Burgos el 30 de octubre de 2015, siendo administrador apostólico hasta la toma de posesión de su sucesor, el 28 de noviembre de 2015. OTROS DATOS DE INTERÉS En la CEE es miembro de la Comisión Episcopal de Apostolado Seglar y de la Subcomisión Episcopal para la Familia y la Defensa de la Vida desde el año 2002. Ha sido miembro de la Comisión Permanente en representación de la Provincia Eclesiástica de Burgos desde 2011 hasta 2015. Además fue miembro de la Comisión Episcopal del Clero de 2002 a 2005.