Homilía de Mons. Amadeo Rodríguez en la Misa Crismal de Plasencia

Por los Caminos de San Juan de Ávila

1. En esta Palabra que acabamos de escuchar, Jesús se ha mostrado como el Ungido por el Espíritu para cumplir la misión que, según el profeta Isaías, era la propia del Mesías: “Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres, para anunciar a los cautivos la libertad, y a los ciegos la vista; para dar libertad a los oprimidos, para anunciar el Año de gracia del Señor.” Con estas palabras que salen de su boca y que también merecen nuestra aprobación y admiración, nos muestra un misterio de gracia y salvación. Nosotros sabemos que Jesús acaba de manifestar que “el amor de Dios, en la plenitud de su vida trinitaria, se ha puesto al servicio del hombre en su humanidad, esa que los de Nazaret podían contemplar”. Nosotros sabemos también que ese manantial divino, que es la misión de gracia de Jesús, llega hasta nosotros por los sacramentos de la iniciación cristiana, que nos convierten en ungidos por el Espíritu, en “cristianos”.
2. Por los sacramentos, el amor de Dios, manifestado en Cristo, el Ungido, viene a nuestro encuentro, nos mira, nos toca, y nos conduce hacia él. En cada sacramento la gracia de Dios misericordioso nos enriquece con su amor, en un maravilloso encuentro de gracia divina y libertad humana. Y todo transcurre, según los designios de Dios, a través de realidades materiales, de dones de la creación. De los cuatro dones que usamos en las acciones sacramentales, el agua, el pan de trigo, el vino, hoy será el aceite de oliva la protagonista de esta celebración singular de la liturgia católica, en la que el Obispo bendice los oleos y consagra el crisma, que después en el Bautismo, la confirmación, en los diversos grados del Sacramento del Orden y finalmente en la Unción de Enfermos, vamos a utilizar en la acción ministerial.
3. Vosotros y yo, queridos sacerdotes, tendremos en nuestras manos el uso bendito de este don de Dios para su pueblo. Por eso el misterio de esta materia sacramental va a exigir de nosotros, en cada caso, una intención de fe y de servicio, que ha de pasar por nuestro corazón sacerdotal configurado en el corazón de Cristo. Cada una de las virtualidades que Dios pone en el aceite, como Óleo y Crisma, han de ser recogidas espiritualmente en nuestra alma sacerdotal. No podemos ser indiferentes o tratar con desdén lo que es instrumento de tantos bienes divinos. Por el Óleo y el Crisma se ponen en el corazón de los bautizados las huellas de Cristo, y se les encamina hacia él para que se conviertan en otros “cristos” y participen en su misión; por el Crisma se les consagra al servicio del pueblo de Dios, y hasta, por el Óleo, se refleja la compasión de Dios que alivia, consuela y cura el cuerpo o el alma de los enfermos. Quizás sea por eso que en esta celebración tan ministerial se nos invite también a renovar las promesas sacerdotales.
4. En lo que a nosotros sacerdotes se refiere, es hoy un día de gratitud por la llamada del Señor; de humildad, por la evidencia de nuestras carencias y fallos; de confianza, porque es el Señor el que ha confiado en nosotros. Este año os invito a proclamar las promesas sacerdotales, teniendo como modelo el corazón sacerdotal del Maestro Ávila que, para alegría del clero español, va a ser proclamado por el Santo Padre Doctor de la Iglesia. La vida, el ministerio y la doctrina de San Juan de Ávila han de ser para nosotros un arsenal de espiritualidad sacerdotal que nos fortalezca y nos renueve. El amigo y maestro de santos y apóstoles, sacerdote para los sacerdotes, nos ha de ayudar a todos a estar a la altura espiritual y ministerial de los tiempos nuevos y complejos en los que nos está tocando ser pastores del pueblo de Dios; tiempos que seguramente no son más difíciles que aquellos en los que él fue un santo y sabio sacerdote.
La amplia riqueza de su ministerio refleja, sobre todo, que Juan de Ávila era un sacerdote abrasado de “celo ardiente”, como cantamos con fervor en el himno con el que evocamos a nuestro Santo Patrón. De todos es conocido que el ardor de su celo hizo de él un apóstol andariego por Andalucía, la Mancha y Extremadura. Sabemos también que donde ponía la palabra temblaba de amor el corazón. Su palabra enamoraba de Dios a los hombres. Así expresaba él mismo la experiencia de su ministerio en su breve y hermoso “Tratado del amor de Dios”:
¡Oh amor divino, que saliste de Dios, y volviste para el hombre, y tornaste para Dios! Porque no amas al hombre por el hombre, sino por Dios; en tanta manera lo amaste, que quien considera este amor no se puede defender de este amor, porque hace fuerza a los co¬razones, como dice el Apóstol: La caridad de Cristo nos hace fuerza. Y sigue diciendo San Juan de Ávila en esta íntima contemplación del amor divino: “El amor del ánima de Cristo para con Dios llevaba tan admirable fuerza -porque la pólvora de la gracia que le impelía era infinita- cuan¬do, después de haber ido a herir derecha¬mente al corazón del Padre, resurtiese de allí al amor de los hombres. Y sigue diciendo el Maestro Ávila: “La fuerza de tu amor ha despedazado infinitos diamantes; tú has quebrantado la dureza de nuestros corazones, tú has inflamado todo el mundo de tu amor; tu mesmo lo dijiste por el profeta: Con el fuego de mi amor será abrasada toda la tierra.”
5. ¡Qué más queremos para la nueva evangelización! Es verdad que hoy todo hay que hacerlo con análisis profundos de nuestra realidad tan compleja y difícil de abordar. También es cierto que se necesita una nueva metodología misionera para llegar a los ámbitos que han ido apareciendo, y que le han dado una nueva configuración social y mental a nuestra sociedad. Pero también es cierto que, siendo nuevas y complejas las circunstancias, la nueva evangelización sólo la podrán hacer con eficacia aquellos que estén inflamados en su corazón por el amor de Dios.
6. El Papa Benedicto XVI, en su Carta apostólica Porta fidei, nos ha puesto en camino hacia ese núcleo esencial desde el que se proyecta la fuerza misionera: “La fe crece “cuando se vive como una experiencia de amor que se recibe y se comunica como una experiencia de gracia y gozo”. “No hay otra posibilidad para poseer la certeza sobre la propia vida que abandonarse, en un in crecendo continuo, en las manos de un amor que se experimenta siempre como más grande, porque tiene su origen en Dios”. En efecto, sólo el amor de Cristo nos hace fecundos. Es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar.
Por eso, hagamos, junto al pueblo cristiano, este Año de gracia. Sintámonos de verdad cristianos entre los cristianos, y, con ellos, que nuestra vida sea una profesión permanente de fe, especialmente cuando ésta actúa por el amor (Ga 5,6). Tomemos conciencia de que nuestra vida ha de ser una continua redditio symboli; es decir, que el credo que recibimos y al que servimos ha de estar siempre en nuestra mente y en nuestro corazón y se ha de manifestar en todo momento y circunstancia de nuestra vida personal y ministerial (San Agustín).
7. De un modo especial os animo a confesar el Credo por la fe vivida en la caridad. “La fe sin la caridad no da fruto, la caridad sin fe sería un sentimiento constantemente a merced de la duda. La fe y la caridad se necesitan mutuamente” (Pf, 14). Hoy, cuando tantos hermanos nuestros sufren las consecuencias de una crisis laboral y económica tan grave, a la que no siempre se están dando soluciones humanizadoras, nosotros tenemos que poner, junto a nuestras comunidades, el sentido de una nueva humanidad y una nueva sociedad, en la que el ser humano, imagen de Dios y reconocido en Cristo, sea el verdadero centro. ¡Ojalá que supiéramos poner la impronta de la Doctrina Social de la Iglesia en medio de este caos de intereses que hoy dominan la política y la economía mundial!
8. Os recuerdo también que la fe ha de estar bien asentada en el corazón, sagrario de la persona, sagrario de nuestro encuentro personal con el Señor. “Con el corazón se cree, con la boca se profesa”. Como sabéis por experiencia, el encuentro con Cristo se cultiva especialmente en la intimidad de la oración. En una vida tan activa y en un mundo tan tremendamente ruidoso, es necesario que busquemos el silencio. Me sumo con mucho gusto a la voz del Papa que en estos últimos tiempos nos ha hablado en muchas ocasiones del silencio. Necesitamos el silencio para que la fe que llega por la Palabra susurrante, se asiente, se fortalezca en nuestro corazón. Hemos de hacer nuestra la observación de San Agustín: “Verbo crescente, verba deficiunt”. (Cuando el Verbo de Dios crece, las palabras del hombre disminuyen). Así nos lo recuerda también nuestro Plan Pastoral en su primer objetivo: necesitamos detenernos, vivir con intensidad la intimidad con Dios en la escucha de la Palabra, en la oración, en la vida sacramental… Con palabras del Papa os digo: “El silencio es capaz de abrir un espacio interior en lo más íntimo de nosotros mismos, para hacer que allí habite Dios, para que su Palabra permanezca en nosotros, para que el amor a él arraigue en nuestra mente y en nuestro corazón, y anime nuestra vida.”
9. Como sabéis muy bien, queridos sacerdotes, a veces el silencio llega sin que lo busquemos y deseemos. Es el silencio de la cruz, el de la noche oscura, el silencio de Dios por su aparente abandono. Con frecuencia interpretamos este mundo interior del sacerdote que sufre sólo en claves sociológicas y sicológicas. ¿Y si Dios nos estuviera hablando a través del silencio, como le habló a su Hijo en la cruz y como le ha hablado a tantos santos? En la búsqueda de soluciones a nuestros problemas sacerdotales -aunque esto no nos excuse de buscar sus causas y de darles repuestas-, tendríamos que estar dispuestos a ahondar en la solución que el mismo Jesús le da a su abandono: poner el nuestro en las manos del Padre y decirle también nosotros: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15, 14). Seguro que nos encontraremos con su silencio elocuente y fecundo y, al final del túnel del sábado santo, también para nosotros vendrá el gozo de la vigilia pascual.
10. Que María, la mujer del silencio, la que guardaba todas las cosas en su corazón, sea para cada uno de los miembros de nuestro presbiterio la “Mater fidei”, la Madre que nos enseña la apertura a Dios y a los demás, por ser Ella el modelo de la escucha activa que interioriza y asimila, y lo que escucha lo convierte en forma de vida (cf Verbum domini, 27).
11. Y no quiero terminar, hermanos sacerdotes, sin haceros una propuesta, que os animo a convertir en un propósito. Decía San Juan Bosco: “Nulla dies sine anima” (Ningún día sin un alma). Ningún día sin pensar a quien podríamos proponerle la vocación, sin rezar por esa persona; ningún día sin sentir mi responsabilidad de animar las vocaciones en la Iglesia. Que el Señor nos bendiga a todos.

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