“Los días santos de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa”

Mons. Bernardo Álvarez   El verdadero sentido de la Semana Santa lo encontramos expresado en una oración del Misal Romano, concretamente en el Prefacio 2º de la Pasión del Señor: “Son los días santos de su pasión salvadora y de su resurrección gloriosa; en ellos celebramos su triunfo sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención”.

Son unos “días santos” porque en el centro está Aquél de quien decimos: “sólo tú eres Santo, sólo tú Señor, sólo tú Altísimo, Jesucristo, con el Espíritu Santo en la gloria de Dios Padre”. Sí, toda la Semana Santa está centrada en la persona de Cristo muerto y resucitado.

Son “días santos” porque en ellos somos santificados. En la Semana Santa, “por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos” (Pregón Pascual). En efecto, estos días, los fieles que así lo desean, mediante la oración y el sacramento de la penitencia son purificados de sus pecados y participando en la eucaristía con un corazón limpio son renovados y rejuvenecidos por el Espíritu Santo. Esto que es una posibilidad para todos, es también un deber de todo cristiano que en ningún momento debe permanecer en pecado y mucho menos acercarse a la comunión sin estar en gracia de Dios.

Son los días de “su pasión salvadora”. Esta es la dimensión dramática y más estremecedora de la Semana Santa. Es la parte más visible, la que más nos entra por los ojos. Gracias a los pasos procesionales y a las representaciones de la Pasión y Muerte del Señor, cada vez más extendidas en distintos lugares de nuestra Diócesis, los fieles cristianos, y también quienes no lo son, pueden conocer y rememorar la historia de los últimos días de la vida histórica de Jesucristo. La historia de Aquel que siendo Dios se rebajó a sí mismo sometiéndose a la muerte y muerte de cruz. Una historia llena de amor, mansedumbre y perdón para quienes les despreciaron y torturaron.

Decimos “su pasión salvadora”, porque en la pasión de Cristo se manifiesta el amor y el perdón de Dios a cada uno de nosotros. Como dijo el propio Jesús: “Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para condenar al mundo, sino para que el mundo se salve por él”. Y san Pablo proclama en la carta a los Romanos: “La prueba de que Dios nos ama es que Cristo, siendo nosotros todavía pecadores, murió por nosotros” (Rom. 5,8). Por eso hacía esta afirmación que puede hacer suya cualquier cristiano: “Cristo me amó y se entregó por mí” (Gal. 2,20).

Los pasos procesionales y las representaciones de la Pasión del Señor son un anuncio del evangelio y deben servir a todos, creyentes o no, para dejarse penetrar interiormente por los hechos y actitudes que las imágenes representan. Más allá de las imágenes y escenas, debemos ver la historia real que ocurrió entonces y que sigue repitiéndose hoy en millones de personas que en todo el mundo son víctimas de la injusticia, el odio y la violencia, como lo fue Jesús. No podemos olvidar las palabras del propio Cristo: “los que hacéis a uno de estos, mis humildes hermanos, a mi me lo hacéis” (Mt. 25, 40).

Ante la Pasión de Cristo, contemplada y meditada, no se puede permanecer neutral, como tampoco se puede uno quedar indiferente ante la debilidad y el dolor humano. Ni entonces, ni ahora, la Pasión y Muerte de Jesucristo es un espectáculo para representar y ver. Su pasión nos interpela y pone al descubierto nuestra parte de culpa en el sufrimiento ajeno, así como la mezquindad de las pasiones que anidan en nuestro corazón. Si no queremos ser meros espectadores, fijándonos en Cristo y en los que le rodean en su pasión, tenemos que hacernos estas preguntas: ¿De parte de quién estoy yo? En relación a Cristo, ¿con qué personajes de la pasión me identifico yo en este momento de mi vida?

La Semana Santa incluye, también, los días de “su resurrección gloriosa”. Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, padeció, murió, fue sepultado y al tercer día resucitó. Cuando las mujeres fueron al sepulcro y lo encontraron vacío, se les apareció un ángel y les dijo: «Vosotras no temáis, pues sé que buscáis a Jesús, el Crucificado; no está aquí, ha resucitado, como lo había dicho» (Mt. 28,5-6). La resurrección de Cristo no sólo es el culmen de la Semana Santa, sino la verdad culminante de nuestra fe en Él.

Cuando San Pablo dice que “si no resucitó Cristo, vana es nuestra predicación, vana también nuestra fe” (1Cor. 15,14), está llamando la atención de aquellos cristianos que no le dan importancia a la resurrección de Jesucristo. Así como la Semana Santa histórica que vivió Cristo no terminó el viernes con su sepultura, sino con su resurrección gloriosa el primer día de la semana judía (nuestro domingo actual). Así, tampoco, nuestra Semana Santa actual, que rememora y celebra aquella que vivió Jesús, puede concluir el Viernes Santo. Quienes se quedan ahí, celebran una Semana Santa mutilada y son personas que tienen una fe “vana”, insuficiente o inmadura.

Cuesta comprender cómo puede haber cristianos que después de celebrar con recogimiento y devoción el Jueves y Viernes Santo, ignoren la importancia de la resurrección del Señor y no participen en las celebraciones de la Vigilia Pascual y del Domingo de Pascua. La resurrección constituye la acreditación de que todo lo que Cristo hizo y dijo es verdadero. Es la confirmación de que su pasión y muerte no son una tragedia sin sentido, un fracaso y el final de todo. El mismo se entregó a la muerte y resucitando destruyó la muerte y nos dio nueva vida. Esta es la verdad central de nuestra fe cristiana y tenemos que vivirla, proclamarla y celebrarla.

Por eso, en los días de Semana Santa, “celebramos su triunfo sobre el poder de nuestro enemigo y renovamos el misterio de nuestra redención”. Los cristianos no celebramos la Semana Santa como algo distante y del pasado, sino como un acontecimiento que tiene que ver con nuestra vida actual, pues creemos que Cristo, con su muerte, destruyó nuestro pecado y, al resucitar, nos dio nueva vida. Esa es la raíz de toda la fe, esperanza y dinamismo de la comunidad cristiana que estamos llamados a renovar y celebrar cada Semana Santa.

Después de dos mil años, Cristo sigue vivo, es contemporáneo nuestro. Fiel a su promesa sigue presente entre nosotros, entregándose a sí mismo por la Iglesia, para purificarla y santificarla. Él no cesa de animarnos y renovarnos por su Espíritu hasta que cada uno alcancemos la victoria final. Por Cristo, con Él y en Él, pidamos a Dios Padre poder celebrar de tal modo esta Semana Santa que experimentemos constantemente en nosotros los frutos de la Redención. 

† Bernardo Álvarez Afonso

Obispo Nivariense

Mons. Bernardo Álvarez
Acerca de Mons. Bernardo Álvarez 60 Articles
Nació el 29 de julio de 1949 en Breña Alta (Isla de La Palma). Fue ordenado Sacerdote el 16 de julio de 1976. El 29 de junio de 2005 el Papa Benedicto XVI le nombra Obispo de Tenerife. Recibe la ordenación Episcopal el 4 de septiembre de 2005 en la Catedral de La laguna (Templo de Nuestra Señora de la Concepción) de manos del Nuncio de S. Santidad Mons. Manuel Monteiro de Castro y los Obispos Eméritos de Tenerife Mons. Damián Iguacen Borau y Mons. Felipe Fernández García, así como otros Obispos asistentes. En esta misma fecha toma posesión canónica de la Diócesis Nivariense. ESTUDIOS REALIZADOS: Realizó el Bachiller Elemental y Superior, con sus respectivas Reválidas, en Santa Cruz de La Palma, finalizando en el año 1967. Inició los estudios de Arquitecto Técnico (Aparejador) en 1967 en La Laguna, que abandonó para ingresar en el Seminario Diocesano de Tenerife en octubre de 1969. Realizó los Estudios Eclesiásticos en el Seminario Diocesano de Tenerife, que concluyó en junio de 1976, año en el que también recibió la ordenación sacerdotal de manos del Obispo D. Luis Franco Cascón. En junio 1987, tras el correspondiente examen, recibió el título de Bachiller en Teología por la Facultad de Teología del Norte de España – Sede de Burgos. Posteriormente, estudió de teología en la Universidad Gregoriana de Roma, desde 1992 a 1994, adquiriendo el título de Licenciado en Teología Dogmática. RESPONSABILIDADES: Ha sido párroco en cuatro destinos diferentes durante 11 años (desde octubre de 1976, a octubre de 1987). - Parroquias de Agulo y Hermigua (La Gomera): 1976-1980 - Parroquias de San Isidro y San Pío X (Los Llanos de Aridane-La Palma): 1980-1982 - Parroquias de San Miguel y Ntra. Sra. del Carmen (Tazacorte – La Palma): 1982-1986. - Parroquias de San Fernando Rey y San Martín de Porres (S/C de Tenerife) 1986-1987. - Arcipreste de Ofra: 1986-1987. Director Espiritual en el Seminario Diocesano de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992. Secretario de la Asamblea Diocesana de octubre 1988 a junio 1989. Secretario de la Vicaría de Pastoral de la Diócesis de Tenerife, desde octubre de 1987 a julio de 1992, y desde septiembre de 1994 a mayo de 1999. Delegado Diocesano de Liturgia desde octubre de 1989 a julio de 1992. Desde 1994 a 1999 fue responsable del Departamento de Catequesis de Adultos de la Delegación Diocesana de Catequesis. Durante 10 años dirigió el Boletín Oficial del Obispado: de octubre de 1994 a octubre de 2004. Secretario General del Primer Sínodo Diocesano, desde septiembre de 1995 a mayo de 1999. Vicario General de la Diócesis, desde mayo de 1999. MOns. Bernardo Álvarez Alfonso, Obispo de San Cristóbal de La Laguna fue consagrado en Tenerife, en la Catedral, el 4 de septiembre de 2005 por Mons. Manuel Monteiro de Castro, Arzobispo titular de Beneventum y Nuncio Apostólico en España, asistido por Mons. Felipe Fernández García, Obispo emérito y Administrator Apostólico de San Cristóbal de La Laguna, y por Mons. Damián Iguacen Borau, Obispo emérito de San Cristóbal de La Laguna.